La mantequilla de Brando

TENÍA 14 años cuando me asomé por primera vez a Él último tango en París. La vi a escondidas, de madrugada, hierático de miedo y de fascinación, una oreja puesta en alerta para detectar cualquier pisada adulta en el pasillo, con el volumen de la televisión rozando el silencio, los ojos viajando de los subtítulos en castellano a los rostros de Marlon Brando y de Maria Schneider. Cuando llegó la célebre escena de la mantequilla, no pude reprimir una carcajada. La representación de la sodomía me parecía por entonces más cómica que excitante. Cuando terminé de ver la película de Bertolucci, con la mirada rendida a los títulos de crédito, experimenté un escalofriante y furioso entusiasmo. Tuve deseos de compartir mi emoción con mis progenitores, pero supuse que no sería una buena idea. De cualquier manera, me pareció que acababa de presenciar un magistral relato sobre la autodestrucción de un hombre zarandeado por el caos de su decadencia física y mental. La expresión de honda devastación que refleja la cara del personaje de Brando me descubrió de golpe lo aterrador y estimulante que puede ser vivir sin rumbo y sin talento para encontrarlo. Cada cierto tiempo vuelvo a ver El último tango en París para deleitarme en los angustiosos y poderosos movimientos de cámara dictaminados por Bertolucci y para recrearme, cómo no, en la contemplación del rostro de Brando. Un rostro rebosante de nihilismo en cuyos ojos campea un agotamiento metafísico que resume perfectamente la desesperación y la angustia de un ser humano atrapado en el desquiciamiento más absoluto.

Desde hace semanas, o quizá sean meses, comentan los medios de comunicación y bastantes predicadores de la redes sociales que Brando violó realmente a Schneider, es decir, que la escena del celebérrimo griego con olor a mantequilla no fue fingida ni pactada, sino que se produjo porque Brando padeció durante el desayuno un calentón de pelotas y no pudo resistirse a catar el jovencísimo ano de la Schneider. Quienes actualmente denuncian, con histriónica y sobreactuada indignación, la supuesta infamia de Brando y la canallesca complicidad de Bertolucci basan sus acusaciones en una desencantada y melancólica entrevista que Schneider concedió al sensacionalista Daily Mail en 2007. En un pasaje de esa conversación, Schneider dice que se sintió un poco violada. He aquí sus palabras exactas: “I felt little raped by Brando”. Los fabricantes y difusores de este escándalo han convencido a la opinión pública de que sentirse violada es lo mismo que ser violada. ¿Es realmente lo mismo? Si fuera lo mismo, más de la mitad de la población mundial masculina debería estar en la cárcel.

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Quienes acusan a Brando de violador no mencionan en sus informaciones ni en sus denuncias el resto de declaraciones que efectuó la actriz francesa al periódico inglés. Y no las mencionan porque entonces quedaría demostrado que el titán de Hollywood nacido en Nebraska no violó a Schneider, sino que aparentó violarla, interpretando con su cuerpo las maniobras sucias de un cínico hijo de puta ávido de profanar un culo reacio a la penetración. Cualquiera que sepa algo de los protocolos del sexo anal y vea la famosa escena con atenta pupila clínica, sin el velo del escándalo, apreciará claramente que no hay perforación de ojete. Lo que puede provocar cierta conmoción al público poco acostumbrado a toparse con representaciones de la sodomía es ver cómo el cuerpo de una mujer joven y delicada es aplastado por la masa lasciva y palpitante de un macho que exuda una virilidad ofensiva para ciertos estómagos delicados de nuestra época.

A diferencia de tantos comentaristas y moralistas deseosos de condenar a un famoso ya muerto y que no tiene la oportunidad de defenderse, yo me he tomado la molestia de leer íntegramente la entrevista de Schneider al Daily Mail (es posible hallarla en internet) y no he encontrado nada que avale las falsedades y exageraciones que se han publicado sobre este asunto. En un momento dado, Schneider comenta: “There was no attraction between us. For me, he was more like a father figure and I a daughter”. (“No había atracción entre nosotros. Para mí, él era como una figura paterna y yo, como una hija”). Y la actriz gala añade: “Marlon said to me: ‘You look just like Cheyenne (his daughter) with your baby face.’ (“Marlon me dijo: ‘Te pareces a Cheyenne (la hija de Brando) con tu cara de niña’). A juzgar por estas revelaciones, no parece muy verosímil que Marlon Brando, un hombre al que nunca le faltaron ligues en cualquier pueblo de este curioso y disparatado planeta, deseara perpetrar una auténtica violación comme il faut de la cual no iba a sacar ningún instante de gozo ni ninguna experiencia sobrenatural. ¿Acaso Brando impostó una actitud paternal para de ese modo engatusar y atrapar más holgadamente a su presa? Schneider podría ser joven, pero no era jilipollas. Además una mujer sabe perfectamente si un hombre la mira como a una hija, como a una potencial amante o como a una experimentada calientapitos de local after-hours. Si damos crédito a todo lo dicho por Schneider en aquello que puede interpretarse inicuamente, ¿por qué no vamos a concedérselo cuando revela aspectos más amables de su viril y sudoroso compañero de reparto?

