Historia breve de un escupitajo

UN joven me aborda en una populosa calle del centro de Madrid y me pide colaboración para un proyecto solidario, es decir, me pide dinero. Es un joven decidido pero triste, otro español que morirá con cara de fatalista recalcitrante si no huye de este país antes de los treinta. Es un joven que se parece a otros jóvenes ávidos de que se haga justicia en el mundo en tiempo récord. Le explico educadamente que mi situación económica no es nada holgada y que siento no poder ayudarle. El joven cambia su aspecto taciturno por una máscara de indignación. Ese tipo de indignación que ahora se fabrica en serie y que se ha convertido en el uniforme facial de quienes creen que, por el hecho de haber estudiado una carrera universitaria, la vida les debe algo.

El joven me fulmina con la siguiente exhortación:

“No lo sientes”.

Me molesta su tono acusatorio, la aspereza de su dogmatismo, su convicción de que es inmaculado y de que yo soy un cerdo e hipócrita burgués. Sé que debo disculparle, sé que la frustración y el fracaso pueden emponzoñar a los más nobles, sé que ese muchacho sería menos antipático de estar trabajando en algo que le gusta en vez de dedicarse a mendigar gestos de solidaridad a personas a las que odia porque las cree privilegiadas.

Me doy la vuelta y afirmo:

“Sí que lo siento. Y no tienes ni idea de lo que dices”.

El joven niega con la cabeza y responde:

“No tienes cara de sentir nada”.

Luego señala la fachada del restaurante del que acabo de salir y añade:

“Tienes dinero para ponerte morado ahí dentro, pero no para ser un poco solidario”.

Examino con detenimiento a este juez improvisado y percibo en sus facciones un pequeño terremoto de ira y de rencor. Luego desvío los ojos hacia la fachada del restaurante. Se trata de un local relativamente caro y confortable donde se sirve una merluza excepcional.

Trato de no perder la calma y doy una explicación a este joven:

“¿Crees que tengo mucho dinero por haber almorzado en un sitio como ése? No es asunto tuyo, pero te contaré algo. Resulta que un viejo amigo me ha invitado a comer ahí por ser su cumpleaños. También te diré que mi amigo está en el paro, pero es un tío cojonudo y ha pensado que hay ocasiones en que hay que tirar la casa por la ventana, sobre todo cuando las cosas no pintan bien. Mi amigo piensa que mañana podríamos estar muertos y que es una idiotez no disfrutar del poco dinero que se tiene en hacer feliz a quien se quiere o se aprecia. Y creo que tiene razón”.

“No me interesa tu vida”.Fill

“No te interesa, pero has metido las narices donde no te llaman. Mira, chaval, intenta no cargar con todos los vicios de la humanidad y trata de ser un poco feliz. Recuerda lo que decía Goethe en su Fausto: “Las personas infelices son peligrosas”.

“Lárgate”.

“Claro que me largaré, pero antes quiero darte algo”.

Extraigo de mi cartera un billete de 50 euros y se lo tiendo.

“No puedo darte más, pero creo que es suficiente para que te tomes unas copas con los colegas y puedas disfrutar de la noche. Estás en edad de divertirte, ya tendrás tiempo de atormentarte por la desigualdad del mundo”.

El joven me escupe, se da media vuelta y se aleja de mí. Yo me saco un pañuelo de papel y me seco la frente maculada por el salivazo. Luego devuelvo el billete de 50 euros al interior de mi cartera y encesto el pañuelo usado en una papelera mordisqueada por el tiempo y por el vandalismo terapéutico de los fines de semana. Algunos transeúntes me observan como si fuera portador de la peste bubónica. No hay que enfadarse, me digo. La infelicidad nos transforma en seres dogmáticos y totalitarios. Hoy me han escupido a mí, pero tal vez mañana o pasado seré el yo que escupa a otro infeliz. No hay nadie inofensivo. Como escribió Borges en los tres últimos versos de su poema El cómplice: Debo justificar lo que me hiere./No importa mi ventura o mi desventura. /Soy el poeta.

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