Periodismo sermonario

ENCIENDO el televisor y me acomodo en el sofá para ver el informativo de una destacada cadena. La noche ya manosea las farolas de la calle y la ciudad es un frío estofado de abrigos tímidos y titubeantes. Mi mano derecha sostiene una lustrosa y rechoncha botella de cerveza holandesa y mi intestino se encuentra de un humor magnífico. Me siento un privilegiado y no me siento culpable, aunque el cursi y falaz espíritu de esta época nos exija a todos sentirnos responsables de todos los marrones del planeta. No he robado a nadie ni he traicionado a ningún menda para poder permitirme este lujo tan poco lujoso, de suerte que me dispongo a engullir este pedazo de ocio como un honesto caníbal se apresta a devorar los suculentos glúteos de un turista despistado. Este símil es ordinario y denota escaso gusto, pero no me encuentro con fuerzas para buscar otro.

Seamos felices por un rato, cojones, me dije en voz alta tras echar un trago de cerveza y clavar el cansancio castaño de mis ojos en el televisor. Entonces aparece en la pantalla un presentador empachado de seguridad en sí mismo, ebrio de amor por el sonido de su voz, un tipo que sabe hablar y al que pagan una buena pasta por hacerlo. Y me parece muy bien: desear que la gente gane menos que uno es comprensible humanamente, pero es una muestra de que se es un miserable o de que se puede llegar a serlo. El presentador empieza a contar cosas y cuenta cómo la exministra Ana Mato y el socialista Eduardo Madina, junto a otros 62 exdiputados, cobrarán un generosa indemnización del Congreso por cese y por hallarse en paro. La noticia ha generado polémica y el periodista al que estoy viendo y escuchando no está dispuesto a dejar de alimentar esa polémica brindándonos taimadamente algunos juicios de valor.

Con una voz de activista escandalizado, el veterano informador empieza a recitar con retintín las cantidades que percibirán los ilustres parados tratando de despertar la indignación y la rabia de los telespectadores. La mirada de este locutor–predicador parece pregonar: “Fíjate, colega, tú sigues siendo un piernas, un muerto de hambre, y estos políticos de mierda siguen chupando de la ubre pública”. Mi buen humor empieza a atenuarse, a perder peso. He aquí otro locutor engreído y adinerado que, en vez de informar, solo nos quiere dar lecciones de supuesta solidaridad para que veamos que es un tipo enrollado y que está con el pueblo, aunque lleve años sin oler de cerca la desolación de un parado y apenas le preocupe la basura de sueldo que cobran muchos de sus colegas periodistas, algunos de los cuales tienen que pagar por trabajar en su oficio.

Mi buen humor se desvanece súbitamente cuando este tipo menta a Eduardo Madina con velada sorna y anuncia cuánta plata le van a meter en el bolsillo para que el socialista vasco sobrelleve su situación de desempleado. No voy a entrar a discutir a fondo si todos los exdiputados en paro merecen esa indemnización. Cada cual tendrá su propia opinión o sus propios resentimientos. Conviene, no obstante, advertir que algunas personas muy marcadas públicamente no tienen fácil cazar un currelo. De cualquier manera, creo que a Eduardo Madina, precisamente a Eduardo Madina, no se le puede poner ningún pero. Madina se ha ganado esa indemnización y otras tantas. Perdió una pierna en un atentado de la ETA y a punto estuvo de irse al otro barrio por recordar en Euskadi que poner bombas no es de gente decente. Y no todo el mundo lo ha hecho.

Pero lo más grande y noble de Madina es que nunca ha exigido una venganza disfrazada de justicia, sino que ha pedido cabeza fría, serenidad y reconciliación. Por eso hay gente que le desprecia y por eso, tal vez, se ha quedado en el paro. Un político tranquilo y armonizador en España es una criatura que indigna a los promotores de cabreos colectivos. Madina, que como todos los mortales tendrá sus defectos y sus prejuicios, encarna nítidamente la civilización en un país rico en energúmenos fascinados con la revancha y con el ejercicio de la chulería tertuliana y de la intimidación verbal.

Fotograma de Ciudadano Kane, de Orson Welles.

Fotograma de Citizen Kane, de Orson Welles.

Que este gentilhombre no ocupe ya un escaño en el Congreso de los Diputados testimonia la apoteósica degradación de nuestra política, zarandeada a izquierda y derecha por tipejos que apestan a odio guerracivilista y por chiquilicuatres palurdos y arribistas que se creen que el mundo se arregla de sopetón siendo maleducad@ con unos milicos o tratando de imponer una estética de mochila perpetua para ocultar su falta de estilo en el vestir. Regatearle a Eduardo Madina unos duros es simple y llanamente de rufianes.

