Profesión: Hitler

TODOS los pájaros del parque callaron cuando Hitler entró en mi campo visual. Bueno, no era Hitler, sino un ojeroso y paliducho tipo disfrazado de Hitler. Mejor dicho, era un antiguo compañero de facultad que gastaba, sin garbo ni pasión, un astroso y descuidado uniforme similar, en lo básico, al que lució el terco genocida austríaco a partir de 1939, es decir, la indumentaria de Comandante Supremo de la Werhmacht: chaqueta cruzada de color gris verdoso, gorra de plato del mismo color con banda en rojo burdeos, pantalón negro, camisa blanca, corbata de seda negra y el águila en oro del Heer cosida al brazo izquierdo. A mi antiguo camarada, que desprendía un grueso aroma a orín y a sudor y a cerveza teutona, no le faltaba el inquietante bigotito cepillo, ni el brazalete rojo con la esvástica sobre fondo blanco, ni una Cruz de Hierro tintineándole y relampagueándole en el pecho. Quizá haya exagerado al afirmar que todos los pájaros del parque callaron al hacer acto de presencia ese sujeto, pero yo tuve la impresión de que así fue, y eso me legitima estéticamente para escribir lo que he escrito. El Hitler postizo se acercó a mí porque también me había reconocido y yo le envíe una sonrisa empañada de cansancio (o quizá de apática hostilidad) que no sirvió para disuadirle de acercarse a mis dominios. No deseaba entablar coloquio con una porción de mi pasado, aunque esa porción de mi pasado fuera un animal racional aureolado de drama y de extravagancia. A determinada edad todo trasnochador que ha franqueado la frontera de los treinta suele irradiar aires de aventurero frustrado y parece arrastrar un convoy de remordimientos. Eran las ocho de la mañana de un domingo y de una parroquia cercana me llegaron los bostezos metálicos de una campana. Yo estaba sentado en un banco de madera, bañado y lamido por una agasajadora luz matinal que se paseaba por el cielo con la coquetería de una joven cierva, y yo estaba planteándome si debía aniquilar a unas hormigas que se estaban zampando los ojillos de una paloma agonizante, tendida en la hierba tras sufrir, creo, un paro cardiaco. Odio las palomas, pero odio más las hormigas, especialmente a las hormigas que se alimentan de aves moribundas o de pájaros ya petrificados por la muerte.

El doble de Hitler no me dio los buenos días (mi antiguo compañero siempre consideró reaccionaria la buena educación) y, sentándose a mi derecha con ademán histriónicamente alicaído, se puso a esclarecerme las razones de su atuendo. Hacía más de siete años que no nos veíamos y, sin embargo, aquel señor actuaba conmigo como si ese lapso de tiempo equivaliera a un par de tardes.

–No me hecho nazi. Tranquilo. No te pongas nervioso –me conminó zarandeándome un hombro.

–No estoy nervioso: solo estoy asombrado de que el destino nos haya cruzado de nuevo. Sospecho que ese disfraz guarda relación con algún empleo o con alguna broma irreverente, de esas que pueden promover denuncias en tribunales y condenas en redes sociales.

–No andas descaminado. Una vez a la semana participo activamente en unas orgías antinazi.

–¿Orgías antinazi?

–Sí, las organiza un ricachón que asegura tener ascendencia sefardita, aunque yo no le veo el hebraísmo en ninguna región de su cuerpo enorme y nórdico. También es cierto que no soy experto en leer genealogías en anatomías ajenas.

–¿Y dónde es eso?

–Tales orgías se celebran en un bonito chalet del Paseo de la Habana. Primero hay una copiosa cena. Yo me siento entre los invitados y me pongo a farfullarles amenazas espeluznantes en alemán como yo si fuera un agente de las SS que anda ebrio, eufórico, con ansias de hacer castillos de cenizas y huesos con sus restos mortales. Les grito, por ejemplo, que morirán lentamente en una cámara de gas y otras cosas terribles. Acabada la cena, los invitados se emborrachan con champán y cerveza bávara y empiezan a escupirme y a tirarme al suelo y a mearse encima de mí mientras cantan La Marsellesa y otros himnos relacionados con la libertad y con los derechos del ciudadano y todo eso. Si el organizador y anfitrión se encuentra de buen humor, permite que se me sodomice brutalmente y que se defeque sobre mí en tanto se corean lemas antifascistas en todos los idiomas posibles. Como puedes apreciar, esta madrugada he tenido suerte, pues todos estaban estreñidos, de lo contrario este uniforme presentaría un estado más humillante y hediondo.

