Otoño al desnudo

EL cielo olía a pan mojado y un zorzal se miraba las plumas en el espejo de un charco historiado de nubes cachondas y de hojas esqueléticas. La ciudad sonaba a rata responsable y profesional, a rata que no duda de su vocación ni un solo instante, pero era un ruido que solo oían los seres despedidos del mundo. Me desayuné un par de moscateles y silbé el fragmento de una polonesa y el camarero me miró como se mira a un rinoceronte recién nacido. Eso podía significar dos cosas: O me estaba pidiendo que me fuera de una puta vez o deseaba acostarse conmigo. Hay homosexuales que no saben que lo son y algunos acaban tirando cañas en un bar u oficiando misa, pero no es el momento de tocar un asunto tan tocado. Salí a la calle y vi cómo un ciclista insultaba a una pobre mujer cuyo único delito había consistido en caminar por el tramo de acera que el ciclista, terco en su velocidad y en su ruta, había elegido. Cada vez hay más ciclistas fascistillas que creen que la ciudad es suya y que ellos son la vanguardia de la salud y de la tolerancia, pero tampoco voy a tocar este tema, pues no me gusta hacer bromas baratas con personas que adolecen de discapacidades mentales, excepto conmigo mismo. Parece lógico, toda vez que no creo que vaya a denunciarme por burlarme de mis propias taras psíquicas.

Seguí mi camino (¿cuál era mi camino?) y, mientras seguía mi camino, me encontré a un antiguo compañero del colegio frente a una floristería cuya florista estaba comiéndose una naranja de un modo entre obsceno y glamuroso. La florista era como un cruce entre Silvana Mangano y Winston Churchill. Era la primera vez que veía algo así y di gracias a los dioses por haberme permitido presenciar tal escena y descubrir a tal criatura. Saludé a mi antiguo compañero de colegio y él me confesó que su vida era una mierda. Su expresión sombría y gótica servía de modélico subrayado a tamaña confesión.

–La última vez que te vi me comentaste algo parecido –afirmé con una serenidad más veraniega que otoñal–. ¿Qué quieres que te diga? Aficiónate a la mierda o suicídate. No hay más opciones.

–Eres un animal. No tienes derecho a hablarme así. –La cara se le soleó de ira y rencor.

–Admito que tengo poco tacto, pero has de admitir que tú eres un pesado que llevas casi treinta años lamentándote de haber nacido. ¿Por qué no intentas cambiar de discurso? ¿No te aburres de ser siempre el mismo cenizo? No digo que renuncies a tu pesimismo. Yo no he renunciado al mío: ya sabes que a mí el optimismo me parece poco estético, una cosa vulgar de nuevos ricos que juegan a ser izquierdistas de merendero. Lo que te sugiero es que elabores un poco más tu pose de tío perdedor.

Mi antiguo compañero de colegio me propinó una bofetada y me dejó varado en la acera, acariciándome la mejilla golpeada y acariciado, de canas a empeines, por la mirada intrigada de la florista, quien ya había terminado de ingerir la naranja. El cielo ya no olía a pan mojado, sino a aparato digestivo de mediana edad. No me pregunten cómo lo sabía, pues no lo sabía. Solo lo intuía.

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Seguí mi camino y, mientras seguía mi camino, conocí a un gato que se hacía pajas sobre el muslo de una señora que, sentada en un banco de madera, leía un libro de espiritualidad cuya portada estaba ilustrada por la fotografía de un rebaño de nubes encharcadas en la clásica sopa crepuscular que tanto entusiasma al fotógrafo aficionado o al fotógrafo profesional que no sabe que es aún aficionado. Cerca de allí se alzaba una parroquia de ladrillo pardo y serio cuyo diseño recordaba a un sacacorchos amorfo o inacabado. El gato adicto a la masturbación me trajo a la memoria la historia de Carla, la gata de un antiguo amigo que murió tras recibir una somanta de un fanático religioso. Es una terrible historia que ya contaré otro día. Ahora quiero terminar esta semicrónica hablando de la señora que estaba leyendo, u hojeando, el libro de espiritualidad. Resultó que la señora desvió los ojos del libro y los dirigió a mi persona. Resultó que yo conocía a aquella señora. No en vano había sido mi maestra de solfeo poco antes de concluir el pasado siglo. Nos saludamos con casta efusividad y me senté a su lado mientras el gato, a ruegos de su dueña, se iba a otro lugar a proseguir con el ejercicio de su onanismo. Pureza, que así se llama esta buena señora, me contó que su marido se había fugado con la dueña de un tembloroso trasero magrebí y que se había puesto a los pies embabuchados del Islam. La señora rompió en llanto y pensé que necesitaba un trago en algún lugar donde nadie juzgase con severidad a quien llora y bebe al mismo tiempo. Propuse a mi antigua profesora visitar un abrevadero conciliador, pero en ese momento ocurrió algo que me emocionó brutalmente. La señora se secó las lagrimas y lanzó con rabia castiza varias ventosidades adoptando un semblante de mística de retrete. Luego me anunció que se disponía a entrar en la parroquia en forma de sacacorchos para escuchar misa. Nos despedimos y ella entró en el templo seguida por su gato, al que no me costó imaginar haciendo cochinadas ante la mirada de hielo y tedio de los muñecos santos y feos y asustados. Cuando me quedé solo, aspiré el aroma a fetidez dejado por mi antigua profesora de solfeo y los ojos se me llenaron de lágrimas. Aquellos pedos me trasladaron de súbito a mi juventud, a las tardes de café y violines de Ópera, a los dictados musicales que mi profesora de solfeo me dictaba mientras el sol se ponía y mientras ella, sentada al piano, expelía sus delicadas y armónicas flatulencias. ¿Por qué se peía de modo tan descarado? No lo sé. Quizá no podía evitarlo. Quizá deseaba hacerme desistir de mis esfuerzos por identificar las notas. Quizá pretendía comunicarme algo que no se atrevía a confesarme con palabras. Sea como fuere, yo amé esos pedos y esos pedos me dieron fuerzas para seguir viviendo y para creer que el destino me encontraría alguna utilidad.

Me levanté del banco y seguí mi camino. El cielo de otoño olía a aparato excretor en declive, pero yo era feliz como un poni recién bañado por unas manos amorosas y maternales.

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