El locutor del que estoy hablando –como otros tantos informadores sobrados y moralinas que proliferan por ahí– está en su derecho de hacer populismo para adular y encrespar a las ya enrabietadas audiencias, ávidas de hallar más culpables a su infelicidad, pero otros tenemos derecho a considerarle un elocuente impostor vestido de limpio que, a salvo de la exclusión social en el seno de su confortable y luminoso set, se dedica básicamente a desprestigiar gratuitamente la política para parecer un héroe del cuarto poder. Cuarto poder, dicho sea de paso, que se pavonea en España de denunciar la corrupción de la clase política pero que no denuncia la que habita en sus propias despensas. Algún día, cuando las cosas estén más tranquilas o menos emputecidas, tal vez se estudie cómo algunos afamados denunciadores de corruptos también eran corruptos. ¡Cuántos sobres han circulado por las redacciones de algunos medios para callar bocas y detener plumas! ¡Cuántas putas y putos de lujo se han pagado para comprar silencios o halagos! ¡Y qué rápido y diligentemente han emergido a la luz los casos de corrupción en cuanto los sobres o las putas y putos no han llegado a determinados encargados de crear opinión y de decidir a quién hay que linchar!

A buen seguro, el locutor del que he hablado en esta nota mostrenca cobrará una potente indemnización cuando le despidan o se esfume de esa cadena para seguir soltando sermones de pacotilla en otra. Y será una necedad negársela. Todos, incluso los correveidiles y los calientacráneos poseídos por una ética postiza, deben recibir su indemnización. Porque es una pesadez aguantar las jeremiadas de los privilegiados que van de defensores de los pobres y de los parias en cuanto no pueden gorronear lo suficiente. Y porque si hubiera que indemnizar con arreglo a una ejemplaridad total y absoluta, aquí no cobraría ni Dios.

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Crímenes de verano

EN invierno también se asesina, pero los asesinos de invierno suelen caer más rápido en el olvido que los asesinos de verano. Bueno, esto no es más que una impresión, pero a mí no me parece una impresión demasiado irrazonable ni excesivamente gratuita. No en balde, algunos crímenes cometidos durante la canícula se ganan los distintivos de inolvidables, de crudelísimos o incluso de históricos merced a la desmesurada y melodramática cobertura informativa que se brinda de tales infamias. Si usted, por ejemplo, aspira a ser un destripador con caché o un estrangulador sólidamente reputado, debe ejecutar su ritual de barbarie cuando los medios de comunicación busquen alguna truculencia de fuste para retener a sus abotargadas e insoladas audiencias, hambrientas de estímulos primarios y de emociones gruesas y grandilocuentes. Al público se le ha acostumbrado a suministrarle una tragedia veraniega como al hincha de tertulias políticas se le ha hecho adicto a una ración generosa de clichés ideológicos y de furibundas caricaturizaciones del adversario. Cuando la tragedia no se consuma o el siniestro estival de turno no arroja un amplio balance de cadáveres convenientemente chamuscados o aplastados o mutilados, los manufactureros de la denominada actualidad entronizan a la categoría de problema generacional la última salvajada perpetrada por algún infeliz al que se le ha esfumado la olla, puesto que siempre hay alguien que extravía los papeles o el alma.

A los mandatarios, por su parte, les chifla que los medios de comunicación atiborren y estremezcan al personal con relatos de palizas caseras y de crímenes inspirados por los celos y desquiciamientos de un macho posesivo, toda vez que tamaña avalancha de sucesos encubre o difumina parcialmente la mediocridad gestora y moral de los gobernantes, así como relativiza los escenarios de frustración social dibujados por el paro, por el empobrecimiento progresivo de la población y por la ausencia de expectativas para quienes desean hacer algo de relieve con su cuerpo o con su mente. De esta suerte, se pretende rociar con limosnas de bastardo consuelo el inconsciente del ciudadano pesaroso endilgándole un mensaje que puede resumirse del siguiente modo: No se queje tanto, colega. Usted puede estar en el paro o tener un trabajo excremental, pero no es un hijo de puta descuartizador como el de la última noticia ni una desdichada fémina que acaba de ser enterrada en una sustancia alcalina.

