Manos

ME miro las manos y veo en ellas

el murmullo de mis primeras sonrisas,

y me pregunto

cómo fueron posibles esos siglos

enanos de inconsciencia y alegría

al borde de una piscina llena

de muertos tranquilos y soleados.

 

Y me pregunto cómo pudo ser

que nada de aquel lento cadáver de luz

luchara por perdurar en mí.

Y me pregunto por qué hubo

un tiempo en que yo no dudaba

en abrir cualquier puerta

para quemar una nueva soledad

o para ensuciar un nuevo

amor sin ojos y sin voz.

 

Y me pregunto

por qué de pronto perdí el valor

para masticar los trofeos de angustia

que los dioses dibujaban

sobre las copas lacias del alba.

 

Me miro las manos y veo en ellas

a un fantasma en forma de cama

que implora perdón

a una mujer que llora por el destino

de sus hijos transparentes,

y veo una orquesta de aves

rompiéndose en la oración del vacío

a una hora en que las nubes se humillan.

Y me pregunto por qué esta

mañana es tan tediosa y demente

como una ciudad de muñecos de nieve.

Y me pregunto por qué

al mirarme las manos solo veo

las fotos rencorosas y ebrias

de un muerto sin muerte que sigue creyendo

en la honradez de su nostalgia

y en el ritual de sus falsos pasos.

 

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Mujer asomada a la ventana, 1822, Caspar David Fiedrich

Historia de una animalista

Relato inspirado en una larga conversación que mantuve con una simpática antitaurina de Lavapiés que, pese a condenar mi propensión a la dieta carnívora y pese a ridiculizar mi devoción por el western (género cinematográfico que mi interlocutora considera machista), tuvo la gentileza de revelarme algunos episodios de su vida y de invitarme a un par de vodkas mientras la primavera cuajaba sobre un Madrid ardiente de protestas y de asambleas callejeras. 

I

PATRICIA Alerce engullía un cruasán en un bar de la calle Sagasta cuando vio cómo un perro flaco y de mirada nihilista era atropellado accidentalmente por una furgoneta de ingeniera nipona. El conductor de la furgoneta se dio a la fuga y el perro murió dando aullidos mientras una paloma enfundada en la luz de un sol invernal se miraba el rostro en la sangre de la víctima. Patricia Alerce, conmocionada por aquel suceso, no volvió a comer cruasanes. Años después se casó con un hombre que solía participar en manifestaciones antitaurinas y que enseñaba a bailar el tango a grupos de solteros exigentes.

Tras un año de matrimonio, el marido de Patricia Alerte tuvo la mala suerte de atropellar con su coche a un gato robusto que padecía una ceguera parcial en el ojo izquierdo tras haber sido golpeado en la cabeza por unos vándalos de diez años. Patricia Alerce, que viajaba en el asiento del copiloto, pensó que el siniestro y la muerte subsiguiente del felino no se habrían producido si su marido hubiese circulado a menos velocidad. Un mes después Patricia Alerce pidió el divorcio y el hombre se lo concedió, pero solo después de propinar patadas de diversa intensidad a todas las sillas del inmueble.

II

TRAS dos años de soltería y de inapetencia sexual, Patricia Alerce conoció en un crucero por el Mediterráneo a un risueño y facundo alicantino que sabía recitar en alemán algunos poemas de Rilke. Bebieron un poco de vino espumoso ante el oleaje crujiente de noche y de viento, y se fueron al camarote del hombre y se desnudaron sin teatralidad, y la cosa fue bien hasta que el alicantino le mostró su miembro viril. Era grande y poderoso: un faraón de los penes. Esta circunstancia no apesadumbró en lo más mínimo a la mujer, que no consideraba una bendición ser varón y tener un exiguo órgano sexual. Lo que realmente perturbó a Patricia Alerce fue que vislumbró una pequeña cruz latina tatuada sobre el tejido eréctil de ese pene. Al ser interrogado por la razón de tamaña extravagancia, el alicantino le contó el episodio que consideraba más crucial de su vida.

