Confesiones de un vidriero

EL tren se dirigía a Gijón y nos hallábamos a unos veinte kilómetros de Palencia. Yo estaba sentado al lado de la ventana y trataba de disfrutar de la visión de un ceñudo paisaje desmaquillado por una lluvia mansa y filosófica, una lluvia erotizada por el cosquilleo del ocaso, pero no me era posible. El hombre que estaba sentado a mi derecha era un narrador pertinaz e inquieto que pugnaba constantemente por absorber mi atención.

El hombre tenía ganas de desparramar sobre mis oídos el drama de su vida y yo no albergaba el suficiente coraje para darle a entender que en ese momento no deseaba escuchar ninguna historia. Me dolía la cabeza y, como suele sucederme cuando viajo en un medio de transporte cuyo gobierno no depende de mí, me sentía frágil y acabado como un actor porno con VIH, sin empleo y estigmatizado por la gente de su gremio. El hombre me comunicó que se llamaba Julián, si bien me pidió que le dijera JN. Comprendí que JN era un individuo con muchos problemas de autoestima y que se sentía más seguro y viril camuflándose tras el hieratismo de esas iniciales.

JN era un tipo flaco, bajito y huesudo cuyos ojos grandes y nerviosos, encastrados en una cara estrecha y demacrada, parecían olfatear la luz y el aire con una ansiedad ratonil. Vestía un desgastado traje italiano que le quedaba grande y lucía una corbata fucsia estampada de enanos clavicémbalos. El cabello, blanco como una horchata mezclada con cava, lo llevaba largo y reluciente, a la manera de los incansables y sabihondos magos de cuento. Si este hombre deseaba pasar inadvertido, estaba fracasando alegremente. Tras declarar que era un cincuentón desencantado que había nacido en Valladolid, JN me confesó:

–Fíjese. Un domingo mis dos hijos me reprochan que haya hecho tanto dinero y también me recriminan que no me sienta culpable de la mucha desigualdad que hay en el país. Yo digo a mis hijos que no he ganado tanto dinero, aunque no puedo quejarme, y les aseguro que yo no soy culpable de la desigualdad que hay en España, puesto que no soy más que el propietario de una modesta cristalería que da trabajo a tres personas que, dicho sea de paso, adolecen de ciertas discapacidades intelectuales. Mis hijos, que están en la universidad y que hojean libros de autores que ofrecen una cara muy seria, insisten en que admita que soy un lacayo del neoliberalismo y que debo mi prosperidad como cristalero a que mis servicios han sido contratados por clientes de escasa ética, sospechosos de evasión fiscal, de cohecho y de otras maldades. Yo les razono, en la medida de mi raciocinio, que no puedo negarme a vender mi mercancía al cliente que me paga bien y con puntualidad. Entonces mi hija Irene, que es muy perspicaz y que estudia el catalán porque dice que es la lengua antifascista por excelencia, me sugiere que done parte de mis beneficios a un nuevo partido político que se ha propuesto acabar con todas las injusticias y corrupciones de nuestro país. Mi hija Irene me cuenta que forma parte de ese partido y mi hijo Ramón, que también es listo y que es un experto en repúblicas sudamericanas, me dice más o menos lo mismo.

En la expresión de JN flotaba la arrogancia de quien se cree una eminencia por el mero hecho de revelar ante un desconocido episodios de su vida privada. No obstante, su voz era potente y perseverante como la nalga de mármol de una escultura milenaria que resiste el azote de millones de turistas sobones. Alguien con esa voz debía de tener más dignidad de la que dejaba traslucir su aspecto asustadizo y servil.

JN, los ojos fofos de pasado y de dolor, proseguía con su relato:

–Les digo a mis hijos que no entiendo de política y que no pienso meter el dinero en un pantano que me resulta tan enigmático a la par que peligroso. Entonces ellos estallan de cólera. Irene me acusa de no querer involucrarme en la regeneración política del Estado y también me acusa de vivir gracias a los buitres que están expoliando el país… Ramón, por su parte, amenaza con llevarme a los tribunales por haber despedido irregularmente de mi tienda a un manco. Yo le recuerdo que sí despedí a ese manco fue porque se había afiliado a un partido neonazi y porque, pese a ser manco, estaba siendo juzgado por haber roto siete costillas a su mujer y dos falanges a su cuñada. Pero Ramón no me cree. De nada sirve presentar a mis hijos pruebas que evidencian mi honradez y mi compromiso con los derechos humanos. Ellos dicen que todos somos culpables y me aseguran que un alemán dijo algo parecido. Yo les respondo: “Si un alemán ha dicho eso, será verdad, pero solo para quien entiende el alemán, y yo no entiendo ese noble idioma”. Mi hijo Ramón se enfurece. Que le estoy tomando el pelo y que me va a echar de casa por ser tan reaccionario, me dice el muy tunante, al que siempre he idolatrado como a un joven y musculoso dios. Miro a Irene en busca de apoyo, pero en los ojos de mi hija atisbo la misma furia reprobatoria que en los ojos de su hermano. La cabeza se me llena de pensamientos horribles y contradictorios, a mí, que nunca me ha gustado pensar porque no creo haber nacido para traficar con pensamientos. Así que me pongo a llorar porque creo que mis hijos me odian y que me van a odiar siempre. Al ver mis lágrimas, Irene y Ramón no solo no se compadecen, sino que me tildan de burgués sentimental… No los reconozco… Mis propios hijos… Entonces lloro más… Yo solo soy un vidriero con otros tres vidrieros a su cargo, joder…