Me resulta llamativo presenciar cómo algunos locutores de punteras cadenas informan del clásico suceso negro, ya sea homicidio pasional, ya sea premeditado y alevoso crimen, como si estuvieran relatando el comienzo de la III Tercera Guerra Mundial. ¿Es que se han enterado ahora de que hay individuos que matan y que, en los casos más ominosos, constituye casi un milagro adivinar sus aviesas y abyectas intenciones pues han sabido ocultarlas tras una reputación de tipo tranquilo, pacífico y poco amigo del alcohol o de las discusiones vociferantes? ¿Acaso hay que explicar a estos fabricantes del presente oficial que un psicópata, caso de que el asesino del momento responda a ese perfil, suele ser una persona astuta que atesora una gran habilidad para fingir normalidad hasta el día en que despliega su energía destructora? No menos irritante se antoja leer las pueriles columnas de algunos plumillas que juegan a criminalistas o criminólogos. Más que tratar de desbrozar la mente del criminal para disipar algunas de las tinieblas que circundan el caso, esos líderes de opinión se rasgan las vestiduras como bienintencionados párrocos palurdos ante los males del mundo y exigen que se erradique esa plaga de violencia y de irracionalidad a base de profusa previsión y de mucha toma de conciencia social. Uno se pregunta de qué les ha servido a determinadas personas estudiar una carrera universitaria.

Fotograma del filme Escupiré sobre tu tumba.

Fotograma del filme Escupiré sobre tu tumba.

Ciertamente el actual tratamiento informativo de los crímenes domésticos o familiares, tan burdo, tan tópico, tan mojigato, tan gazmoño, disfrutaría de mayor rigor y utilidad social si determinados cronistas y opinadores leyeran un poco a Camus, a Dostoyevski, a Chandler, a Highsmith, a Jim Thompson y, desde luego, a Shakespeare, cuyo Otelo sigue siendo una modélica escuela para comprender, aunque sea someramente, el proceso de degradación de un justo varón que, aplastado por el demonio de sus celos, se metamorfosea paulatinamente en un compungido y patético monstruo. La buena ficción literaria, y no solo para los asuntos macabros, sigue explicando mejor la vida y la locura humana que todos esos diagnósticos previsibles de especialistas oficiales que, apremiados por los estresados medios, solo formulan, por regla general, una maraña de lugares comunes que únicamente busca confirmar los prejuicios de la mayoría, anestesiada y paralizada por unos discursos de bondad rousseauniana que no creen ya ni sus propios divulgadores. Dedicar tanto tiempo y espacio a la crónica negra, si no se aplica un mayor rigor psicológico al retrato mental de los asesinos y si no se atiende con honestidad a los matices que rodean la existencia del delincuente, solo contribuye a criminalizar cualquier comportamiento vehemente del hombre (sin atender a su contexto) a la par que incrementa el apetito exterminador de quien se está planteando dar pasaporte a un conocido. Hay un tipo de asesino que anhela fama. ¿Hace falta recordar esa obviedad?

En resolución, al amarillismo veraniego de los medios de comunicación hipotéticamente serios se suman las sonatas monocordes de moralina sacristanesca y sentimental que solo sirven para avivar el nerviosismo y el histerismo de quienes creen, o quieren creer, que ser portador de testosterona equivale a ser un canalla. Por cierto, no solo matan los hombres en el mundo. También lo hacen las mujeres y los niños, si bien sería de mal gusto y poco gentil consignar ahora algunos sonados casos acontecidos este año en España (o en otros reinos menos tórridos). Por otra parte, el mal no se atenúa con cursis concentraciones ante un edificio oficial, sino interrogándolo cara a cara para desentrañar en la medida de lo posible su génesis y su zigzagueante e imprevisible evolución. Y poco más puede hacerse, salvo confiar en que el juez no sea un vago y en que la policía llegue a tiempo. ¿Se acabará asignando un agente de custodia a toda pareja que mantenga una discusión más o menos acalorada? No parece posible ni razonable. Ahora bien, quizá sí sea posible y razonable, aunque impopular, instar encarecidamente a los individuos, al margen de su edad y condición, a que desarrollen sus aptitudes de autodefensa cuando presientan a su alrededor el más mínimo peligro. La autodefensa no implica necesariamente saber artes marciales (aunque no estaría mal), sino saber huir a tiempo. Desgraciadamente no siempre funcionan la perspicacia ni el instinto de conservación para intuir que un familiar o el cónyuge están rumiando la posibilidad de matarte a martillazos o de filetearte con la sierra eléctrica. Cualquier persona puede convertirse en un homicida. Quien no tiene esto presente corre el peligro de llevarse un severo chasco. Hay un tipo de persona muy peligrosa: la que se cree tan pacífica y tolerante y mansa que está convencida de que nunca hará daño a nadie.

