Crímenes de verano

EN invierno también se asesina, pero los asesinos de invierno suelen caer más rápido en el olvido que los asesinos de verano. Bueno, esto no es más que una impresión, pero a mí no me parece una impresión demasiado irrazonable ni excesivamente gratuita. No en balde, algunos crímenes cometidos durante la canícula se ganan los distintivos de inolvidables, de crudelísimos o incluso de históricos merced a la desmesurada y melodramática cobertura informativa que se brinda de tales infamias. Si usted, por ejemplo, aspira a ser un destripador con caché o un estrangulador sólidamente reputado, debe ejecutar su ritual de barbarie cuando los medios de comunicación busquen alguna truculencia de fuste para retener a sus abotargadas e insoladas audiencias, hambrientas de estímulos primarios y de emociones gruesas y grandilocuentes. Al público se le ha acostumbrado a suministrarle una tragedia veraniega como al hincha de tertulias políticas se le ha hecho adicto a una ración generosa de clichés ideológicos y de furibundas caricaturizaciones del adversario. Cuando la tragedia no se consuma o el siniestro estival de turno no arroja un amplio balance de cadáveres convenientemente chamuscados o aplastados o mutilados, los manufactureros de la denominada actualidad entronizan a la categoría de problema generacional la última salvajada perpetrada por algún infeliz al que se le ha esfumado la olla, puesto que siempre hay alguien que extravía los papeles o el alma.

A los mandatarios, por su parte, les chifla que los medios de comunicación atiborren y estremezcan al personal con relatos de palizas caseras y de crímenes inspirados por los celos y desquiciamientos de un macho posesivo, toda vez que tamaña avalancha de sucesos encubre o difumina parcialmente la mediocridad gestora y moral de los gobernantes, así como relativiza los escenarios de frustración social dibujados por el paro, por el empobrecimiento progresivo de la población y por la ausencia de expectativas para quienes desean hacer algo de relieve con su cuerpo o con su mente. De esta suerte, se pretende rociar con limosnas de bastardo consuelo el inconsciente del ciudadano pesaroso endilgándole un mensaje que puede resumirse del siguiente modo: No se queje tanto, colega. Usted puede estar en el paro o tener un trabajo excremental, pero no es un hijo de puta descuartizador como el de la última noticia ni una desdichada fémina que acaba de ser enterrada en una sustancia alcalina.

Me resulta llamativo presenciar cómo algunos locutores de punteras cadenas informan del clásico suceso negro, ya sea homicidio pasional, ya sea premeditado y alevoso crimen, como si estuvieran relatando el comienzo de la III Tercera Guerra Mundial. ¿Es que se han enterado ahora de que hay individuos que matan y que, en los casos más ominosos, constituye casi un milagro adivinar sus aviesas y abyectas intenciones pues han sabido ocultarlas tras una reputación de tipo tranquilo, pacífico y poco amigo del alcohol o de las discusiones vociferantes? ¿Acaso hay que explicar a estos fabricantes del presente oficial que un psicópata, caso de que el asesino del momento responda a ese perfil, suele ser una persona astuta que atesora una gran habilidad para fingir normalidad hasta el día en que despliega su energía destructora? No menos irritante se antoja leer las pueriles columnas de algunos plumillas que juegan a criminalistas o criminólogos. Más que tratar de desbrozar la mente del criminal para disipar algunas de las tinieblas que circundan el caso, esos líderes de opinión se rasgan las vestiduras como bienintencionados párrocos palurdos ante los males del mundo y exigen que se erradique esa plaga de violencia y de irracionalidad a base de profusa previsión y de mucha toma de conciencia social. Uno se pregunta de qué les ha servido a determinadas personas estudiar una carrera universitaria.

Fotograma del filme Escupiré sobre tu tumba.

Fotograma del filme Escupiré sobre tu tumba.

Ciertamente el actual tratamiento informativo de los crímenes domésticos o familiares, tan burdo, tan tópico, tan mojigato, tan gazmoño, disfrutaría de mayor rigor y utilidad social si determinados cronistas y opinadores leyeran un poco a Camus, a Dostoyevski, a Chandler, a Highsmith, a Jim Thompson y, desde luego, a Shakespeare, cuyo Otelo sigue siendo una modélica escuela para comprender, aunque sea someramente, el proceso de degradación de un justo varón que, aplastado por el demonio de sus celos, se metamorfosea paulatinamente en un compungido y patético monstruo. La buena ficción literaria, y no solo para los asuntos macabros, sigue explicando mejor la vida y la locura humana que todos esos diagnósticos previsibles de especialistas oficiales que, apremiados por los estresados medios, solo formulan, por regla general, una maraña de lugares comunes que únicamente busca confirmar los prejuicios de la mayoría, anestesiada y paralizada por unos discursos de bondad rousseauniana que no creen ya ni sus propios divulgadores. Dedicar tanto tiempo y espacio a la crónica negra, si no se aplica un mayor rigor psicológico al retrato mental de los asesinos y si no se atiende con honestidad a los matices que rodean la existencia del delincuente, solo contribuye a criminalizar cualquier comportamiento vehemente del hombre (sin atender a su contexto) a la par que incrementa el apetito exterminador de quien se está planteando dar pasaporte a un conocido. Hay un tipo de asesino que anhela fama. ¿Hace falta recordar esa obviedad?

En resolución, al amarillismo veraniego de los medios de comunicación hipotéticamente serios se suman las sonatas monocordes de moralina sacristanesca y sentimental que solo sirven para avivar el nerviosismo y el histerismo de quienes creen, o quieren creer, que ser portador de testosterona equivale a ser un canalla. Por cierto, no solo matan los hombres en el mundo. También lo hacen las mujeres y los niños, si bien sería de mal gusto y poco gentil consignar ahora algunos sonados casos acontecidos este año en España (o en otros reinos menos tórridos). Por otra parte, el mal no se atenúa con cursis concentraciones ante un edificio oficial, sino interrogándolo cara a cara para desentrañar en la medida de lo posible su génesis y su zigzagueante e imprevisible evolución. Y poco más puede hacerse, salvo confiar en que el juez no sea un vago y en que la policía llegue a tiempo. ¿Se acabará asignando un agente de custodia a toda pareja que mantenga una discusión más o menos acalorada? No parece posible ni razonable. Ahora bien, quizá sí sea posible y razonable, aunque impopular, instar encarecidamente a los individuos, al margen de su edad y condición, a que desarrollen sus aptitudes de autodefensa cuando presientan a su alrededor el más mínimo peligro. La autodefensa no implica necesariamente saber artes marciales (aunque no estaría mal), sino saber huir a tiempo. Desgraciadamente no siempre funcionan la perspicacia ni el instinto de conservación para intuir que un familiar o el cónyuge están rumiando la posibilidad de matarte a martillazos o de filetearte con la sierra eléctrica. Cualquier persona puede convertirse en un homicida. Quien no tiene esto presente corre el peligro de llevarse un severo chasco. Hay un tipo de persona muy peligrosa: la que se cree tan pacífica y tolerante y mansa que está convencida de que nunca hará daño a nadie.

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