Schneider también comenta en la entrevista que Brando y ella terminaron el rodaje siendo bastante amigos. ¿Es que esta mujer era tan ingenua y pánfila que deseaba mantener buenas relaciones con su violador? En ese sentido, algunos artesanos de rumores y de bulos calumniosos nos han esbozado a una Maria Schneider desprotegida, vulnerable, huérfana de mentores y de guías éticos en el momento de caer en la redes del gordo y embaucador Bertolucci (olvidamos que todo gran artista es un gran embaucador). Al leer u oír esos retratos que rezuman infantil patetismo, nos imaginamos a un desdichada y explotada proletaria sexual de la Rue Clichy reclutada tramposamente por unos productores desalmados para que la pobre criatura sea acometida por todos los orificios de su exhausto cuerpo. La realidad fue muy distinta. Y para demostrarlo daré algunos datos verdaderos e inapelables: Maria Schneider, nacida en París en 1952, fue hija de un destacado y más que notable actor francés, Daniel Gélin. Este intérprete hizo cine, teatro y también se incursionó ocasionalmente en la dirección. Por si esto fuera poco, Schneider, siendo todavía una adolescente, fue medio adoptada y totalmente amadrinada por Brigitte Bardot, amiga de Gélin. No parece, pues, que Schneider fuera una muchacha salida de la nada o engendrada en la sordidez de un barrio cruzado de rufianes y de aromas a puterío de palangana. Para su suerte o para su desgracia, creció entre gente del espectáculo y de la farándula, que es como asistir a diario a una escuela de mundanidad. Gracias a las recomendaciones y ayudas del agente de Bardot pudo meter la cabeza (y otras partes de su cuerpo) en la gran pantalla.

¿Cuál fue la verdadera tragedia de Schneider? Que el cine no recompensó su sacrificio. Sus confesiones al Daily Mail dejan traslucir la amargura y la rabia de quien considera que se ha puesto en cueros ante el mundo para nada. Pese a la fama obtenida por El último tango en París, Schneider no logró (ni la dejaron) trascender su faceta de sex-symbol y, para el común de los mortales, quedó encasillada para siempre en el papel de la muchacha a la que Brando aplicó esquirlas de mantequilla en el culete. Es normal que, treinta y cinco años después del estreno de la película, tras pasar por un psiquiátrico y quedar enganchada a la heroína, declarara sentirse engañada por Bertolucci. Las locuras de juventud, hechas para llamar la atención o para cabrear al padre, suelen considerarse necesarias e indispensables si uno llega a la madurez con la sensación de haber triunfado. De lo contrario, si es el sentimiento de fracaso el que predomina en la mente de una persona ya madura, los actos transgresores y rebeldes del pasado pasan a ser necedades y cochinadas gratuitas que, en opinión de su autor, solo han servido para adquirir mala reputación y para ser ridiculizado hasta la saciedad por la chusma. También hay que tener en cuenta que Schneider, como cualquier persona, se vio influida por el signo de los tiempos. El mundo de 2007, año de la entrevista, ya era un mundo muy intoxicado por los gérmenes de la corrección política. Más o menos como el de ahora: una mojigatería rampante, tanto por la izquierda como por la derecha, empeñada en condenar cualquier expresión ideológica y artística que muestre los aspectos supuestamente oscuros y negativos del ser humano y de la vida. ¡Qué diferente del mundo de 1972, año de producción de El último tango…! En aquella época había un ansía de despelotarse y de enterrar definitivamente la superstición de los pudores castrantes. En aquella época había una necesidad de contar y visualizar todo, sin límites, y de dar rienda suelta a la subjetividad y al temperamento. Pero pasaron unos cuantos años y llegó el sida, y echar un polvo pasó a ser más un acto de defensa que de placer, y el Islam más salvaje se fue imponiendo al más moderado, y los occidentales empezaron a creer que la libertad se defiende sola, y muchos contadores de historias comenzaron a tener miedo a tener un estilo propio y a parecer demasiado personales, y todo se fue deteriorando y degradando. Ahora hay que cubrir hasta el más cándido pezón para no enfadar a los centinelas del jardín de infancia y de gazmoñería en que se está convirtiendo un buen trozo de humanidad.

Es posible que Schneider, atosigada en su inconsciente por las veladas oleadas de censura sexual que han acompañado el nacimiento del siglo XXI, se sintiera súbitamente culpable de haber enseñado el coño peludo de su juventud y se replantease su visión de la mujer, así como otros aspectos de la vida. Es bastante probable que muriera, en 2011, creyendo que había sido utilizada por un cineasta sin escrúpulos para alimentar únicamente la leyenda de éste y de un actor que ya era un dios de Hollywood. A decir verdad, no son pocos los actores que, tras haber trabajado con algún realizador de culto, se han sentido estafados y manipulados. Pero el cine es manipulación y es, entre otras cosas, inducir al actor a que juegue con sus emociones y con su cuerpo para que los espectadores puedan entrever un matiz de la vida que se les escapa mientras viven. Si el actor tuviera la misma información que el director, lo más probable es que el primero saliera huyendo antes de rodar la primera escena. Interpretar es un trabajo de valientes o de insensatos.