Eco y el periodismo basura

SE dice que la última novela de Umberto Eco, Numero cero, es una sátira acerca del periodismo basura. También se dice que constituye un retrato de la Italia sucia y chanchullera de los últimos tiempos. Quienes se obstinan en formular y secundar estos juicios, ciertos y necesarios pero superficiales y poco comprometedores, parecen no comprender el hecho de que Eco no solo deshuesa jocosamente la manipulación informativa ejercida en su país, sino que también esboza una atinada y demoledora reflexión sobre la degradación del periodismo supuestamente serio en todas las naciones que presumen de custodiar la libertad de prensa. ¿A estas alturas vamos a seguir considerándonos menos embusteros y tergiversadores que los italianos? ¿Acaso no haber padecido a un Berlusconi convierte automáticamente a un país en modelo de ética política y periodística? ¿Es que no hay toneladas de periodismo prescindible, gratuito y confundidor en Alemania, en Francia o en otros países con una relativa reputación de veraces y transparentes?

Eco propina una severa bofetada a todo el periodismo planetario, varado en la autocomplacencia de profesionales que siguen viviendo mentalmente en el siglo pasado y que ya no informan, sino que venden como información sus especulaciones compulsivas y tendenciosas. Pero nadie parece darse por aludido. Y es lógico. La filosofía actual de las grandes empresas informativas puede resumirse del siguiente modo: los malos periodistas siempre serán los del otro bando y la responsabilidad principal del periodismo basura no ha de recaer en el servilismo, en la vagancia y en la pusilanimidad de ciertos informadores descollantes, sino en la existencia de internet. Echar la culpa a internet suele ser el recurso fácil y pueril de quienes, tras monopolizar durante años la conducción de la opinión pública, tienen pánico a quedarse sin público. Precisamente es internet, a pesar de todos los chismes y de todos los dislates que circulan por sus dominios, lo que está permitiendo a muchos seres humanos intercambiar ideas y testimonios que el periodismo tradicional desdeña porque ha dejado de ser periodismo para ser una rutinaria maquinaria de divagación y de cotilleo al servicio de diferentes intereses empresariales y políticos.

Umberto Eco

Umberto Eco

Uno de los logros dramáticos de Número cero es la melancólica y entrañable silueta psicológica que traza Eco de sus periodistas basura. Los villanos de esta novela no son unos delincuentes desalmados ni unos oportunistas ávidos de destruir las reputaciones de los enemigos del jefe, sino unos básicos y resistentes perdedores que buscan una nueva oportunidad para sentirse útiles como contadores de historias. Se les encarga poner en pie un gran embuste y ellos lo hacen porque necesitan un trabajo y porque, de no oficiar de fámulos de la mentira y del fraude, lo harían otros desdichados sedientos de actividad y de reconocimiento. Lo que Eco parece denunciar en última instancia es que la cola de seres desesperados dispuestos a todo por un trabajo aparentemente atractivo y trascendental no deja de crecer. Y quizá en eso estribe la diabólica invulnerabilidad del sistema: en que muchos individuos se hallan abocados a ser peones de la impostación y de la falsedad por pura supervivencia física y mental. Pero todavía hay algo menos alentador para quienes aun se toman en serio el mundo y al ser humano: la constante existencia de un público masivo que no desea conocer los hechos, sino zamparse versiones y elucubraciones de hechos que confirmen sus prejuicios y sus supersticiones. Ciertamente la verdad es trágica y pertenece a otros tiempos.

No vendrá el diluvio después de nosotros

A una determinada edad se pierden la honradez y la valentía para reconocer que las generaciones venideras disponen de las mentiras y argucias necesarias para adaptarse al mundo. En toda persona madura y relativamente reflexiva anida la inconfesable esperanza de ver fracasar a quienes han de enterrarle. Resulta sofocante para los pulmones del ego tomar conciencia de que no vendrá el diluvio después de nosotros, sino otro delirio de naciones y de retóricas, otra masa de monos ambiciosos y charlatanes. El instinto de conservación lanza un chillido silencioso (sanguíneo) cuando se contempla el descaro y la fresca vanidad de un joven que se atreve a proclamarse emperador de sus balbucientes y verbeneras utopías, de sus caprichos y entusiasmos elevados a sistemas de pensamiento.