–¿No le parece que está exagerando? –pregunté a bote pronto, tratando de ganar tiempo para procesar toda la información recibida.

–Ya quisiera yo… No, le estoy contando la verdad, la puta verdad. De hecho, mis hijos ya no me hablan desde aquel domingo. Viven conmigo y no tienen ningún reparo en gastarse el dinero que les paso mensualmente, pero no me dirigen la palabra.

–¿Y qué opina su mujer de todo esto? –pregunté con incipiente interés.

–Mi mujer, la madre de esos chicos, murió de un infarto hará unos tres años.

–Lo siento.

–No se preocupe… Fue culpa mía. Le di demasiados disgustos…

J.N. se restregó los ojos húmedos, carraspeó, suspiró y trató de sonreír como un adolescente que intentase remedar las sonrisas melancólicas y tristes del Montgomery Clift en declive. Y creo que lo consiguió. Más o menos. Entretanto, yo me sentí avergonzado por haber juzgado con tanta ligereza a este caballero. Si todo lo que me había contado era verdad, no había duda de que J. N. era mejor persona que yo.

–¿Quiere tomar una copa? Le invito –le propuse, palmeándole la espalda con una ruda complicidad que trataba de ahogar cualquier nota melodramática.

J.N. me miró como si no hubiera escuchado mi oferta y me preguntó:

–¿Qué haría usted si estuviera en mi lugar?

Le respondí lo que se espera de alguien que ha sido educado para convivir con sus semejantes, aunque esa convivencia se base principalmente en la hipocresía.

–Esperar. Tener paciencia –manifesté con decisión–. Sus hijos le acabarán hablando. En realidad no le odian. Están abrumados y confundidos por los acontecimientos. Como todos.

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El puente de Europa, de Gustavo Caillebotte.

–¿Qué está pasando en el mundo? –inquirió JN con una voz misteriosa y remota, los ojos clavados en una región del infinito.

–Nada especial. Lo mismo de siempre –respondí con un escepticismo académico y tedioso–. Cada cierto tiempo se hacen famosos individuos miserables que solo quieren envenenar el corazón de las personas para que todos nos enemistemos con todos. Supongo que vivimos un tiempo así. Pero se acabará.

JN asintió con resignación pucelana.

–Sí, tiene usted razón, pero el problema es que, cuando ha pasado la tormenta y los malos han perdido, ya somos demasiado viejos y hemos perdido los mejores años en peleas inútiles. ¿Sabe lo que le digo? Que odio la vida.

–Está en su derecho. Solo los tontos aman la vida constantemente –le dije con tono prudente, temeroso de agravar su desazón.

Pero JN volvió los ojos hacia mí y me arponeó con una mirada de animal moribundo y rabioso. A continuación, con una voz que parecía estar formada por las voces cavernosas y dolientes de millones de almas anónimas y frustradas, me espetó:

–Y también le odio a usted. Le odio porque usted no ha sufrido lo que yo he sufrido y, sin embargo, se atreve a darme consejos y a pontificar sobre la humanidad. Buenas tardes.

JN se levantó bruscamente, cogió una pequeña maleta que descansaba en el portaequipajes situado sobre su asiento y, resoplando, abandonó el vagón. El tren estaba entrando en la estación del Norte de Palencia. Había dejado de llover, pero ya era de noche, y la gente impávida que me rodeaba parecía hecha de plástico, y todo se me antojaba triste y prescindible. Poco después, comprobé que JN se había bajado del tren y que caminaba por uno de los andenes acompañado por una sonriente mujer de grandes dimensiones embutida en una chilaba.

Me fui al vagón cafetería y pedí un whisky con dos piedras. Hay momentos en que no merece la pena reflexionar. Reflexionar es juzgar y yo no deseaba juzgar, porque muy pocos de nuestros juicios nos ayudan a mantener la esperanza. Aquél era uno de esos momentos. Pedí disculpas a mi hígado y empecé a devastar educadamente el interior de mi organismo para que mi alma pudiera respirar un poco, solo un poco.

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