María Schneider fue una mujer muy valiente. Su formidable desinhibición sexual ante la mirada de Brando y de Bertolucci ha hecho mucho más por la liberación de la mujer que esos discursos hipotéticamente feministas que atacan cualquier desnudo femenino o cualquier producto pornográfico, sin reparar en su contexto, por considerarlo siempre una estrategia de cosificación. ¡Como si no hubiera porno lésbico, o porno gay, o porno en el que la mujer demuestra su superioridad física ante un hombre que no puede más y que está suplicando con los ojos que concluya tan placentero suplicio! Con su desnudez descarada y triunfante, Schneider, quizá sin pretenderlo, enseñó a varias generaciones que el cuerpo femenino es algo natural y hermoso que puede ser mostrado cuando la dueña de ese cuerpo así lo desee y lo considere oportuno. La escena de la mantequilla y del fingido enculamiento, muy al contrario de la estulta opinión dominante, no supone una denigración de la mujer por dos razones: digan lo que digan los indocumentados, se trata de una ficción y, en segundo lugar, constituye una denuncia de la violencia que han de soportar muchas mujeres en el mundo por parte de sus parejas. Si alguien queda en mal lugar en esa escena, no es la mujer, sino el hombre. ¿Acaso es negativo que el cine muestre lo cabrón que puede ser un tío cuando no controla sus ganas de meterla? No sé el resto de hombres, pero yo, cuando veo una escena de violación en el cine, no puedo evitar tomar conciencia de lo peligrosos que podemos llegar a ser los representantes del sexo masculino si nos dejamos nublar por la lujuria y por otras pasiones. Creo que la mejor forma de prevenir desgracias es tomar conciencia de la propia naturaleza. La sádica mantequilla de Marlon Brando, al igual que otras escenas valientes y descarnadas, nos ayuda en esa tarea, pues nos incita a conocernos un poco más. Y también a avergonzarnos de las humillaciones y vejaciones que podemos llegar a infligir a las mujeres si bajamos la guardia y nos creemos caballeros puros e intachables. Una persona que se asusta ante la perversidad en la ficciones corre el riesgo de no querer enfrentarse a la perversidad real, incluso de negarla. Pero esto es solo una opinión…

La martirizada memoria de Cuba

POR suerte o por desgracia, nunca he tenido que exiliarme, por lo que no soy especialista en exilios (de momento). No obstante, siempre me han interesado las novelas en cuyas tramas comparecen exiliados. Quizá porque envidio y admiro (por este orden) a quienes, tras perder el contacto directo e inmediato con su patria, han sido capaces de ser ellos mismos una patria ambulante cargada de melancolía y de dolor, pero también pertrechada de coraje y de paciencia. Es difícil toparse con un exiliado y no hallar en él, por muy necio que pueda parecer, un mínimo de dignidad y de sabiduría. Nos guste o no, la pérdida y la derrota siguen siendo las escuelas existenciales más solventes y agresivas. Si estoy exagerando, no creo que mi exageración resulte imperdonable. De cualquier modo, este curioso entusiasmo mío por las ficciones cuyos héroes o villanos son expatriados es el que me ha llevado a leer y a releer recientemente El mercado de la memoria (Narrativas Endymion), una melodiosa y rigurosa novela que deshuesa con acicalada nostalgia y con ansiosa franqueza el abigarrado y complejo asunto del exilio cubano en los Estados Unidos de Norteamérica. Su autor es Enrique Sacerio-Garí, poeta, traductor y tenaz catedrático de Estudios Hispanoamericanos en Bryn Mawr College (Pennsylvania). Nacido en Sagua la Grande (Cuba), en 1945, Sacerio-Garí pertenece a esa rara y cada vez más exigua categoría de escritores que atesoran la nobleza y la buena educación de ponerse a escribir su primera novela solamente cuando estiman que ya están preparados para donar al mundo una obra honesta, personal y, por lo tanto, incómoda y reveladora. Libros amables y huecos ya hay demasiados y todo parece augurar que las editoriales obesas y triunfales nos seguirán martirizando con ellos.

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Pues bien, El mercado de la memoria es la primera novela de Sacerio-Garí y hay que admitir sin reservas que merece varias lecturas. Consignar aquí su sinopsis sería una descortesía para con el lector hedonista y, sobre todo, una insolente y filistea pretensión, toda vez que son numerosas las historias y vivencias que se enredan y se traspasan recíprocamente en este libro. Dicho de una manera más matizada, aunque no sé si menos pedante: nos hallamos ante una novela coral y fragmentaria poblada por unos personajes apasionados y rotundos a los que une su afán por desarrollar su particular visión de la identidad cubana fuera de Cuba: ora en Cayo Hueso, ora en Miami, ora en Filadelfia, ora en Toronto. El mítico y tan zarandeado Instituto San Carlos, que se alza en el radiante y suntuoso Cayo Hueso (Florida), constituye el principal telón de fondo (así como un constante motor dramático) de los debates, encuentros, encontronazos, traiciones y reconciliaciones que han de afrontar los personajes. Si escribo, como trato de hacer ahora, que este libro es una meticulosa y honesta tipología de los exiliados cubanos en los dominios del Tío Sam, también debo añadir imperiosamente que esta novela se asoma con indignación a las mezquindades y vilezas de quienes tratan de liquidar las diferentes sensibilidades de ese heterogéneo exilio cubano con el fin de apuntalar sus ambiciones políticas y económicas.

El mercado de la memoria aspira a ser poética, policiaca, autobiográfica, política, psicológica, metaliteraria, histórica, ensayística, cubana y, por qué no, universal. Y me atrevo a asegurar que lo consigue. Sospecho que tales logros técnicos (y hasta éticos) son posibles gracias a que Sacerio-Garí combina y sintetiza hábilmente los diferentes bloques argumentales y los diversos registros idiomáticos dentro de un juego de vaivenes cronológicos diestramente ideado y depurado. Me atrevo a sugerir que es fácilmente rastreable la huella de Borges y de Cortázar en lo concerniente a las peripecias metanarrativas y a los desafíos estructurales del texto, así como es felizmente detectable en ciertas descripciones de espacios y de paisajes el distintivo poético de una parquedad entre cinematográfica y expresionista que nos recuerda a Juan Rulfo, al Dos Passos de Manhattan Transfer o al Valle-Inclán telegráfico y escueto de Tirano Banderas.