Tarde 3, A.M.A

Tarde 3, A.M.A

Para ensordecer los sollozos de nuestra envidia, palmoteamos cariñosamente el halo de esta nueva criatura sedienta de atropellos y bullente de alucinaciones. Una vez solos, nos expandimos en nuestro genio de depredación y nos burlamos del ejemplar de simpleza y puerilidad al que acabamos de bendecir falsamente. Y exclamamos con fingido regocijo: “¡Pobre humanidad, cómo te has idiotizado. La verdad es que no te concedo demasiado tiempo! Pero si queda un asomo de honestidad en nuestra conciencia o un gusto postrimero por ensayar mortificaciones, enseguida reparamos en que el aprendiz de humano, pese a la ceguera que le confiere la inocencia, atesora el don más primordial en un principiante del vivir: la capacidad de sublimarse, de ingerir intelectualmente enormes espacios cósmicos, de hincharse metafísicamente, de sentirse, en fin, rascacielos psíquico de la historia (Todo joven que no sabe o que no quiere endiosarse acaba despedazado por la mezquina sofística de sus mayores). Comenzamos a debilitarnos cuando admitimos, por cansancio o por amago ascético, que la sabiduría solo sirve para tomar mayor conciencia de que una nueva estirpe de risueños ególatras está preparando los crematorios donde ha de humear la carne de nuestro olvido.

“Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando”, escribió Juan Ramón. Este exquisito paladín del narcisismo, que tuvo agallas para tratar de embutir el centro del universo en el abismo de su megalomanía, habría sido incapaz de escribir: “Y yo me iré. Y se quedarán los hombres viviendo”. ¡Qué tranquilizador es para un espíritu engreído pensar que después de su paso por el mundo solo se oirán los trinos y gorjeos de unos pajarracos o el ladrido de un chucho atado al silencio de una tarde seca! ¿Cómo va a tolerar un alma con tamaño blindaje lírico y con una fatuidad tan olímpica que le sobrevivan unos seres semejantes a él!

La raza humana es como un Juan Ramón épico y colectivo en su dimensión estrictamente escatológica. No es completamente sincero quien asegura irse tranquilo sabiendo que otros proseguirán su trabajo, de ahí que se cuestione tenaz y sibilinamente la inteligencia y el discernimiento de las nuevas jaurías de lobos racionales. Y no le faltará razón a quien solo columbre ambición, glotonería y lujuria en los herederos de las civilizaciones. Y se equivocará quien crea que una nueva generación no puede sobrevivir solo con ambición, glotonería y lujuria. ¿Qué es una nueva generación sino una síntesis brutal y ruidosa de esos motores? Nos guste o no, la comedia del futuro está siempre asegurada, puesto que no faltan imitadores de lo humano dispuestos a mitificar los estruendos de una época.

Soumission

HE leído de tres tirones la última novela de Michel Houellebecq, Soumission (Ed. Flammarion), y no he hallado en sus renglones ni una mota de islamofobia, sentimiento que las pandillas de lo políticamente correcto, tan ancladas en la bahía de literalidad y tan incapacitadas para asumir las ironías de la ficción, atribuyen pertinazmente a ese autor galo. Ciertamente soy de los que consideran que no es islamófobo platicar con humor y desenfado de ciertos ingredientes de esa religión tan vociferante como rotunda de la misma suerte que no considero anticristiano ni blasfemo disfrazarse, por ejemplo, de Papa o de Arzobispo de Canterbury para rescatar del hastío una fiesta de cumpleaños o para estimular una soporífera despedida de soltero atestada de bailarinas en pelota pero desprovista de calidez y de verdadera camaradería. Los fanáticos, no obstante, vislumbran blasfemias (o embriones de blasfemia) en cualquier broma que aluda a lo religioso. Sea como fuere, conviene recordar aquellas palabras de Antonio Machado: “La blasfemia es una oración al revés”. Algo de razón debía de tener el vate sevillano, pues algunas confesiones fatigadas y vetustas encuentran bombonas de oxígeno en los supuestos insultos que se dirigen a su divinidad. En mi opinión, quien no se ha cagado en su dios o en sus penates alguna vez en su vida no puede atesorar demasiada fe. Una religión empieza a domesticarse cuando la mayoría de sus fieles acoge con indiferencia las chacotas y sátiras que se pergeñan sobre ese credo. Un cura de mi infancia me comentó una vez: “Si no encuentras a Dios, insúltale y verás cómo empieza caerte bien”. Aquel cura dejó de ser cura y, pasado el tiempo, yo abandoné paulatinamente el catolicismo por no encontrar presbíteros y eclesiásticos como aquél.