–Empecé a estudiar filosofía, pero la crisis me obligó a dejarlo y a transformarme en limpiacristales, lo que me llevó a frecuentar las alturas. Hace cosa de un año me resbalé de una ventana que estaba a treinta metros del suelo. Me salvé porque caí justo encima de un enorme perro que se encontraba orinando en la acera. El cuerpo de aquel animal fue como un colchón que amortiguó mi caída. No tuve ninguna duda de que se trataba de un milagro. Quise dar gracias a Dios, pues no fui educado en el ateísmo ni en el materialismo, y pensé que la mejor forma de hacerlo era haciendo un pequeño sacrificio. Es doloroso que te tatúen una cruz en el aparato genital, pero el dolor se acaba pasando.

–¿Y qué le pasó al perro?

–Murió.

–Pobre animal. Pudiste tener más cuidado para no caerte.

–Bueno, yo no quise caerme. Sufrí una bajada de tensión y me desmayé.

–Eres un irresponsable. No deberías haber cogido ese trabajo. Tendrías que haber buscado un empleo más acorde con tu formación y capacitación. No sé si eres consciente de que un perro murió por tu negligencia.

–Pero yo estoy vivo ¿no?

–¿Y qué tiene eso de magnífico? El mundo está lleno de tíos como tú. Estáis muy vistos.

El alicantino, pálido y estupefacto, se sentó en el borde de la cama y estudió el rostro de Patricia Alerce, cuya expresión rebosaba orgullo y severidad.

–Creo que debes vestirte y largarte de aquí –sugirió el hombre con una voz cavernosa y abatida.

Patricia se vistió con talento y rapidez. Antes de abandonar el camarote, se giró hacia el alicantino y comentó:

–Deberías encajar mejor las críticas.

III

DOS semanas después, Patricia Alerce conoció en un local de copas a Manuela Cantalapiedra, socióloga en paro y amante de las tortugas. Patricia y Manuela se miraron a los ojos y supieron que se acostarían juntas esa misma noche. Tras beber unos rones con coca-cola y elogiar discretamente las leyes de protección animal promulgadas por el nazismo, viajaron en un taxi hasta la cama de Manuela, una cama de blando colchón alrededor de la cual merodeaban seis tortugas de diferentes tamaños. Ni Patricia ni Manuela se habían acostado antes con una persona de su mismo sexo, pero eso no les impidió actuar con pericia y fluidez. Un jurado de lesbianas veteranas no habría puesto mala nota al debut lésbico de estas mujeres. Después de una hora de búsqueda y de sudorosa conquista del placer, se tomaron un descanso. Patricia examinó las tortugas que hacían guardia en torno a la cama y prodigó caricias y piropos a todas ellas, y todas ellas parecieron esbozar una sonrisa. Entretanto, Manuela, tumbada boca arriba, se fumaba un pitillo y divagaba en voz alta sobre la estupidez del votante español y no español. Llevada por una espontánea e irreflexiva curiosidad, Patricia dejó vagar la mirada por las paredes de aquel cuarto. Vio fotografías de tortugas y de planicies austeras y grandiosas que estaban salpicadas, cómo no, de quelonios. Pero también vio algo que le hizo palidecer. Sobre el cabecero de madera de la cama, clavado con chinchetas a la pared, destacaba un póster que ilustraba con paródico estilo impresionista un lance taurino: el diestro ofrecía la muleta y el toro la observaba sin demasiada emoción.

–¿Qué coño hace eso ahí? –interrogó Patricia con furia contenida. –Quítalo inmediatamente. Es la imagen infame de la tortura.

Manuela Cantalapiedra tardó en reaccionar, pero reaccionó.

–Un momento –bramó, incorporándose y encarándose con Patricia. –Esta es mi casa y puedo decorarla cómo se antoje. Además me gustan los toros y no pienso renunciar a mi afición. ¡¡¡Jamás, jamás, jamás!!!

Patricia debió de caer en manos de una cólera magistral, pues hizo algo que resulta complicado hacer cuando se está relativamente tranquilo. Arrebató el cigarro a Manuela y lo apagó en la teta derecha de Manuela. Manuela dio un grito de dolor, pero el grito emergió de su garganta al mismo tiempo que propinaba un puñetazo a la antitaurina en pleno rostro.