Cuba es uno de países cuya simple mención ya basta para embravecer un debate. Es su breve pero rugiente historia un fascinante muestrario de actitudes y de comportamientos humanos que suelen transitar por los ámbitos de lo heroico y de lo trágico. Para su fortuna o desventura, Cuba nunca aburre. Tampoco los cubanos, ya sean fidelistas o exiliados o una mezcla de ambos. El mercado de la memoria, de Enrique Sacerio-Garí, no es una excepción. He aquí una de las frases del libro que, en mi imprudente opinión, mejor cartografían los sueños de su autor y de sus personajes: “Reconocer o desaparecer es la tarea del mar y de los sitios que nos unen”. Repitámoslo: “que nos unen”. ¿Comprenderán esta verdad quienes siguen empeñados en desunir?

Periodismo sermonario

ENCIENDO el televisor y me acomodo en el sofá para ver el informativo de una destacada cadena. La noche ya manosea las farolas de la calle y la ciudad es un frío estofado de abrigos tímidos y titubeantes. Mi mano derecha sostiene una lustrosa y rechoncha botella de cerveza holandesa y mi intestino se encuentra de un humor magnífico. Me siento un privilegiado y no me siento culpable, aunque el cursi y falaz espíritu de esta época nos exija a todos sentirnos responsables de todos los marrones del planeta. No he robado a nadie ni he traicionado a ningún menda para poder permitirme este lujo tan poco lujoso, de suerte que me dispongo a engullir este pedazo de ocio como un honesto caníbal se apresta a devorar los suculentos glúteos de un turista despistado. Este símil es ordinario y denota escaso gusto, pero no me encuentro con fuerzas para buscar otro.

Seamos felices por un rato, cojones, me dije en voz alta tras echar un trago de cerveza y clavar el cansancio castaño de mis ojos en el televisor. Entonces aparece en la pantalla un presentador empachado de seguridad en sí mismo, ebrio de amor por el sonido de su voz, un tipo que sabe hablar y al que pagan una buena pasta por hacerlo. Y me parece muy bien: desear que la gente gane menos que uno es comprensible humanamente, pero es una muestra de que se es un miserable o de que se puede llegar a serlo. El presentador empieza a contar cosas y cuenta cómo la exministra Ana Mato y el socialista Eduardo Madina, junto a otros 62 exdiputados, cobrarán un generosa indemnización del Congreso por cese y por hallarse en paro. La noticia ha generado polémica y el periodista al que estoy viendo y escuchando no está dispuesto a dejar de alimentar esa polémica brindándonos taimadamente algunos juicios de valor.

Con una voz de activista escandalizado, el veterano informador empieza a recitar con retintín las cantidades que percibirán los ilustres parados tratando de despertar la indignación y la rabia de los telespectadores. La mirada de este locutor–predicador parece pregonar: “Fíjate, colega, tú sigues siendo un piernas, un muerto de hambre, y estos políticos de mierda siguen chupando de la ubre pública”. Mi buen humor empieza a atenuarse, a perder peso. He aquí otro locutor engreído y adinerado que, en vez de informar, solo nos quiere dar lecciones de supuesta solidaridad para que veamos que es un tipo enrollado y que está con el pueblo, aunque lleve años sin oler de cerca la desolación de un parado y apenas le preocupe la basura de sueldo que cobran muchos de sus colegas periodistas, algunos de los cuales tienen que pagar por trabajar en su oficio.

Mi buen humor se desvanece súbitamente cuando este tipo menta a Eduardo Madina con velada sorna y anuncia cuánta plata le van a meter en el bolsillo para que el socialista vasco sobrelleve su situación de desempleado. No voy a entrar a discutir a fondo si todos los exdiputados en paro merecen esa indemnización. Cada cual tendrá su propia opinión o sus propios resentimientos. Conviene, no obstante, advertir que algunas personas muy marcadas públicamente no tienen fácil cazar un currelo. De cualquier manera, creo que a Eduardo Madina, precisamente a Eduardo Madina, no se le puede poner ningún pero. Madina se ha ganado esa indemnización y otras tantas. Perdió una pierna en un atentado de la ETA y a punto estuvo de irse al otro barrio por recordar en Euskadi que poner bombas no es de gente decente. Y no todo el mundo lo ha hecho.

Pero lo más grande y noble de Madina es que nunca ha exigido una venganza disfrazada de justicia, sino que ha pedido cabeza fría, serenidad y reconciliación. Por eso hay gente que le desprecia y por eso, tal vez, se ha quedado en el paro. Un político tranquilo y armonizador en España es una criatura que indigna a los promotores de cabreos colectivos. Madina, que como todos los mortales tendrá sus defectos y sus prejuicios, encarna nítidamente la civilización en un país rico en energúmenos fascinados con la revancha y con el ejercicio de la chulería tertuliana y de la intimidación verbal.

Fotograma de Ciudadano Kane, de Orson Welles.

Fotograma de Citizen Kane, de Orson Welles.

Que este gentilhombre no ocupe ya un escaño en el Congreso de los Diputados testimonia la apoteósica degradación de nuestra política, zarandeada a izquierda y derecha por tipejos que apestan a odio guerracivilista y por chiquilicuatres palurdos y arribistas que se creen que el mundo se arregla de sopetón siendo maleducad@ con unos milicos o tratando de imponer una estética de mochila perpetua para ocultar su falta de estilo en el vestir. Regatearle a Eduardo Madina unos duros es simple y llanamente de rufianes.

