Micenas 2016

AQUÍ, en Micenas, las piedras sudan y braman como héroes

sedientos de guerra, de vino y de elocuente gloria.

Aquí, en Micenas, los pájaros planean y meditan como rocas

lanzadas al cielo por cíclopes sin oficio ni capataz.

Aquí, en Micenas, la soledad es un aliento de huesos feroces

que inflama la soberbia de pinos y colinas y nubes.

Aquí, en Micenas, los insectos parecen sonar a espadas oxidadas

que suspirasen desde el Hades por la gimnasia de otra batalla.

 

Nunca vi mis manos tan cargadas y furiosas de luz,

tan distintas de las manos pantanosas con que

suelo acariciar las arrugas de mi presente.

Nunca pensé que mi piel podría soportar

el peso de tantos siglos y de tantos muertos.

Cómo saber si esos olivos que olfatean este aire

no son dioses que me piden una mirada de respeto.

Cómo soportar el ardor de esta plenitud

sin perder la fe en los nombres que me dieron.

Qué mañana tan perfecta y tan temible.

Qué mañana tan poco propicia

para promover sensatez y cordura.

 

Aquí, sobre Micenas, flota un sol que no nació para

alumbrar, sino para mezclar la vida con la muerte,

la infamia con el honor, la cobardía con el coraje.

Aquí, en Micenas, el sol diluye las mentes en el resplandor

de una sola mente, de una sola, única y gran demencia.

Aquí, en Micenas, creo haber encontrado la tumba

en que he yacido y soñado millones de veces.

Aquí, en Micenas, me burlo de mi vida y de mi muerte,

pues nada son comparadas con esta luz y estas piedras.

micenas.jpeg

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