Michel Houellebecq

Michel Houellebecq

Soumission nos presenta una Francia futura que se encuentra zarandeada por espasmos sociales y políticos y que acaba siendo regida por un presidente musulmán rebosante de simpatía y de inteligencia, un musulmán que (no es broma) se propone aplicar en la nueva Galia el distributismo católico de G. K. Chesterton y de Hilaire Belloc. El distributismo, para quien no lo sepa y desee saber en qué consiste, es una tercera vía económica que desdeña el capitalismo y el socialismo. Puede resumirse en las siguientes palabras de Chesterton: “Demasiado capitalismo no quiere decir muchas capitalistas, sino muy pocos capitalistas”. Pues bien, el presidente francés (y mahometano) ideado por Houellebecq es un tío abierto que no tiene reparos en apropiarse de diferentes migajas del pensamiento occidental con el fin de poner los cimientos de una nueva Europa vertebrada no en los principios humanistas de la Ilustración, sino en los andamios de un Islam moderado y sugestivo pero tenaz y riguroso a la hora de desterrar la minifalda de las calles y de expulsar a las mujeres del mercado laboral. Incluso comparece en la novela otro personaje, también musulmán, que encuentra puntos en común entre la fe coránica y el pensamiento de Nietzsche. Houellebecq ha creado unos tipos islámicos refinados, sofisticados y muy razonables, nada caricaturescos y muy alejados de ese cliché del musulmán bestia, gritón y aplicado zurrador de hembras. No obstante, lo más sustancioso y sabroso del texto lo constituye la versátil y derrotista psicología de su protagonista, un laico profesor universitario admirador y experto en Huysmans y cuya indolencia y ennui le transforman en la metonimia diáfana de un agnosticismo y ateísmo europeos al borde de su inmolación. No es necesario brindar más detalles del argumento. Quien conserve las neuronas necesarias para leer novelas en tiempos tan enemigos de la concentración y del humor y quien aprecie los artefactos de imaginación y de ingenio, no se sentirá defraudado si se empantana en la lectura de esta obra. Soumission es básica (y afortunadamente) literatura, esto es, vívido ejercicio de fabulación, albañilería del lenguaje y de la sintaxis, invención lúdica y festiva de situaciones y de reacciones, cocina de matices, discurso relativista e hipotético (y no apodíctico ni apologético) sobre el mundo y la vida, exposición y descripción sin tapujos de las contradicciones humanas, despliegue y entreverado de tramas y uso profesional y cordial del suspense, de la sátira y del sarcasmo.

Nada se halla más distante del dogmatismo, del odio y de las ideologías totalitarias que una verdadera novela, que ha de ser fábrica de ambigüedad y de claroscuros. Le pese quien le pese. Es obvio que no han leído esta obra (ni la leerán) quienes ya se han apresurado a emparentarla con una suerte de periodismo doctrinario al servicio de la exclusión y de la xenofobia promovidas por las huestes de la muñecota Le Pen. También es obvio que la lenta decadencia (o metamorfosis) de Europa discurre en paralelo a la animadversión soterrada y creciente que los ideólogos políticos y los toscos moralistas de las derechas y las izquierdas más farrucas están alimentando contra algunos autores de ficción, a quienes incluyen en la estirpe de los irresponsables y de los reaccionarios si osan usar como trasfondo de sus historias asuntos espinosos y supuestamente intocables de un modo particular, cómico e inédito.

Soumission no es un panfleto antimusulmán ni un catecismo de asalto para franceses fascistas y antiárabes, que los hay. Soumission no es más que otra novela inteligente e indispensable que describe un mundo en constante transformación y que narra una de las historias más antiguas y eternas, a saber: cómo los seres humanos, por puro instinto de conservación, acabamos siendo sumisos a las ideologías dominantes y a los credos que controlan el capital. La buena literatura nos enseña a asumir poco a poco nuestra mediocridad y, tal vez, a reírnos de nuestras adolescentes y mesiánicas pretensiones de heroísmo. De ahí que Soumission, como toda novela auténtica, irrite y enfurezca a quienes se creen demasiado buenos e inmaculados para este mundo.