–¡Fuera de esta casa, guarra! –exclamó Manuela Cantalapiedra fuera de sí. –Y pensar que me he tomado la molestia de comerme tu maldito coño, que huele a pescadilla. Entérate, señora, a pescadilla de pueblo dormitorio. ¿Es así cómo me agradeces la hospitalidad que te he brindado?

Patricia, sangrando por la nariz, un ojo amoratado, la respiración gruesa y jadeante y frenética, se aproximó hasta un extremo de la habitación, cogió una tortuga del suelo con las dos manos y la lanzó contra la cabeza de quien amaba las tortugas y las corridas de toros. Manuela esquivó el proyectil y el caparazón de aquella desdichada criatura se estrelló pesada y salvajemente contra el póster taurino. La tortuga no murió. Como es bien sabido, la naturaleza ha hecho a estos animales a prueba de colisiones. El póster, sin embargo, se fisuró y se desgarró ligeramente en diferentes zonas. Manuela quiso chillar, quiso echar por su boca toda la ira que le vapuleaba las entrañas, pero de repente perdió el conocimiento y se desplomó sobre la cama con la ruda y dubitativa delicadeza de un osezno desnutrido.

IV

MEDIA hora después, Patricia, aturdida y asustada, deambulaba por un pasillo del área de urgencias de un hospital a la espera de que algún miembro del personal sanitario le informara del estado de salud de Manuela Cantalapiedra. Pese a la angustia que devoraba su ser o quizá precisamente por esa misma angustia, Patricia Alerce se hizo las siguientes preguntas: ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué no puedo ser feliz? ¿Por qué me odio? ¿Por qué no me quiere más la gente? ¿Es que no soy lo suficientemente simpática? Son las preguntas que suele plantearse una persona cuando accede a un espacio en el que la enfermedad y la muerte adquieren la visibilidad y la rutina de la vida. Son las preguntas que nos hacen más humanos pero que también nos van alejando de los demás.

Finalmente, una enfermera salió para informarle de que Manuela Cantalapiedra sobreviviría al infarto que había sufrido. Patricia Alerce besó a la enfermera con emoción y se fue a tomar un café. Cuando salió del hospital para dirigirse al bar más próximo, vio que la mañana era triste y lluviosa, pero tuvo la sensación de que había regresado de la muerte y de que tenía ganas de reírse de sí misma, aunque no entendía muy bien por qué.

Confesiones de un vidriero

EL tren se dirigía a Gijón y nos hallábamos a unos veinte kilómetros de Palencia. Yo estaba sentado al lado de la ventana y trataba de disfrutar de la visión de un ceñudo paisaje desmaquillado por una lluvia mansa y filosófica, una lluvia erotizada por el cosquilleo del ocaso, pero no me era posible. El hombre que estaba sentado a mi derecha era un narrador pertinaz e inquieto que pugnaba constantemente por absorber mi atención.

El hombre tenía ganas de desparramar sobre mis oídos el drama de su vida y yo no albergaba el suficiente coraje para darle a entender que en ese momento no deseaba escuchar ninguna historia. Me dolía la cabeza y, como suele sucederme cuando viajo en un medio de transporte cuyo gobierno no depende de mí, me sentía frágil y acabado como un actor porno con VIH, sin empleo y estigmatizado por la gente de su gremio. El hombre me comunicó que se llamaba Julián, si bien me pidió que le dijera JN. Comprendí que JN era un individuo con muchos problemas de autoestima y que se sentía más seguro y viril camuflándose tras el hieratismo de esas iniciales.

