El padre del peluquero

HABÍA una vez un hombre que dijo a su hijo: Hijo, necesito que me cortes el pelo cojonudamente porque espero la visita de una mujer que está como un camión. El hijo le cortó el pelo porque el hijo era peluquero, un buen peluquero, pero estaba en paro. Había sido despedido de todas las peluquerías del pueblo por haber insultado a varios clientes en el transcurso de varias discusiones de índole religiosa y erótica. Aunque no puede asegurarse que esto sea totalmente cierto, ésa era la historia–chismorreo–leyenda que circulaba por aquella parte del mundo. Satisfecho del corte de pelo, el padre, que era vegetariano y medio budista, se afeitó, se cepilló los dientes y se puso a esperar a la mujer que, supuestamente, estaba como un camión sentado en un sofá, con un periódico sobre los muslos por si los ojos se cansaban de peregrinar por los crepúsculos mobiliarios de aquel cuarto y optaban por posarse en el hormigueo de tinta del papel impreso. Tras darse una ducha y masturbarse con escaso entusiasmo (pues era su masturbación número 1.800.967), el hijo dijo adiós al padre, se despidió del pececillo amarillo que vivía en la pecera del vestíbulo y se fue a beber unas cervezas con unos tipos que, como mucha gente, tenían problemas para expresar sus sentimientos cuando bebían demasiado. Es muy posible que esa limitación no contrariara a los amigos del peluquero. Es más, posiblemente esa dificultad para platicar en su lengua materna en los instantes de efusividad alcohólica era lo que unía a estos caballeros los miércoles por la noche. Porque era un miércoles por la noche y se disputaba un importante partido de fútbol entre dos pesos pesados del fútbol europeo. El peluquero en paro y sus amigos verían el partido a través de la televisión de un bar donde el olor a pollo al ajillo se daba codazos con el tufo a desodorante masculino.

Autorretrato frente a cortina roja (1923), Max Beckmann

Autorretrato frente a cortina roja (1923), Max Beckmann.

Quizá alguien desee conocer a estas alturas los nombres del peluquero en paro y de su padre. Desgraciadamente no puedo ofrecer esa información porque quien me relató esta historia no se tomó la molestia de revelarme tales datos. Sí puedo afirmar sin titubeos que el padre del peluquero, amén de vegetariano y de medio budista, no era exactamente el padre biológico del peluquero. El padre biológico del peluquero había sido un veterinario de Elche aficionado al bestialismo que había fallecido de un paro cardiaco mientras mantenía relaciones sexuales con un poni. El hijo del veterinario, testigo de muerte tan bestial, huyó de la consulta paterna en estado de shock, y erró por la ciudad hasta que fue atropellado por una bicicleta pilotada por un exbanderillero sin suerte que se había hecho antitaurino para fastidiar a sus excompañeros de cuadrilla. El exbanderillero no solo llevó a urgencias al hijo del veterinario, que a la sazón frisaba en los diez años, sino que terminó adoptándolo. Luego aparecieron Buda y la dieta vegetariana en la vida de este señor. Y luego la vejez y la reflexión. Y luego más reflexión y luego…

No hay cosa más sencilla que alargar un relato disparatado si no hay temor a seguir acumulando anécdotas rocambolescas y escabrosas. Pero este relato pretende contener un mínimo de verosimilitud porque a mí me lo narró una persona de carne y hueso que aspiraba a que la tomaran en serio, de manera que ha llegado el momento de abordar el desenlace de esta historia.

Tras beber toda la cerveza que le cupo en la panza y tras discutir e intercambiar varios gruñidos y algunos simpáticos puñetazos con sus amigos, el peluquero en paro emprendió el regresó al hogar en torno a las dos de la madrugada. En el trayecto se topó con un perro tuerto, pero el perro era educado y no le ladró, si bien un murciélago brotó de la oscuridad y planeó por ahí de un modo poco amigable. Quien se haya cruzado con algún murciélago después de una francachela nocturna entenderá lo desasosegante que puede resultar tamaño encuentro. El peluquero tuvo ganas de vomitar, pero siguió su camino y la borrachera que llevaba encima se esfumó en cuanto entró en casa y encontró a su padre disfrazado magistralmente de fallera y ahorcado muy profesionalmente de una viga maestra, como si aquel caballero hubiese estado años preparando ese momento. Histérico, el peluquero se comió al pececillo amarillo que vivía en la pecera del vestíbulo y aquello pareció tranquilizarle durante un rato. El hombre había tenido la gentileza de dejar una nota explicativa con el fin de que el peluquero y sus paisanos no se hicieran pedazos la cabeza tratando de esclarecer las causas de decisión tan rotunda. La nota, escrita a mano, ofrecía a los ojos una letra redonda y coqueta que no armonizaba con el mensaje lúgubre y trágico y sentencioso que transmitía. La nota decía: Querido hijo, toda la vida he deseado ser mujer. Mi existencia ha sido una dura carga para mi mente y para mi alma, si es que existe ese aborto intangible inventado por los metafísicos. He odiado mi taciturno pene desde que tuve conciencia de su peso y de su insaciabilidad. Desgraciadamente nunca me atreví a someterme a una operación de cambio de sexo por mi pánico a los quirófanos. Si no me he quitado de en medio antes, ha sido por ti: necesitabas un padre. Ahora ya tienes 40 años y creo que es momento de que aprendas a valerte por ti mismo.

Un travesti de Salamanca fue quien me contó esta historia hace ya bastantes años. Cómo y por qué entable conversación con aquel travesti, cordial y cálido como un cuscús masajeado por la brisa marina de un atardecer tangerino, deberá ser materia para otro relato, porque este ya se ha hecho demasiado largo y poco digestivo para quien cree que el mundo es solo una batalla económica. Solo añadiré lo siguiente: aquel travesti era un experto en don Miguel de Unamuno.

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