El locutor del que estoy hablando –como otros tantos informadores sobrados y moralinas que proliferan por ahí– está en su derecho de hacer populismo para adular y encrespar a las ya enrabietadas audiencias, ávidas de hallar más culpables a su infelicidad, pero otros tenemos derecho a considerarle un elocuente impostor vestido de limpio que, a salvo de la exclusión social en el seno de su confortable y luminoso set, se dedica básicamente a desprestigiar gratuitamente la política para parecer un héroe del cuarto poder. Cuarto poder, dicho sea de paso, que se pavonea en España de denunciar la corrupción de la clase política pero que no denuncia la que habita en sus propias despensas. Algún día, cuando las cosas estén más tranquilas o menos emputecidas, tal vez se estudie cómo algunos afamados denunciadores de corruptos también eran corruptos. ¡Cuántos sobres han circulado por las redacciones de algunos medios para callar bocas y detener plumas! ¡Cuántas putas y putos de lujo se han pagado para comprar silencios o halagos! ¡Y qué rápido y diligentemente han emergido a la luz los casos de corrupción en cuanto los sobres o las putas y putos no han llegado a determinados encargados de crear opinión y de decidir a quién hay que linchar!

A buen seguro, el locutor del que he hablado en esta nota mostrenca cobrará una potente indemnización cuando le despidan o se esfume de esa cadena para seguir soltando sermones de pacotilla en otra. Y será una necedad negársela. Todos, incluso los correveidiles y los calientacráneos poseídos por una ética postiza, deben recibir su indemnización. Porque es una pesadez aguantar las jeremiadas de los privilegiados que van de defensores de los pobres y de los parias en cuanto no pueden gorronear lo suficiente. Y porque si hubiera que indemnizar con arreglo a una ejemplaridad total y absoluta, aquí no cobraría ni Dios.

Crímenes de verano

EN invierno también se asesina, pero los asesinos de invierno suelen caer más rápido en el olvido que los asesinos de verano. Bueno, esto no es más que una impresión, pero a mí no me parece una impresión demasiado irrazonable ni excesivamente gratuita. No en balde, algunos crímenes cometidos durante la canícula se ganan los distintivos de inolvidables, de crudelísimos o incluso de históricos merced a la desmesurada y melodramática cobertura informativa que se brinda de tales infamias. Si usted, por ejemplo, aspira a ser un destripador con caché o un estrangulador sólidamente reputado, debe ejecutar su ritual de barbarie cuando los medios de comunicación busquen alguna truculencia de fuste para retener a sus abotargadas e insoladas audiencias, hambrientas de estímulos primarios y de emociones gruesas y grandilocuentes. Al público se le ha acostumbrado a suministrarle una tragedia veraniega como al hincha de tertulias políticas se le ha hecho adicto a una ración generosa de clichés ideológicos y de furibundas caricaturizaciones del adversario. Cuando la tragedia no se consuma o el siniestro estival de turno no arroja un amplio balance de cadáveres convenientemente chamuscados o aplastados o mutilados, los manufactureros de la denominada actualidad entronizan a la categoría de problema generacional la última salvajada perpetrada por algún infeliz al que se le ha esfumado la olla, puesto que siempre hay alguien que extravía los papeles o el alma.

A los mandatarios, por su parte, les chifla que los medios de comunicación atiborren y estremezcan al personal con relatos de palizas caseras y de crímenes inspirados por los celos y desquiciamientos de un macho posesivo, toda vez que tamaña avalancha de sucesos encubre o difumina parcialmente la mediocridad gestora y moral de los gobernantes, así como relativiza los escenarios de frustración social dibujados por el paro, por el empobrecimiento progresivo de la población y por la ausencia de expectativas para quienes desean hacer algo de relieve con su cuerpo o con su mente. De esta suerte, se pretende rociar con limosnas de bastardo consuelo el inconsciente del ciudadano pesaroso endilgándole un mensaje que puede resumirse del siguiente modo: No se queje tanto, colega. Usted puede estar en el paro o tener un trabajo excremental, pero no es un hijo de puta descuartizador como el de la última noticia ni una desdichada fémina que acaba de ser enterrada en una sustancia alcalina.

Me resulta llamativo presenciar cómo algunos locutores de punteras cadenas informan del clásico suceso negro, ya sea homicidio pasional, ya sea premeditado y alevoso crimen, como si estuvieran relatando el comienzo de la III Tercera Guerra Mundial. ¿Es que se han enterado ahora de que hay individuos que matan y que, en los casos más ominosos, constituye casi un milagro adivinar sus aviesas y abyectas intenciones pues han sabido ocultarlas tras una reputación de tipo tranquilo, pacífico y poco amigo del alcohol o de las discusiones vociferantes? ¿Acaso hay que explicar a estos fabricantes del presente oficial que un psicópata, caso de que el asesino del momento responda a ese perfil, suele ser una persona astuta que atesora una gran habilidad para fingir normalidad hasta el día en que despliega su energía destructora? No menos irritante se antoja leer las pueriles columnas de algunos plumillas que juegan a criminalistas o criminólogos. Más que tratar de desbrozar la mente del criminal para disipar algunas de las tinieblas que circundan el caso, esos líderes de opinión se rasgan las vestiduras como bienintencionados párrocos palurdos ante los males del mundo y exigen que se erradique esa plaga de violencia y de irracionalidad a base de profusa previsión y de mucha toma de conciencia social. Uno se pregunta de qué les ha servido a determinadas personas estudiar una carrera universitaria.

