Historia de una animalista

Relato inspirado en una larga conversación que mantuve con una simpática antitaurina de Lavapiés que, pese a condenar mi propensión a la dieta carnívora y pese a ridiculizar mi devoción por el western (género cinematográfico que mi interlocutora considera machista), tuvo la gentileza de revelarme algunos episodios de su vida y de invitarme a un par de vodkas mientras la primavera cuajaba sobre un Madrid ardiente de protestas y de asambleas callejeras. 

I

PATRICIA Alerce engullía un cruasán en un bar de la calle Sagasta cuando vio cómo un perro flaco y de mirada nihilista era atropellado accidentalmente por una furgoneta de ingeniera nipona. El conductor de la furgoneta se dio a la fuga y el perro murió dando aullidos mientras una paloma enfundada en la luz de un sol invernal se miraba el rostro en la sangre de la víctima. Patricia Alerce, conmocionada por aquel suceso, no volvió a comer cruasanes. Años después se casó con un hombre que solía participar en manifestaciones antitaurinas y que enseñaba a bailar el tango a grupos de solteros exigentes.

Tras un año de matrimonio, el marido de Patricia Alerte tuvo la mala suerte de atropellar con su coche a un gato robusto que padecía una ceguera parcial en el ojo izquierdo tras haber sido golpeado en la cabeza por unos vándalos de diez años. Patricia Alerce, que viajaba en el asiento del copiloto, pensó que el siniestro y la muerte subsiguiente del felino no se habrían producido si su marido hubiese circulado a menos velocidad. Un mes después Patricia Alerce pidió el divorcio y el hombre se lo concedió, pero solo después de propinar patadas de diversa intensidad a todas las sillas del inmueble.

II

TRAS dos años de soltería y de inapetencia sexual, Patricia Alerce conoció en un crucero por el Mediterráneo a un risueño y facundo alicantino que sabía recitar en alemán algunos poemas de Rilke. Bebieron un poco de vino espumoso ante el oleaje crujiente de noche y de viento, y se fueron al camarote del hombre y se desnudaron sin teatralidad, y la cosa fue bien hasta que el alicantino le mostró su miembro viril. Era grande y poderoso: un faraón de los penes. Esta circunstancia no apesadumbró en lo más mínimo a la mujer, que no consideraba una bendición ser varón y tener un exiguo órgano sexual. Lo que realmente perturbó a Patricia Alerce fue que vislumbró una pequeña cruz latina tatuada sobre el tejido eréctil de ese pene. Al ser interrogado por la razón de tamaña extravagancia, el alicantino le contó el episodio que consideraba más crucial de su vida.

–Empecé a estudiar filosofía, pero la crisis me obligó a dejarlo y a transformarme en limpiacristales, lo que me llevó a frecuentar las alturas. Hace cosa de un año me resbalé de una ventana que estaba a treinta metros del suelo. Me salvé porque caí justo encima de un enorme perro que se encontraba orinando en la acera. El cuerpo de aquel animal fue como un colchón que amortiguó mi caída. No tuve ninguna duda de que se trataba de un milagro. Quise dar gracias a Dios, pues no fui educado en el ateísmo ni en el materialismo, y pensé que la mejor forma de hacerlo era haciendo un pequeño sacrificio. Es doloroso que te tatúen una cruz en el aparato genital, pero el dolor se acaba pasando.

–¿Y qué le pasó al perro?

–Murió.

–Pobre animal. Pudiste tener más cuidado para no caerte.

–Bueno, yo no quise caerme. Sufrí una bajada de tensión y me desmayé.

–Eres un irresponsable. No deberías haber cogido ese trabajo. Tendrías que haber buscado un empleo más acorde con tu formación y capacitación. No sé si eres consciente de que un perro murió por tu negligencia.

–Pero yo estoy vivo ¿no?

–¿Y qué tiene eso de magnífico? El mundo está lleno de tíos como tú. Estáis muy vistos.

El alicantino, pálido y estupefacto, se sentó en el borde de la cama y estudió el rostro de Patricia Alerce, cuya expresión rebosaba orgullo y severidad.

–Creo que debes vestirte y largarte de aquí –sugirió el hombre con una voz cavernosa y abatida.

Patricia se vistió con talento y rapidez. Antes de abandonar el camarote, se giró hacia el alicantino y comentó:

–Deberías encajar mejor las críticas.