Dietas de cine

(Ofrezco algunas de las revelaciones y cotilleos dietéticos acerca del Hollywood clásico que me brindó y desgranó en San Francisco James Althusser durante una confusa francachela donde quedó desgarrada parte de mi juventud, allá por el otoño de 1999. James Althusser es historiador de cine y periodista. Actualmente vive recluido en una clínica de desintoxicación en San Diego. Prepara un libro sobre la zoofilia en los años dorados de la Meca del cine. Me ha comunicado a través del correo electrónico que ningún editor se ha ofrecido a publicar tamaño ensayo).

EN 1959, tras concluir el rodaje de Sed de Mal, Charlton Heston aconsejó a Orson Welles que caminara todos los días más de una hora y que cenara solo fruta y verduras si deseaba menguar de volumen. Welles, que pesaba por entonces casi 150 kilos, puso una mano en el hombro del actor y respondió: “Hice eso hace cinco años durante un mes y lo único que conseguí fue tener más apetito y ponerme más inmenso. Además, Charlton, ya tengo asumido que moriré gordo. Soy Orson Welles y no es imaginable un Orson Welles flaco”.

En sus años de esplendor Liz Taylor pasaba varios días en ayunas después de la parranda de Nochevieja. A la Taylor le preocupaba sobremanera el tamaño de su papada, que solía ser más voluminosa después de las fiestas navideñas. Doris Day también sufría por la misma causa. En enero de 1964 Rock Hudson se encontró con Day en una tienda de Beverly Hills y le preguntó qué tal se encontraba, pues la veía alicaída y taciturna. La actriz contestó: “Muy hambrienta”. “Estás muy pálida. Si quieres, te invito a comer”, propuso Hudson. “No me hables de comer. Estoy a régimen. He comido demasiados dulces en Navidad”. Al final, Hudson logró convencer a Day y ambos se asestaron un rotundo banquete en un carísimo restaurante oriental de L. A. Cuando terminaron de almorzar, Day prorrumpió en llanto y acusó al galán de ser un malvado homosexual que deseaba ver feas a todas las mujeres guapas. Hudson tardó más de una hora en tranquilizarla.

Antes de ser princesa de Mónaco, Grace Kelly se acercó durante un díscolo guateque a Gary Cooper y le comentó en tono amable y burlón que era injusto que ella tuviera que pasar la velada sin poder comerse un canapé mientras él se ponía morado a foie y queso galo. Cooper era de los pocos actores que no necesitaba ponerse a régimen. Comiera cuanto comiese, siempre estaba delgado, perfecto, casi divino. “Mirarle a los ojos era como mirar a Dios”, contó Sarita Montiel hasta la saciedad. fondaHenry Fonda también se pudo permitir el lujo de comer lo que se le antojaba. Shelley Winters, un bombón rubio que terminó siendo una maravillosa y deliciosa bombona de carne, le preguntó a Fonda qué demonios hacía para mantenerse tan estilizado y esbelto a sus setenta años. Fonda sonrió y se encogió de hombros. “Lo siento, cariño, pero tengo la mala suerte de no engordar, a pesar de que no hago más que intentarlo”. Winters casi le abofetea. No hay duda de que Fonda nació con estrella. Cuando un reportero preguntó a John Ford qué coño era el cine, el genial director respondió: “Vea usted caminar a Henry Fonda: eso es el cine”. John Wayne, que también era un espectáculo cuando andaba, sí precisó de dietas para mantener a raya su tripita. Antes de empezar el rodaje de Río Bravo, John Ford le vio un poco mustio y se interesó por su estado. Wayne le confesó la verdad: se sentía fondón y tenía miedo de que el público notara su incipiente complejo físico. Ford contestó: “No seas idiota. Eres John Wayne, no Gary Cooper, y tú papel no es ser el guapo, sino el que impone respeto y miedo”. Desde aquel día Wayne no volvió a ponerse a régimen.

Orgullos nacionales

(Relato inspirado en un ya remoto viaje a Cataluña que me hizo sentirme inteligente y lúcido, aunque luego caí en la cuenta de que no tenía motivos para sentirme así, pues volvió a apoderarse de mí la dislexia y tuve problemas para dialogar fluidamente con un gasolinero de Sabadell (también disléxico) que no platicaba en castellano ni en catalán. Si alguien desea conocer la opinión del autor de este blog sobre una hipotética independencia de Cataluña, que lea esta crónica. Si, al concluir la lectura, sigue sin vislumbrar cuál es mi auténtica opinión sobre asunto tan trascendental y, por ende, tan tedioso y prosaico para las generaciones venideras, le rogaré que reflexione sobre estas palabras de Goethe: “El orgullo más barato es el orgullo nacional, que delata en quien lo siente la ausencia de cualidades individuales”. Goethe podría estar equivocado, pero esa posibilidad me importa un cuerno. Desde que sigo prudentemente los consejos del Zeus de Weimar (en algunas cuestiones) mi tránsito intestinal ha mejorado ostensiblemente).