Fotograma del filme Escupiré sobre tu tumba.

Fotograma del filme Escupiré sobre tu tumba.

Ciertamente el actual tratamiento informativo de los crímenes domésticos o familiares, tan burdo, tan tópico, tan mojigato, tan gazmoño, disfrutaría de mayor rigor y utilidad social si determinados cronistas y opinadores leyeran un poco a Camus, a Dostoyevski, a Chandler, a Highsmith, a Jim Thompson y, desde luego, a Shakespeare, cuyo Otelo sigue siendo una modélica escuela para comprender, aunque sea someramente, el proceso de degradación de un justo varón que, aplastado por el demonio de sus celos, se metamorfosea paulatinamente en un compungido y patético monstruo. La buena ficción literaria, y no solo para los asuntos macabros, sigue explicando mejor la vida y la locura humana que todos esos diagnósticos previsibles de especialistas oficiales que, apremiados por los estresados medios, solo formulan, por regla general, una maraña de lugares comunes que únicamente busca confirmar los prejuicios de la mayoría, anestesiada y paralizada por unos discursos de bondad rousseauniana que no creen ya ni sus propios divulgadores. Dedicar tanto tiempo y espacio a la crónica negra, si no se aplica un mayor rigor psicológico al retrato mental de los asesinos y si no se atiende con honestidad a los matices que rodean la existencia del delincuente, solo contribuye a criminalizar cualquier comportamiento vehemente del hombre (sin atender a su contexto) a la par que incrementa el apetito exterminador de quien se está planteando dar pasaporte a un conocido. Hay un tipo de asesino que anhela fama. ¿Hace falta recordar esa obviedad?

En resolución, al amarillismo veraniego de los medios de comunicación hipotéticamente serios se suman las sonatas monocordes de moralina sacristanesca y sentimental que solo sirven para avivar el nerviosismo y el histerismo de quienes creen, o quieren creer, que ser portador de testosterona equivale a ser un canalla. Por cierto, no solo matan los hombres en el mundo. También lo hacen las mujeres y los niños, si bien sería de mal gusto y poco gentil consignar ahora algunos sonados casos acontecidos este año en España (o en otros reinos menos tórridos). Por otra parte, el mal no se atenúa con cursis concentraciones ante un edificio oficial, sino interrogándolo cara a cara para desentrañar en la medida de lo posible su génesis y su zigzagueante e imprevisible evolución. Y poco más puede hacerse, salvo confiar en que el juez no sea un vago y en que la policía llegue a tiempo. ¿Se acabará asignando un agente de custodia a toda pareja que mantenga una discusión más o menos acalorada? No parece posible ni razonable. Ahora bien, quizá sí sea posible y razonable, aunque impopular, instar encarecidamente a los individuos, al margen de su edad y condición, a que desarrollen sus aptitudes de autodefensa cuando presientan a su alrededor el más mínimo peligro. La autodefensa no implica necesariamente saber artes marciales (aunque no estaría mal), sino saber huir a tiempo. Desgraciadamente no siempre funcionan la perspicacia ni el instinto de conservación para intuir que un familiar o el cónyuge están rumiando la posibilidad de matarte a martillazos o de filetearte con la sierra eléctrica. Cualquier persona puede convertirse en un homicida. Quien no tiene esto presente corre el peligro de llevarse un severo chasco. Hay un tipo de persona muy peligrosa: la que se cree tan pacífica y tolerante y mansa que está convencida de que nunca hará daño a nadie.

Eco y el periodismo basura

SE dice que la última novela de Umberto Eco, Numero cero, es una sátira acerca del periodismo basura. También se dice que constituye un retrato de la Italia sucia y chanchullera de los últimos tiempos. Quienes se obstinan en formular y secundar estos juicios, ciertos y necesarios pero superficiales y poco comprometedores, parecen no comprender el hecho de que Eco no solo deshuesa jocosamente la manipulación informativa ejercida en su país, sino que también esboza una atinada y demoledora reflexión sobre la degradación del periodismo supuestamente serio en todas las naciones que presumen de custodiar la libertad de prensa. ¿A estas alturas vamos a seguir considerándonos menos embusteros y tergiversadores que los italianos? ¿Acaso no haber padecido a un Berlusconi convierte automáticamente a un país en modelo de ética política y periodística? ¿Es que no hay toneladas de periodismo prescindible, gratuito y confundidor en Alemania, en Francia o en otros países con una relativa reputación de veraces y transparentes?

Eco propina una severa bofetada a todo el periodismo planetario, varado en la autocomplacencia de profesionales que siguen viviendo mentalmente en el siglo pasado y que ya no informan, sino que venden como información sus especulaciones compulsivas y tendenciosas. Pero nadie parece darse por aludido. Y es lógico. La filosofía actual de las grandes empresas informativas puede resumirse del siguiente modo: los malos periodistas siempre serán los del otro bando y la responsabilidad principal del periodismo basura no ha de recaer en el servilismo, en la vagancia y en la pusilanimidad de ciertos informadores descollantes, sino en la existencia de internet. Echar la culpa a internet suele ser el recurso fácil y pueril de quienes, tras monopolizar durante años la conducción de la opinión pública, tienen pánico a quedarse sin público. Precisamente es internet, a pesar de todos los chismes y de todos los dislates que circulan por sus dominios, lo que está permitiendo a muchos seres humanos intercambiar ideas y testimonios que el periodismo tradicional desdeña porque ha dejado de ser periodismo para ser una rutinaria maquinaria de divagación y de cotilleo al servicio de diferentes intereses empresariales y políticos.

