Resaca en Lisboa

HABÍA acabado mi café irlandés y tenía la impresión de que mi sonrisa era ridícula e inútil. Lisboa sonaba como un violonchelo recién sacado de un mar alegre y liberal. La tarde era un purgatorio de palomas, una estación donde el vino, el bacalao y el tiempo reflexionaban como soldaditos de plomo. El cristal de un tranvía relataba una guerra de gaviotas mientras el río desfilaba bajo el navío del sol. Una mujer se miró en el espejo de su fatiga o de su miedo y se perdió en el abismo de una iglesia donde los muertos invitaban a los vivos a escuchar el monólogo de piedra de su falsa eternidad.

Había acabado mi café irlandés y volví a tener la impresión de que mi sonrisa era ridícula e inútil y, sin embargo, sonreí con más empeño porque intuí que mi sonrisa era lo único que me hacía parecer un hombre de mundo. Pagué, abandoné la terraza y seguí a un enano que vendía heroína de poca calidad por los alrededores de la Rúa Augusta. Aquel enano masticaba chicle, silbaba con fe y entusiasmo y lanzaba piropos a los perros que mantenían animados coloquios en las aceras. Un viejo coche se quejaba ante un semáforo en rojo y sentí lástima de su motor enfermo y del flaco fantasma que lo conducía. El coche se puso en marcha pero no dejó de difundir lamentos. Luego me sentí estúpido porque me topé con un hermoso travesti y no supe qué piropo adjudicarle. Entonces recordé mis tiempos de transformista y derramé una lágrima bastante gorda por aquellos días tan aleccionadores y ajetreados en que me paseaba por Alcorcón vestido de corista. Creo que la lágrima cayó sobre una paloma que se echaba una siesta o que estaba ingresando en una delicada muerte, pero no puedo asegurarlo porque en aquel momento estaba tratando de recordar y de recitar un verso de Rimbaud: Par delicateux j’ai perdu ma vie.

Alguien gritó. Alguien dijo que había un valiente hijo de puta por ahí cerca. ¿Y cuándo no lo hay?, me pregunté. Resulta que el pequeño traficante de heroína había echado a correr porque un policía deseaba acabar con su negocio, con sus silbidos y con su fe. Frente a una tienda de lencería había un hombre que se sacaba un modesto moco de la nariz con suma delicadeza, como si su nariz estuviera hecha de porcelana. Aquel sujeto me pareció un serio artesano. Me acerqué a él y le felicité por tratar con tanto cariño su nariz. No me entendió, pues se lo dije en un mal alemán. Por aquellos días yo estudiaba alemán…

Seguí avanzando como un pequeño elefante sudanés y un guitarrista ambulante me confesó que se había hecho circuncidar recientemente para seducir a una moza israelí que tocaba la viola en una famosa orquesta de cámara portuguesa. Tuve envidia de aquel guitarrista. Tuve envidia de su locura, de su mal olor y de su mirada festiva. Entonces la tarde suspiró y escribió sobre el aire de la ciudad varios poemas que hablaban de hombres cansados cuyos calzoncillos tristes y agotados resumían perfectamente la decadencia de Europa. El guitarrista y yo nos metimos en el café Brasilia y pedimos dos zumos de naranja. Hablamos de muchos temas pero no dijimos nada inteligente sobre ninguno. Nos bebimos los zumos y nos quedamos interpretando nuestro silencio. Sabíamos que éramos unos necios por permanecer callados e indolentes, pero estábamos orgullosos de no avergonzarnos en público de nuestra escasa inteligencia. Antes de despedirnos nos bebimos un vasito whisky y luego cada uno se fue en busca de su soledad y de su mediocre destino sin importarnos el hecho de que jamás nos volveríamos a ver.

Anduve hasta un suntuoso portal de la Avenida Libertad. Mi tía Carlota me recibió con dos besos en la frente y me hizo pasar al comedor de su amplio piso. Cenamos un buen plato de bacalao con tomate y nos bebimos dos botellas de Oporto. Mi tía Carlota, que es brasileña de nacimiento y que toca el piano, no es exactamente mi tía. La conocí en un avión que nos llevaba a una soleada ciudad de Estados Unidos. Con el fin de matar el tiempo le escribí un haiku que alababa su cabello blanco y su voz ronca y nocturna. Ella se emocionó y me llamó sobrino. Aquella noche, después de cenar, tocó el piano hasta la medianoche y después nos emborrachamos sin perder la compostura.

A las dos de la madrugada entró en el piso un hombre rechoncho y muy simpático. Besó a mi tía Carlota en los labios y me ofreció un habano. Me lo fumé mientras me tomaba la última copa. El novio de Carlota era armador y había escrito un curioso opúsculo sobre la almadraba. Él y mi tía se encerraron sigilosamente en un dormitorio y traté de no imaginarme nada de lo que estaban haciendo. Al poco rato me quedé dormido en el sofá.

Cuando desperté, el amanecer ya estaba lamiendo mis ojos y mis babas. Me levanté y salí a la calle. Lisboa me saludó con la prudente modestia de los poetas que se saben geniales. Caminé hasta el monasterio de Los Jerónimos y una vez allí, sobre una isla de hierba, vomité. El Tajo me miró con desprecio, pero yo me encontraba feliz con mi sonrisa estúpida y con mi cerebro jugoso de resaca y confusión.

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