–¿Y cuánto te pagan por hacer de Hitler?

–Tres mil euros la noche. Y cinco mil si soy objeto de penetraciones anales. Y todo en negro.

–Eso hace doce mil pavos al mes como mínimo y veinte mil como máximo. ¿Me equivoco?

carnaval_tapa–No te equivocas, pero no creas que es tanta pasta. Tengo mujer y cuatro hijos. Además he de pagarme los putos cursos de alemán en el Instituto Goethe, cuyas tarifas no son precisamente para tipos de la gleba como yo. Si no fuera por el esfuerzo y la dedicación que pongo por aprender esa lengua, el organizador de esas orgías prescindiría inmediatamente de mis servicios. Un doble de Hitler que solo hablase castellano con acento de Galapagar sería catastrófico para nuestras orgías.

–Por cierto, ¿tú no trabajabas en una televisión autonómica o regional?

–De eso hace muchos años. Me despidieron.

–¿Y qué opina tu mujer de tu trabajo y de que seas sodomizado con cierta regularidad en esas extrañas ceremonias en que, si te he comprendido bien, se trata de exorcizar el nazismo?

–Al principio se enfadó un poco, pero luego se hizo lesbiana y todo resuelto. Ya no somos pareja sexual, pero nos une el afán de dar a nuestros hijos lo mejor.

–Si es verdad lo que me cuentas, hay que reconocer que sabéis adaptaros a las circunstancias. Mis felicitaciones por vuestra capacidad de reinvención.

–Gracias, pero no te creas que estoy muy satisfecho con este trabajo. A veces me siento culpable y vacío.

–¿Por qué? ¿Acaso no te acostumbras a ser enculado?

–Ni mucho menos, Aragón. A eso se aficiona uno rápido si uno tiene afán de abrirse a otros horizontes. Lo que me quita la paz es la semifilosofía burguesa y decadente que, a mi entender, inspira esas ceremonias. Verás, tengo la impresión de que mi participación en esas bacanales antifascistas constituye una forma de contribuir a la banalización del Holocausto. Creo que no puede frivolizarse con ese asunto.

–Te comprendo. Y supongo que será muy desagradable para ti salir a la calle vestido de esa guisa. ¿Por qué no te vistes y desvistes en tu puesto de trabajo?

–Mi empleador me exige que salga a la calle vestido de Hitler para que la gente me insulte. Va en el sueldo.

–¿Y la gente te insulta mucho cuando te ve así deambulando por la calle?

–Pues no mucho. A veces hasta me aplauden. Y eso me entristece.

–¿Sigues votando a IU?

–Por supuesto, soy fiel mis supersticiones. Nací comunista y moriré siendo, o creyendo, que soy comunista. Es una cuestión más estética que ética. Tú no puedes entenderlo. Pero ya está bien de hablar de mi mismo. ¿Qué es de tu vida? ¿Qué hay de tus convicciones, si es que aún te quedan?

Le dije que mi vida era muy aburrida y lisa en comparación con la suya, le dije que en ese mismo momento no creía en nada salvo en Boris Vian y en Hector Berlioz, si bien al día siguiente quizá volvería a creer en Graham Greene. Le dije, en fin, que estaba cansado de vivir, aunque también le dije que se disfrutaba de la vida estando cansado de la vida. Un poco extraño, ¿no te parece?, le dije. Mi antiguo camarada me miró con una mezcla de espanto y lástima, como si estuviera presenciando la decadencia de un rinoceronte con sida, y me deseó suerte con voz sentenciosa de locutor del tardofranquismo y se alejó de mí. Cuando el Hitler de mentira salió del parque, todos los pájaros se pusieron a cantar con tal júbilo que un foxterrier intentó violar a una anciana alta y membruda con un asomo de bigote en el labio superior. Si Clark Gable hubiese sido mujer y hubiese alcanzado los ochenta veranos, no es descabellado suponer que hubiese sido esa misma anciana. Es posible que esté exagerando, pero es mi forma de expresar que el mundo volvía a adquirir su condición y apariencia de parque temático.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s