Umberto Eco

Umberto Eco

Uno de los logros dramáticos de Número cero es la melancólica y entrañable silueta psicológica que traza Eco de sus periodistas basura. Los villanos de esta novela no son unos delincuentes desalmados ni unos oportunistas ávidos de destruir las reputaciones de los enemigos del jefe, sino unos básicos y resistentes perdedores que buscan una nueva oportunidad para sentirse útiles como contadores de historias. Se les encarga poner en pie un gran embuste y ellos lo hacen porque necesitan un trabajo y porque, de no oficiar de fámulos de la mentira y del fraude, lo harían otros desdichados sedientos de actividad y de reconocimiento. Lo que Eco parece denunciar en última instancia es que la cola de seres desesperados dispuestos a todo por un trabajo aparentemente atractivo y trascendental no deja de crecer. Y quizá en eso estribe la diabólica invulnerabilidad del sistema: en que muchos individuos se hallan abocados a ser peones de la impostación y de la falsedad por pura supervivencia física y mental. Pero todavía hay algo menos alentador para quienes aun se toman en serio el mundo y al ser humano: la constante existencia de un público masivo que no desea conocer los hechos, sino zamparse versiones y elucubraciones de hechos que confirmen sus prejuicios y sus supersticiones. Ciertamente la verdad es trágica y pertenece a otros tiempos.

No vendrá el diluvio después de nosotros

A una determinada edad se pierden la honradez y la valentía para reconocer que las generaciones venideras disponen de las mentiras y argucias necesarias para adaptarse al mundo. En toda persona madura y relativamente reflexiva anida la inconfesable esperanza de ver fracasar a quienes han de enterrarle. Resulta sofocante para los pulmones del ego tomar conciencia de que no vendrá el diluvio después de nosotros, sino otro delirio de naciones y de retóricas, otra masa de monos ambiciosos y charlatanes. El instinto de conservación lanza un chillido silencioso (sanguíneo) cuando se contempla el descaro y la fresca vanidad de un joven que se atreve a proclamarse emperador de sus balbucientes y verbeneras utopías, de sus caprichos y entusiasmos elevados a sistemas de pensamiento.

Tarde 3, A.M.A

Tarde 3, A.M.A

Para ensordecer los sollozos de nuestra envidia, palmoteamos cariñosamente el halo de esta nueva criatura sedienta de atropellos y bullente de alucinaciones. Una vez solos, nos expandimos en nuestro genio de depredación y nos burlamos del ejemplar de simpleza y puerilidad al que acabamos de bendecir falsamente. Y exclamamos con fingido regocijo: “¡Pobre humanidad, cómo te has idiotizado. La verdad es que no te concedo demasiado tiempo! Pero si queda un asomo de honestidad en nuestra conciencia o un gusto postrimero por ensayar mortificaciones, enseguida reparamos en que el aprendiz de humano, pese a la ceguera que le confiere la inocencia, atesora el don más primordial en un principiante del vivir: la capacidad de sublimarse, de ingerir intelectualmente enormes espacios cósmicos, de hincharse metafísicamente, de sentirse, en fin, rascacielos psíquico de la historia (Todo joven que no sabe o que no quiere endiosarse acaba despedazado por la mezquina sofística de sus mayores). Comenzamos a debilitarnos cuando admitimos, por cansancio o por amago ascético, que la sabiduría solo sirve para tomar mayor conciencia de que una nueva estirpe de risueños ególatras está preparando los crematorios donde ha de humear la carne de nuestro olvido.

“Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando”, escribió Juan Ramón. Este exquisito paladín del narcisismo, que tuvo agallas para tratar de embutir el centro del universo en el abismo de su megalomanía, habría sido incapaz de escribir: “Y yo me iré. Y se quedarán los hombres viviendo”. ¡Qué tranquilizador es para un espíritu engreído pensar que después de su paso por el mundo solo se oirán los trinos y gorjeos de unos pajarracos o el ladrido de un chucho atado al silencio de una tarde seca! ¿Cómo va a tolerar un alma con tamaño blindaje lírico y con una fatuidad tan olímpica que le sobrevivan unos seres semejantes a él!

La raza humana es como un Juan Ramón épico y colectivo en su dimensión estrictamente escatológica. No es completamente sincero quien asegura irse tranquilo sabiendo que otros proseguirán su trabajo, de ahí que se cuestione tenaz y sibilinamente la inteligencia y el discernimiento de las nuevas jaurías de lobos racionales. Y no le faltará razón a quien solo columbre ambición, glotonería y lujuria en los herederos de las civilizaciones. Y se equivocará quien crea que una nueva generación no puede sobrevivir solo con ambición, glotonería y lujuria. ¿Qué es una nueva generación sino una síntesis brutal y ruidosa de esos motores? Nos guste o no, la comedia del futuro está siempre asegurada, puesto que no faltan imitadores de lo humano dispuestos a mitificar los estruendos de una época.

