Empezar de nuevo

SEMÁFOROS galardonados de neblinas dadaístas y de pájaros resacosos. Coches que llevan restos de lluvias nocturnas y gamberras. Una calle peatonal salpicada de madrugadores que no ocultan su odio a los pocos gimnastas de la francachela que aún se resisten a ocultarse en las alcantarillas de su privacidad. De un camión de basura húmedo y juguetón escapa el minúsculo cometa de un salivazo que transporta en su lomo una mota de nostálgico salchichón. El salivazo vuela en la mañana basurera como un diablillo de nieve en busca de pecadores responsables. El salivazo toma tierra junto al silencio de un condón vegetativo y destripado. Un tipo de melena educada y algo cursi toca una guitarra ante el escaparate de una tienda de objetos religiosos: crucifijos rezumantes de una españolidad circense y cálices en cuya panza el amanecer desgrana parte de su discurso. El guitarrista melenudo, ojos infectados de soledad eslava, pone en el aire una voz imperiosa y desesperada que tiene algo de trombón lujurioso y libertino. Una mujer se come una galleta laxativa en la parada de un autobús mientras un hombre le acaricia la melena con un ojo abarrotado de melancolías coitales.reloj

Es un viernes con facha de lunes, un viernes contrahecho y avinagrado que resume el apocamiento de un país que tiene miedo a la felicidad, como todos los países pobres que se han empachado a espejismos de prosperidad. Meteoritos de rutina entrecruzan sus trayectorias entre edificios donde fingir seriedad y rigor es más importante que revelarse eficaz y clarividente. Yo estoy en el interior de una cafetería estreñida de espejos plebeyos, hojeando un periódico de ultraderecha que presume de liberal y de moderado. Estoy a punto de hacerlo pedazos y de arrojar los restos de ese miserable rotativo frente a la catedral de La Almudena, ese costoso y empalagoso insulto a la arquitectura y ese homenaje apoteósico a la cursilería del catolicismo posmoderno. Finalmente me controlo y sonrío a las fábricas de la nada, disueltas en el aire como aromas de una nicotina pesada y satánica. Los muertos no duermen, pienso mientras contemplo la foto de mi propia muerte en el diario sentimental impreso por mis sueños. Y pienso que toda esta luz que me ofrece la mañana no es más que una conversación de fantasmas cansados de ser aire. Llega un momento en que caminar es una forma de promocionar nuestro miedo. Es muy difícil hacerse viejo y que no se te ponga una cara de bruja melindrosa y asustadiza. Y cuánto más masculino se cree el anciano, más ostensible, inapelable y clerical es la traza de su afeminamiento. No hay más que ver a un obispo podrido y relamido para tomar conciencia de que el infierno no es más que convertirse en un baboso de papada olímpica y de mirar pedófilo. El día de mi muerte no será muy diferente a éste. Pensaré las mismas idioteces y odiaré todo lo que odio de la misma forma. No diré nada inteligente y es muy posible que farfulle varias necedades. Me consolará saber que estaré inmerso en una cola compuesta por tipos que estarán tan asustados y que serán tan ridículos como yo. Y habrá que empezar de nuevo a hacer el jilipollas. Eso o no ser nada. Que cada cual escoja.

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