JN era un tipo flaco, bajito y huesudo cuyos ojos grandes y nerviosos, encastrados en una cara estrecha y demacrada, parecían olfatear la luz y el aire con una ansiedad ratonil. Vestía un desgastado traje italiano que le quedaba grande y lucía una corbata fucsia estampada de enanos clavicémbalos. El cabello, blanco como una horchata mezclada con cava, lo llevaba largo y reluciente, a la manera de los incansables y sabihondos magos de cuento. Si este hombre deseaba pasar inadvertido, estaba fracasando alegremente. Tras declarar que era un cincuentón desencantado que había nacido en Valladolid, JN me confesó:

–Fíjese. Un domingo mis dos hijos me reprochan que haya hecho tanto dinero y también me recriminan que no me sienta culpable de la mucha desigualdad que hay en el país. Yo digo a mis hijos que no he ganado tanto dinero, aunque no puedo quejarme, y les aseguro que yo no soy culpable de la desigualdad que hay en España, puesto que no soy más que el propietario de una modesta cristalería que da trabajo a tres personas que, dicho sea de paso, adolecen de ciertas discapacidades intelectuales. Mis hijos, que están en la universidad y que hojean libros de autores que ofrecen una cara muy seria, insisten en que admita que soy un lacayo del neoliberalismo y que debo mi prosperidad como cristalero a que mis servicios han sido contratados por clientes de escasa ética, sospechosos de evasión fiscal, de cohecho y de otras maldades. Yo les razono, en la medida de mi raciocinio, que no puedo negarme a vender mi mercancía al cliente que me paga bien y con puntualidad. Entonces mi hija Irene, que es muy perspicaz y que estudia el catalán porque dice que es la lengua antifascista por excelencia, me sugiere que done parte de mis beneficios a un nuevo partido político que se ha propuesto acabar con todas las injusticias y corrupciones de nuestro país. Mi hija Irene me cuenta que forma parte de ese partido y mi hijo Ramón, que también es listo y que es un experto en repúblicas sudamericanas, me dice más o menos lo mismo.

En la expresión de JN flotaba la arrogancia de quien se cree una eminencia por el mero hecho de revelar ante un desconocido episodios de su vida privada. No obstante, su voz era potente y perseverante como la nalga de mármol de una escultura milenaria que resiste el azote de millones de turistas sobones. Alguien con esa voz debía de tener más dignidad de la que dejaba traslucir su aspecto asustadizo y servil.

JN, los ojos fofos de pasado y de dolor, proseguía con su relato:

–Les digo a mis hijos que no entiendo de política y que no pienso meter el dinero en un pantano que me resulta tan enigmático a la par que peligroso. Entonces ellos estallan de cólera. Irene me acusa de no querer involucrarme en la regeneración política del Estado y también me acusa de vivir gracias a los buitres que están expoliando el país… Ramón, por su parte, amenaza con llevarme a los tribunales por haber despedido irregularmente de mi tienda a un manco. Yo le recuerdo que sí despedí a ese manco fue porque se había afiliado a un partido neonazi y porque, pese a ser manco, estaba siendo juzgado por haber roto siete costillas a su mujer y dos falanges a su cuñada. Pero Ramón no me cree. De nada sirve presentar a mis hijos pruebas que evidencian mi honradez y mi compromiso con los derechos humanos. Ellos dicen que todos somos culpables y me aseguran que un alemán dijo algo parecido. Yo les respondo: “Si un alemán ha dicho eso, será verdad, pero solo para quien entiende el alemán, y yo no entiendo ese noble idioma”. Mi hijo Ramón se enfurece. Que le estoy tomando el pelo y que me va a echar de casa por ser tan reaccionario, me dice el muy tunante, al que siempre he idolatrado como a un joven y musculoso dios. Miro a Irene en busca de apoyo, pero en los ojos de mi hija atisbo la misma furia reprobatoria que en los ojos de su hermano. La cabeza se me llena de pensamientos horribles y contradictorios, a mí, que nunca me ha gustado pensar porque no creo haber nacido para traficar con pensamientos. Así que me pongo a llorar porque creo que mis hijos me odian y que me van a odiar siempre. Al ver mis lágrimas, Irene y Ramón no solo no se compadecen, sino que me tildan de burgués sentimental… No los reconozco… Mis propios hijos… Entonces lloro más… Yo solo soy un vidriero con otros tres vidrieros a su cargo, joder…

–¿No le parece que está exagerando? –pregunté a bote pronto, tratando de ganar tiempo para procesar toda la información recibida.

–Ya quisiera yo… No, le estoy contando la verdad, la puta verdad. De hecho, mis hijos ya no me hablan desde aquel domingo. Viven conmigo y no tienen ningún reparo en gastarse el dinero que les paso mensualmente, pero no me dirigen la palabra.

