División de poderes

UN hombre con bastante poder se halla en su despacho y llama por teléfono a un hombre igual de poderoso. La conversación entre ellos es simple y cordial. Se preguntan qué tal están, qué tal andan sus familias y hablan un poco de fútbol, de vinos y de posibles islas para pasar las próximas navidades. Después uno de ellos propone al otro iniciar una campaña de descrédito contra un colega que les cae mal por razones que solo ellos alcanzan a comprender. Ambos discuten los pormenores de su ofensiva mediática y finalmente deciden poner en marcha los mecanismos de difamación y calumnia para hundir la carrera del caballero que, para qué negarlo, les causa acidez estomacal. Se despiden cordialmente mientras ambos sienten un cosquilleo de satisfacción en la panza. Es hora de desayunar, o de fumarse un habano, o de que alguna de sus secretarias les haga una discreta y terapéutica mamada, nada del otro mundo, que hay mucho trabajo por delante. Lo que no saben estos señores es que hay otros señores que, a esa misma hora, están proyectando acabar lentamente con ellos mediante una campaña de desprestigio más sutil y velada.

Entretanto, una señora con más influencia y poder que todos los anteriores varones, se toma un café bastante cargado y, a continuación, efectúa una llamada telefónica para poner patas arriba la realidad de millones de personas. Poner patas arriba la realidad de millones de personas es su trabajo y su vocación. Y para hacerlo solo necesita dictar dos frases a un secretario servil y diligente, satisfecho de vivir, así lo cree él, en el meollo de la Historia. Esta señora lee después los periódicos. Varios titulares y fotografías le recuerdan que miles de personas se han manifestado el día anterior en su ciudad para reclamar transformaciones profundas. La mujer sonríe con una mezcla de ternura y repugnancia, como quien ya no sabe qué consejos endosar a un hermano pequeño al que se cree díscolo, torpe, testarudo. A miles de kilómetros de ese despacho, en una ciudad muy populosa y famosa por estar repleta de oportunidades para los que saben ser prácticos y resolutivos, dos hombres, repanchingados en el asiento trasero de un vehículo oficial, estudian de qué manera pueden desencadenar una guerra en un país lejano y polvoriento sin que la opinión pública sospeche que ellos han sido los inspiradores e impulsores del conflicto. En otra parte del mundo, una mujer de voz enérgica y justiciera asegura en un parlamento que está trabajando con denuedo para reducir las cifras de paro.

Detalle de El Jardín de las delicias, de El Bosco.

Detalle de El Jardín de las delicias, de El Bosco.

Minutos después, esa mujer se reúne con sus colaboradores en un despacho frondoso de penumbras y les encomienda una tarea fundamental: desacreditar a un opositor antes de que ese opositor se haga demasiado fuerte. Durante una semana esta parlamentaria, que también recibe el título de ministra, vive consagrada a supervisar esa operación de desprestigio. Cuando se asegura de que su hipotético rival, abrumado por lo que se rumorea de él en tertulias televisivas y redes sociales, ha renunciado a sus ambiciones, la parlamentaria decide tomarse unas pequeñas vacaciones en su pueblo de origen, donde su mamá le prepara esas tortillas de queso tan cremosas y familiares. Sin embargo, recuerda en el último minuto que debe deshacerse de un colaborador que no le inspira demasiada confianza, pues le considera alguien demasiado astuto y, por tanto, una amenaza. Así pues, suspende las vacaciones y la visita a mamá y la degustación de sus tortillas, y se queda en su despacho ideando un nuevo plan de ataque. Lo primero es lo primero. No muy lejos de allí, un reputado articulista escribe una columna en la que respalda a un gobierno en el que no cree desde hace tiempo. Horas después, el contenido de ese artículo inunda de esperanza e ilusión a miles de lectores mientras el autor del texto se emborracha en un local de alterne y se burla del mundo y de sí mismo. Al cabo de un día, el destacado articulista, mientras naufraga en una limpia y vulgar habitación de un vanidoso hotel, llega a la conclusión de que reventarse los sesos de un disparo es una opción cargada de dignidad en un mundo tan laberíntico y enrevesado. Finalmente, decide vivir un poco más. Una mujer codiciada en varios continentes y por la que ha pagado mil euros le espera en la cama, envarada de bótox y de fama. Además, la vida no parece tan complicada de manejar cuando es el falo el que toma las decisiones. Aunque sabe que otros hombres no muy distintos a él se disponen a traicionarle, el articulista se diluye en las sudorosas borrascas del placer sexual para olvidar que su caída en desgracia está muy próxima.

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