La martirizada memoria de Cuba

POR suerte o por desgracia, nunca he tenido que exiliarme, por lo que no soy especialista en exilios (de momento). No obstante, siempre me han interesado las novelas en cuyas tramas comparecen exiliados. Quizá porque envidio y admiro (por este orden) a quienes, tras perder el contacto directo e inmediato con su patria, han sido capaces de ser ellos mismos una patria ambulante cargada de melancolía y de dolor, pero también pertrechada de coraje y de paciencia. Es difícil toparse con un exiliado y no hallar en él, por muy necio que pueda parecer, un mínimo de dignidad y de sabiduría. Nos guste o no, la pérdida y la derrota siguen siendo las escuelas existenciales más solventes y agresivas. Si estoy exagerando, no creo que mi exageración resulte imperdonable. De cualquier modo, este curioso entusiasmo mío por las ficciones cuyos héroes o villanos son expatriados es el que me ha llevado a leer y a releer recientemente El mercado de la memoria (Narrativas Endymion), una melodiosa y rigurosa novela que deshuesa con acicalada nostalgia y con ansiosa franqueza el abigarrado y complejo asunto del exilio cubano en los Estados Unidos de Norteamérica. Su autor es Enrique Sacerio-Garí, poeta, traductor y tenaz catedrático de Estudios Hispanoamericanos en Bryn Mawr College (Pennsylvania). Nacido en Sagua la Grande (Cuba), en 1945, Sacerio-Garí pertenece a esa rara y cada vez más exigua categoría de escritores que atesoran la nobleza y la buena educación de ponerse a escribir su primera novela solamente cuando estiman que ya están preparados para donar al mundo una obra honesta, personal y, por lo tanto, incómoda y reveladora. Libros amables y huecos ya hay demasiados y todo parece augurar que las editoriales obesas y triunfales nos seguirán martirizando con ellos.

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Pues bien, El mercado de la memoria es la primera novela de Sacerio-Garí y hay que admitir sin reservas que merece varias lecturas. Consignar aquí su sinopsis sería una descortesía para con el lector hedonista y, sobre todo, una insolente y filistea pretensión, toda vez que son numerosas las historias y vivencias que se enredan y se traspasan recíprocamente en este libro. Dicho de una manera más matizada, aunque no sé si menos pedante: nos hallamos ante una novela coral y fragmentaria poblada por unos personajes apasionados y rotundos a los que une su afán por desarrollar su particular visión de la identidad cubana fuera de Cuba: ora en Cayo Hueso, ora en Miami, ora en Filadelfia, ora en Toronto. El mítico y tan zarandeado Instituto San Carlos, que se alza en el radiante y suntuoso Cayo Hueso (Florida), constituye el principal telón de fondo (así como un constante motor dramático) de los debates, encuentros, encontronazos, traiciones y reconciliaciones que han de afrontar los personajes. Si escribo, como trato de hacer ahora, que este libro es una meticulosa y honesta tipología de los exiliados cubanos en los dominios del Tío Sam, también debo añadir imperiosamente que esta novela se asoma con indignación a las mezquindades y vilezas de quienes tratan de liquidar las diferentes sensibilidades de ese heterogéneo exilio cubano con el fin de apuntalar sus ambiciones políticas y económicas.

El mercado de la memoria aspira a ser poética, policiaca, autobiográfica, política, psicológica, metaliteraria, histórica, ensayística, cubana y, por qué no, universal. Y me atrevo a asegurar que lo consigue. Sospecho que tales logros técnicos (y hasta éticos) son posibles gracias a que Sacerio-Garí combina y sintetiza hábilmente los diferentes bloques argumentales y los diversos registros idiomáticos dentro de un juego de vaivenes cronológicos diestramente ideado y depurado. Me atrevo a sugerir que es fácilmente rastreable la huella de Borges y de Cortázar en lo concerniente a las peripecias metanarrativas y a los desafíos estructurales del texto, así como es felizmente detectable en ciertas descripciones de espacios y de paisajes el distintivo poético de una parquedad entre cinematográfica y expresionista que nos recuerda a Juan Rulfo, al Dos Passos de Manhattan Transfer o al Valle-Inclán telegráfico y escueto de Tirano Banderas.

Cuba es uno de países cuya simple mención ya basta para embravecer un debate. Es su breve pero rugiente historia un fascinante muestrario de actitudes y de comportamientos humanos que suelen transitar por los ámbitos de lo heroico y de lo trágico. Para su fortuna o desventura, Cuba nunca aburre. Tampoco los cubanos, ya sean fidelistas o exiliados o una mezcla de ambos. El mercado de la memoria, de Enrique Sacerio-Garí, no es una excepción. He aquí una de las frases del libro que, en mi imprudente opinión, mejor cartografían los sueños de su autor y de sus personajes: “Reconocer o desaparecer es la tarea del mar y de los sitios que nos unen”. Repitámoslo: “que nos unen”. ¿Comprenderán esta verdad quienes siguen empeñados en desunir?

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