–¿Y qué opina su mujer de todo esto? –pregunté con incipiente interés.

–Mi mujer, la madre de esos chicos, murió de un infarto hará unos tres años.

–Lo siento.

–No se preocupe… Fue culpa mía. Le di demasiados disgustos…

J.N. se restregó los ojos húmedos, carraspeó, suspiró y trató de sonreír como un adolescente que intentase remedar las sonrisas melancólicas y tristes del Montgomery Clift en declive. Y creo que lo consiguió. Más o menos. Entretanto, yo me sentí avergonzado por haber juzgado con tanta ligereza a este caballero. Si todo lo que me había contado era verdad, no había duda de que J. N. era mejor persona que yo.

–¿Quiere tomar una copa? Le invito –le propuse, palmeándole la espalda con una ruda complicidad que trataba de ahogar cualquier nota melodramática.

J.N. me miró como si no hubiera escuchado mi oferta y me preguntó:

–¿Qué haría usted si estuviera en mi lugar?

Le respondí lo que se espera de alguien que ha sido educado para convivir con sus semejantes, aunque esa convivencia se base principalmente en la hipocresía.

–Esperar. Tener paciencia –manifesté con decisión–. Sus hijos le acabarán hablando. En realidad no le odian. Están abrumados y confundidos por los acontecimientos. Como todos.

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El puente de Europa, de Gustavo Caillebotte.

–¿Qué está pasando en el mundo? –inquirió JN con una voz misteriosa y remota, los ojos clavados en una región del infinito.

–Nada especial. Lo mismo de siempre –respondí con un escepticismo académico y tedioso–. Cada cierto tiempo se hacen famosos individuos miserables que solo quieren envenenar el corazón de las personas para que todos nos enemistemos con todos. Supongo que vivimos un tiempo así. Pero se acabará.

JN asintió con resignación pucelana.

–Sí, tiene usted razón, pero el problema es que, cuando ha pasado la tormenta y los malos han perdido, ya somos demasiado viejos y hemos perdido los mejores años en peleas inútiles. ¿Sabe lo que le digo? Que odio la vida.

–Está en su derecho. Solo los tontos aman la vida constantemente –le dije con tono prudente, temeroso de agravar su desazón.

Pero JN volvió los ojos hacia mí y me arponeó con una mirada de animal moribundo y rabioso. A continuación, con una voz que parecía estar formada por las voces cavernosas y dolientes de millones de almas anónimas y frustradas, me espetó:

–Y también le odio a usted. Le odio porque usted no ha sufrido lo que yo he sufrido y, sin embargo, se atreve a darme consejos y a pontificar sobre la humanidad. Buenas tardes.

JN se levantó bruscamente, cogió una pequeña maleta que descansaba en el portaequipajes situado sobre su asiento y, resoplando, abandonó el vagón. El tren estaba entrando en la estación del Norte de Palencia. Había dejado de llover, pero ya era de noche, y la gente impávida que me rodeaba parecía hecha de plástico, y todo se me antojaba triste y prescindible. Poco después, comprobé que JN se había bajado del tren y que caminaba por uno de los andenes acompañado por una sonriente mujer de grandes dimensiones embutida en una chilaba.

Me fui al vagón cafetería y pedí un whisky con dos piedras. Hay momentos en que no merece la pena reflexionar. Reflexionar es juzgar y yo no deseaba juzgar, porque muy pocos de nuestros juicios nos ayudan a mantener la esperanza. Aquél era uno de esos momentos. Pedí disculpas a mi hígado y empecé a devastar educadamente el interior de mi organismo para que mi alma pudiera respirar un poco, solo un poco.