III

DOS semanas después, Patricia Alerce conoció en un local de copas a Manuela Cantalapiedra, socióloga en paro y amante de las tortugas. Patricia y Manuela se miraron a los ojos y supieron que se acostarían juntas esa misma noche. Tras beber unos rones con coca-cola y elogiar discretamente las leyes de protección animal promulgadas por el nazismo, viajaron en un taxi hasta la cama de Manuela, una cama de blando colchón alrededor de la cual merodeaban seis tortugas de diferentes tamaños. Ni Patricia ni Manuela se habían acostado antes con una persona de su mismo sexo, pero eso no les impidió actuar con pericia y fluidez. Un jurado de lesbianas veteranas no habría puesto mala nota al debut lésbico de estas mujeres. Después de una hora de búsqueda y de sudorosa conquista del placer, se tomaron un descanso. Patricia examinó las tortugas que hacían guardia en torno a la cama y prodigó caricias y piropos a todas ellas, y todas ellas parecieron esbozar una sonrisa. Entretanto, Manuela, tumbada boca arriba, se fumaba un pitillo y divagaba en voz alta sobre la estupidez del votante español y no español. Llevada por una espontánea e irreflexiva curiosidad, Patricia dejó vagar la mirada por las paredes de aquel cuarto. Vio fotografías de tortugas y de planicies austeras y grandiosas que estaban salpicadas, cómo no, de quelonios. Pero también vio algo que le hizo palidecer. Sobre el cabecero de madera de la cama, clavado con chinchetas a la pared, destacaba un póster que ilustraba con paródico estilo impresionista un lance taurino: el diestro ofrecía la muleta y el toro la observaba sin demasiada emoción.

–¿Qué coño hace eso ahí? –interrogó Patricia con furia contenida. –Quítalo inmediatamente. Es la imagen infame de la tortura.

Manuela Cantalapiedra tardó en reaccionar, pero reaccionó.

–Un momento –bramó, incorporándose y encarándose con Patricia. –Esta es mi casa y puedo decorarla cómo se antoje. Además me gustan los toros y no pienso renunciar a mi afición. ¡¡¡Jamás, jamás, jamás!!!

Patricia debió de caer en manos de una cólera magistral, pues hizo algo que resulta complicado hacer cuando se está relativamente tranquilo. Arrebató el cigarro a Manuela y lo apagó en la teta derecha de Manuela. Manuela dio un grito de dolor, pero el grito emergió de su garganta al mismo tiempo que propinaba un puñetazo a la antitaurina en pleno rostro.

–¡Fuera de esta casa, guarra! –exclamó Manuela Cantalapiedra fuera de sí. –Y pensar que me he tomado la molestia de comerme tu maldito coño, que huele a pescadilla. Entérate, señora, a pescadilla de pueblo dormitorio. ¿Es así cómo me agradeces la hospitalidad que te he brindado?

Patricia, sangrando por la nariz, un ojo amoratado, la respiración gruesa y jadeante y frenética, se aproximó hasta un extremo de la habitación, cogió una tortuga del suelo con las dos manos y la lanzó contra la cabeza de quien amaba las tortugas y las corridas de toros. Manuela esquivó el proyectil y el caparazón de aquella desdichada criatura se estrelló pesada y salvajemente contra el póster taurino. La tortuga no murió. Como es bien sabido, la naturaleza ha hecho a estos animales a prueba de colisiones. El póster, sin embargo, se fisuró y se desgarró ligeramente en diferentes zonas. Manuela quiso chillar, quiso echar por su boca toda la ira que le vapuleaba las entrañas, pero de repente perdió el conocimiento y se desplomó sobre la cama con la ruda y dubitativa delicadeza de un osezno desnutrido.

IV

MEDIA hora después, Patricia, aturdida y asustada, deambulaba por un pasillo del área de urgencias de un hospital a la espera de que algún miembro del personal sanitario le informara del estado de salud de Manuela Cantalapiedra. Pese a la angustia que devoraba su ser o quizá precisamente por esa misma angustia, Patricia Alerce se hizo las siguientes preguntas: ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué no puedo ser feliz? ¿Por qué me odio? ¿Por qué no me quiere más la gente? ¿Es que no soy lo suficientemente simpática? Son las preguntas que suele plantearse una persona cuando accede a un espacio en el que la enfermedad y la muerte adquieren la visibilidad y la rutina de la vida. Son las preguntas que nos hacen más humanos pero que también nos van alejando de los demás.

Finalmente, una enfermera salió para informarle de que Manuela Cantalapiedra sobreviviría al infarto que había sufrido. Patricia Alerce besó a la enfermera con emoción y se fue a tomar un café. Cuando salió del hospital para dirigirse al bar más próximo, vio que la mañana era triste y lluviosa, pero tuvo la sensación de que había regresado de la muerte y de que tenía ganas de reírse de sí misma, aunque no entendía muy bien por qué.

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