HACE años tomé café con unos jóvenes catalanes en Agullana, hermoso pueblo gironés sobre el cual los pirineos orientales derramaban su aliento a nieve fundida y a pinar musculoso. Aquellos jóvenes eran independentistas en dos sentidos. Deseaban una Cataluña independiente, pero sobre todo aspiraban a abandonar la casa de sus padres para alcanzar una plena emancipación económica e intelectual. Eran chicos muy simpáticos, pero había uno que parecía recién salido del mejor circo de Europa. Se reía escandalosamente de sus propios recuerdos o de sus rastas juguetonas. O tal vez se reía de mí. No recuerdo su nombre, pero recuerdo que no dominaba el catalán. Eso sí, hablaba fluidamente vasco y castellano. Había nacido en Barcelona, pero su madre era de Mondragón y su padre era un granadino que freía pescaditos en la Costa Brava. Les comenté que estaba intentado recabar información para elaborar un reportaje sobre la cantera rural de Ezquerra. Me miraron con guasa y se ofrecieron a proporcionarme todos los datos que desease solicitar, aunque me aclararon que ellos no pertenecían a Ezquerra, sino a una banda de heavy que aún estaba en pañales. Nos hallábamos en el interior de una cafetería que desempeñaba maltrechamente las funciones de casa cultural o de ramplona casa cultural que mantenía visible su anatomía de cafetería. Había un perro merodeando por entre las mesas y un viejo le daba palmadas en el lomo.

España1

Hablamos mucho de gastronomía, de fútbol y de la vida nocturna en Cataluña. Al final no tuve más remedio que abordar la cuestión política. No me dijeron nada que no hubiera oído decir a otros jóvenes de su mismo origen y condición. En un momento dado, una chica del grupo, con unos magníficos tatuajes en los antebrazos, me preguntó qué pensaba yo, como español y madrileño, de sus sueños separatistas. Pedí una cerveza a la dueña de aquel recinto y luego dirigí los ojos al semicírculo de rostros que me estudiaban con socarronería payesa.

–Creo que Cataluña tiene que ser independiente –dije con seriedad.

–Estás de coña –exclamo uno.

–No jodas –dijo otro.

–Hablo en serio. No quiero parecer borde ni ofenderos, pero creo que es hora de que España deje de tocar las pelotas a Cataluña y de que Cataluña deje de tocar las pelotas a España.

–Tío, me has decepcionado –dijo el catalán vascoparlante en perfecto castellano.

–¿Por qué?

–Porque un madrileño que está favor de la independencia de Cataluña es un bromista, un mentiroso o un mal madrileño. No me fío de un español al que no le importa España. Oculta algo. Seguro que en el fondo eres un facha.

–Fui facha y ultra-sur en una época, pero aquello casi acaba conmigo. Me quitó tiempo para hacerme pajas y para comprender al sesudo Habermas. Ahora intento no andar cerca de las banderas; me producen arcadas.

Otro del grupo me comentó:

–Tu obligación es defender la unidad de España como la nuestra es hacer lo contrario. Eso es lo suyo y lo divertido.

–¿Defender la unidad de España? –pregunté con melancolía. –Bastante tengo con intentar saber quién soy. Si me preocupa la unidad de algo, es la unidad de mi mismo y de mis esfínteres.

Se quedaron mirándome con una mezcla de desprecio y de tristeza. Yo no era el simpático e inequívoco enemigo que ellos esperaban. Tras meditarlo unos segundos, decidí brindarles un par de mentiras piadosas. Les expliqué que me gustaba vacilar amistosamente a la gente y añadí que, por supuesto, me oponía de forma categórica al escenario de una Cataluña independiente. Aunque amoscados, recobraron paulatinamente la sonrisa y su buen humor. Llegó la cerveza. Brindamos.

Creo recordar que después hablamos de senderismo, de erotismo rural y de medusas. Eran simpáticos y, por un momento, deseé ser su padre. Cinco horas después, deambulaba por el barrio gótico de Barcelona y creo que, por unos instante, me sentí como en casa, aunque debo reconocer que había tenido una sensación similar durante mis francachelas por los lupanares de Tánger.