La martirizada memoria de Cuba

POR suerte o por desgracia, nunca he tenido que exiliarme, por lo que no soy especialista en exilios (de momento). No obstante, siempre me han interesado las novelas en cuyas tramas comparecen exiliados. Quizá porque envidio y admiro (por este orden) a quienes, tras perder el contacto directo e inmediato con su patria, han sido capaces de ser ellos mismos una patria ambulante cargada de melancolía y de dolor, pero también pertrechada de coraje y de paciencia. Es difícil toparse con un exiliado y no hallar en él, por muy necio que pueda parecer, un mínimo de dignidad y de sabiduría. Nos guste o no, la pérdida y la derrota siguen siendo las escuelas existenciales más solventes y agresivas. Si estoy exagerando, no creo que mi exageración resulte imperdonable. De cualquier modo, este curioso entusiasmo mío por las ficciones cuyos héroes o villanos son expatriados es el que me ha llevado a leer y a releer recientemente El mercado de la memoria (Narrativas Endymion), una melodiosa y rigurosa novela que deshuesa con acicalada nostalgia y con ansiosa franqueza el abigarrado y complejo asunto del exilio cubano en los Estados Unidos de Norteamérica. Su autor es Enrique Sacerio-Garí, poeta, traductor y tenaz catedrático de Estudios Hispanoamericanos en Bryn Mawr College (Pennsylvania). Nacido en Sagua la Grande (Cuba), en 1945, Sacerio-Garí pertenece a esa rara y cada vez más exigua categoría de escritores que atesoran la nobleza y la buena educación de ponerse a escribir su primera novela solamente cuando estiman que ya están preparados para donar al mundo una obra honesta, personal y, por lo tanto, incómoda y reveladora. Libros amables y huecos ya hay demasiados y todo parece augurar que las editoriales obesas y triunfales nos seguirán martirizando con ellos.

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Pues bien, El mercado de la memoria es la primera novela de Sacerio-Garí y hay que admitir sin reservas que merece varias lecturas. Consignar aquí su sinopsis sería una descortesía para con el lector hedonista y, sobre todo, una insolente y filistea pretensión, toda vez que son numerosas las historias y vivencias que se enredan y se traspasan recíprocamente en este libro. Dicho de una manera más matizada, aunque no sé si menos pedante: nos hallamos ante una novela coral y fragmentaria poblada por unos personajes apasionados y rotundos a los que une su afán por desarrollar su particular visión de la identidad cubana fuera de Cuba: ora en Cayo Hueso, ora en Miami, ora en Filadelfia, ora en Toronto. El mítico y tan zarandeado Instituto San Carlos, que se alza en el radiante y suntuoso Cayo Hueso (Florida), constituye el principal telón de fondo (así como un constante motor dramático) de los debates, encuentros, encontronazos, traiciones y reconciliaciones que han de afrontar los personajes. Si escribo, como trato de hacer ahora, que este libro es una meticulosa y honesta tipología de los exiliados cubanos en los dominios del Tío Sam, también debo añadir imperiosamente que esta novela se asoma con indignación a las mezquindades y vilezas de quienes tratan de liquidar las diferentes sensibilidades de ese heterogéneo exilio cubano con el fin de apuntalar sus ambiciones políticas y económicas.

El mercado de la memoria aspira a ser poética, policiaca, autobiográfica, política, psicológica, metaliteraria, histórica, ensayística, cubana y, por qué no, universal. Y me atrevo a asegurar que lo consigue. Sospecho que tales logros técnicos (y hasta éticos) son posibles gracias a que Sacerio-Garí combina y sintetiza hábilmente los diferentes bloques argumentales y los diversos registros idiomáticos dentro de un juego de vaivenes cronológicos diestramente ideado y depurado. Me atrevo a sugerir que es fácilmente rastreable la huella de Borges y de Cortázar en lo concerniente a las peripecias metanarrativas y a los desafíos estructurales del texto, así como es felizmente detectable en ciertas descripciones de espacios y de paisajes el distintivo poético de una parquedad entre cinematográfica y expresionista que nos recuerda a Juan Rulfo, al Dos Passos de Manhattan Transfer o al Valle-Inclán telegráfico y escueto de Tirano Banderas.