Soumission

HE leído de tres tirones la última novela de Michel Houellebecq, Soumission (Ed. Flammarion), y no he hallado en sus renglones ni una mota de islamofobia, sentimiento que las pandillas de lo políticamente correcto, tan ancladas en la bahía de literalidad y tan incapacitadas para asumir las ironías de la ficción, atribuyen pertinazmente a ese autor galo. Ciertamente soy de los que consideran que no es islamófobo platicar con humor y desenfado de ciertos ingredientes de esa religión tan vociferante como rotunda de la misma suerte que no considero anticristiano ni blasfemo disfrazarse, por ejemplo, de Papa o de Arzobispo de Canterbury para rescatar del hastío una fiesta de cumpleaños o para estimular una soporífera despedida de soltero atestada de bailarinas en pelota pero desprovista de calidez y de verdadera camaradería. Los fanáticos, no obstante, vislumbran blasfemias (o embriones de blasfemia) en cualquier broma que aluda a lo religioso. Sea como fuere, conviene recordar aquellas palabras de Antonio Machado: “La blasfemia es una oración al revés”. Algo de razón debía de tener el vate sevillano, pues algunas confesiones fatigadas y vetustas encuentran bombonas de oxígeno en los supuestos insultos que se dirigen a su divinidad. En mi opinión, quien no se ha cagado en su dios o en sus penates alguna vez en su vida no puede atesorar demasiada fe. Una religión empieza a domesticarse cuando la mayoría de sus fieles acoge con indiferencia las chacotas y sátiras que se pergeñan sobre ese credo. Un cura de mi infancia me comentó una vez: “Si no encuentras a Dios, insúltale y verás cómo empieza caerte bien”. Aquel cura dejó de ser cura y, pasado el tiempo, yo abandoné paulatinamente el catolicismo por no encontrar presbíteros y eclesiásticos como aquél.

Michel Houellebecq

Michel Houellebecq

Soumission nos presenta una Francia futura que se encuentra zarandeada por espasmos sociales y políticos y que acaba siendo regida por un presidente musulmán rebosante de simpatía y de inteligencia, un musulmán que (no es broma) se propone aplicar en la nueva Galia el distributismo católico de G. K. Chesterton y de Hilaire Belloc. El distributismo, para quien no lo sepa y desee saber en qué consiste, es una tercera vía económica que desdeña el capitalismo y el socialismo. Puede resumirse en las siguientes palabras de Chesterton: “Demasiado capitalismo no quiere decir muchas capitalistas, sino muy pocos capitalistas”. Pues bien, el presidente francés (y mahometano) ideado por Houellebecq es un tío abierto que no tiene reparos en apropiarse de diferentes migajas del pensamiento occidental con el fin de poner los cimientos de una nueva Europa vertebrada no en los principios humanistas de la Ilustración, sino en los andamios de un Islam moderado y sugestivo pero tenaz y riguroso a la hora de desterrar la minifalda de las calles y de expulsar a las mujeres del mercado laboral. Incluso comparece en la novela otro personaje, también musulmán, que encuentra puntos en común entre la fe coránica y el pensamiento de Nietzsche. Houellebecq ha creado unos tipos islámicos refinados, sofisticados y muy razonables, nada caricaturescos y muy alejados de ese cliché del musulmán bestia, gritón y aplicado zurrador de hembras. No obstante, lo más sustancioso y sabroso del texto lo constituye la versátil y derrotista psicología de su protagonista, un laico profesor universitario admirador y experto en Huysmans y cuya indolencia y ennui le transforman en la metonimia diáfana de un agnosticismo y ateísmo europeos al borde de su inmolación. No es necesario brindar más detalles del argumento. Quien conserve las neuronas necesarias para leer novelas en tiempos tan enemigos de la concentración y del humor y quien aprecie los artefactos de imaginación y de ingenio, no se sentirá defraudado si se empantana en la lectura de esta obra. Soumission es básica (y afortunadamente) literatura, esto es, vívido ejercicio de fabulación, albañilería del lenguaje y de la sintaxis, invención lúdica y festiva de situaciones y de reacciones, cocina de matices, discurso relativista e hipotético (y no apodíctico ni apologético) sobre el mundo y la vida, exposición y descripción sin tapujos de las contradicciones humanas, despliegue y entreverado de tramas y uso profesional y cordial del suspense, de la sátira y del sarcasmo.

Nada se halla más distante del dogmatismo, del odio y de las ideologías totalitarias que una verdadera novela, que ha de ser fábrica de ambigüedad y de claroscuros. Le pese quien le pese. Es obvio que no han leído esta obra (ni la leerán) quienes ya se han apresurado a emparentarla con una suerte de periodismo doctrinario al servicio de la exclusión y de la xenofobia promovidas por las huestes de la muñecota Le Pen. También es obvio que la lenta decadencia (o metamorfosis) de Europa discurre en paralelo a la animadversión soterrada y creciente que los ideólogos políticos y los toscos moralistas de las derechas y las izquierdas más farrucas están alimentando contra algunos autores de ficción, a quienes incluyen en la estirpe de los irresponsables y de los reaccionarios si osan usar como trasfondo de sus historias asuntos espinosos y supuestamente intocables de un modo particular, cómico e inédito.

Soumission no es un panfleto antimusulmán ni un catecismo de asalto para franceses fascistas y antiárabes, que los hay. Soumission no es más que otra novela inteligente e indispensable que describe un mundo en constante transformación y que narra una de las historias más antiguas y eternas, a saber: cómo los seres humanos, por puro instinto de conservación, acabamos siendo sumisos a las ideologías dominantes y a los credos que controlan el capital. La buena literatura nos enseña a asumir poco a poco nuestra mediocridad y, tal vez, a reírnos de nuestras adolescentes y mesiánicas pretensiones de heroísmo. De ahí que Soumission, como toda novela auténtica, irrite y enfurezca a quienes se creen demasiado buenos e inmaculados para este mundo.