Historia de un masajista

–¿Te han dado el trabajo? Traes mala cara, hijo.

–No.

–¿Qué dijiste a esa gente? Seguro que hiciste el idiota cuando no correspondía y a ellos les entró el recelo sobre tu capacidad.

–No conjetures tanto, mamá. Ya se me pasó mi edad lúdica, ahora me falta coraje para hacer chistes de mi drama. Lo que sucedió es que la empresa que me iba a dar el empleo está a punto de hundirse, si no lo está ya, y solo una secretaria con aire de monja soriana se tomó la molestia de darme aviso de que la entrevista quedaba cancelada para siempre porque uno de los gerentes había huido con todo el dinero.

–Otra mentira.

–Piensa el disparate que te calme, pero yo te digo lo que me ha sucedido. También pude enterarme de que el otro jefe, el que no ha huido, ha sido metido en un hospital tras sufrir un infarto o algo parecido. Si sale vivo, le espera un mundo poco envidiable. No me mires como si te contara que he violado a un gato con sida. Si te gustasen los telediarios, no me sería necesario darte tanta explicación. Al mundo le ha dado ahora por parecerse a las películas de mafiosos. Quizá siempre fue así.

–Tienes peor suerte que tu padre. Tu padre por lo menos murió antes de convertirse en un inútil. Tú morirás poco antes de que alguien te ofrezca la oportunidad de parecer útil. Cuánto lo siento. Anda, cena algo. Hay unos boquerones esperándote en la nevera. Ayunar no te hará más inteligente.

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“El hijo pródigo”, de Max Beckmann

–No lo digas así , que parece que no eres mi madre, sino una novia mía con el periodo.

–¿Una novia tuya? No alardees de semental, renacuajo. Que tu madre sabe que tampoco te comes una rosca en el nivel sexual.

–Porque siempre estás en medio. No me dejas meter en este piso a ninguna de mis amigas.

–Aquí solo se hacen marranadas si están bendecidas por la Iglesia.

–Pero si no vas a misa desde hace décadas.

–Pero hay cosas que no se hacen en una casa si antes no hay boda con cura y con banquete como los de antes.

–Eso cuesta caro. Eres poco realista y tu terquedad me fuerza a ser un fiasco erótico, pues carezco de picadero y yo tengo amigas muy finas que precisan de higiene.

–No me interesan las desgracias de tu pito.

–¿Te interesa algo mío?

–Esa pregunta es un insulto después de todo lo mala que me pongo para que encajes medianamente en este mundo.

 

Dos días después el hijo se marchó de casa sin dar aviso alguno y cogió un avión para un país que decía necesitar masajistas. La madre recibió una llamada telefónica una semana después de que el hijo se fuera furtivamente. Era la policía. Una voz femenina que combinaba autoridad y melancolía le explicó que su hijo había sido detenido por la gendarmería francesa por incendiar un balneario pirenaico en el que había entrado a trabajar recientemente. Al parecer, el responsable de personal de ese centro se había quejado de la brusquedad con que masajeaba el nuevo masajista. Solo alguien que ha ejercido de masajista sabe lo duro que es encajar un comentario de ese jaez. El nuevo masajista no aceptó las críticas y tal vez pensó que no merecía la pena mantener los buenos modales. Cuando se pierden las formas, los dioses del vandalismo se pueden apoderar de uno y el camino que conduce a la comisaría se vuelve muy transitable.

Una vez que la voz femenina terminó de dar toda la información, la madre colgó el teléfono y se puso a planchar unas camisas de personas ya extintas sin dar muestras de preocupación ni de alarma. Cuando su hijo hubo cumplido su pena de cárcel y regresó a casa, la madre le dio un par de formalistas besos y le presentó a un hombre ya casi anciano que estaba en la cocina preparándose una fabada de bote.

–Es mi nuevo marido –anunció la mujer. –Nos casamos hace una semana.

El masajista y el tipo de la fabada se miraron con una desconfianza salvaje y pendenciera. Si cada uno hubiese tenido una pistola, la habría utilizado contra el otro. Pero ambos hombres se siguieron mirando con fijeza y notaron que algo triste pero universal les unía y quizá comprendieron que nadie en el mundo iba a preocuparse del destino de dos tipos sin lustre que están en una cocina modesta, historiada de fracasos y de resignaciones. Entonces se dieron la mano y, minutos después, compartieron la fabada mientras la mujer abría una botella de vino.

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