Cuba es uno de países cuya simple mención ya basta para embravecer un debate. Es su breve pero rugiente historia un fascinante muestrario de actitudes y de comportamientos humanos que suelen transitar por los ámbitos de lo heroico y de lo trágico. Para su fortuna o desventura, Cuba nunca aburre. Tampoco los cubanos, ya sean fidelistas o exiliados o una mezcla de ambos. El mercado de la memoria, de Enrique Sacerio-Garí, no es una excepción. He aquí una de las frases del libro que, en mi imprudente opinión, mejor cartografían los sueños de su autor y de sus personajes: “Reconocer o desaparecer es la tarea del mar y de los sitios que nos unen”. Repitámoslo: “que nos unen”. ¿Comprenderán esta verdad quienes siguen empeñados en desunir?

Si yo fuera un dinosaurio…

HAY gatos que me miran como reyes

Hay noches que se asustan de sí mismas

Hay calles que se odian demasiado

Hay hombres que solo devoran espejos

Y espejos que se toman calmantes

Y a pesar del caos del mundo

Los camellos siguen muy tranquilos

Y los desiertos parecen igual de pobres y de felices

Os lo digo en serio

Si yo fuera un dinosaurio me comería

A varios profetas y te regalaría sus huesos

Para que pintases el retrato de arcaicos besos

 

Debes saber no obstante que el amor

Ya solo vive en hospitales

Pero nadie quiere hablar de eso

Y nadie quiere hablar del teléfono de muerte

Que llevan las gaviotas dentro de su alma

Porque los periódicos son simples desodorantes

Para que nuestra mente huela a pacifismo sueco

Y el mar está cansado pero quiere morir trabajando

Y Rusia sigue siendo peligrosa pero

Qué trivial sería la nieve y qué tedioso

El himno del vodka sin los eructos de esa bella loca

 

Por qué mis ojos ya solo caminan hacia atrás?

Por qué tu saliva sabe a vino anterior a Cristo?

Hay gatos que oyen a fantasmas hablar de gatos

Hay muertos que echan de menos el cine X

Hay ciudades que se suicidan con mucho sigilo

A pesar del mundo

El mundo es leal a las bicicletas

Y es leal a los sentimientos de bajo coste

Qué pasará cuando incluso el infierno

Prohíba el tabaco y no fume ningún ángel de puta?

Qué pasará cuando las palabras se arranquen el corazón

Y se lo coman a la sombra de los últimos rascacielos?

Os lo digo en serio

Si yo fuera un dinosaurio lloraría y lloraría

Hasta que algún dios muriera ahogado

Pero yo solo sé abrirme abismos en

El hotel de mi pereza para contemplar

Desde ellos los pergaminos de tus músculos y de tus árboles.

 

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IDYLL, Frederic Leighton.

 

Micenas 2016

AQUÍ, en Micenas, las piedras sudan y braman como héroes

sedientos de guerra, de vino y de elocuente gloria.

Aquí, en Micenas, los pájaros planean y meditan como rocas

lanzadas al cielo por cíclopes sin oficio ni capataz.

Aquí, en Micenas, la soledad es un aliento de huesos feroces

que inflama la soberbia de pinos y colinas y nubes.

Aquí, en Micenas, los insectos parecen sonar a espadas oxidadas

que suspirasen desde el Hades por la gimnasia de otra batalla.

 

Nunca vi mis manos tan cargadas y furiosas de luz,

tan distintas de las manos pantanosas con que

suelo acariciar las arrugas de mi presente.

Nunca pensé que mi piel podría soportar

el peso de tantos siglos y de tantos muertos.

Cómo saber si esos olivos que olfatean este aire

no son dioses que me piden una mirada de respeto.

Cómo soportar el ardor de esta plenitud

sin perder la fe en los nombres que me dieron.

Qué mañana tan perfecta y tan temible.

Qué mañana tan poco propicia

para promover sensatez y cordura.

 

Aquí, sobre Micenas, flota un sol que no nació para

alumbrar, sino para mezclar la vida con la muerte,

la infamia con el honor, la cobardía con el coraje.

Aquí, en Micenas, el sol diluye las mentes en el resplandor

de una sola mente, de una sola, única y gran demencia.

Aquí, en Micenas, creo haber encontrado la tumba

en que he yacido y soñado millones de veces.

Aquí, en Micenas, me burlo de mi vida y de mi muerte,

pues nada son comparadas con esta luz y estas piedras.

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