Réquiem por mis paraguas rotos

UNA lluvia de primavera me obliga a reconocer lo poco previsor que soy. Busco en el paragüero tubular del vestíbulo un paraguas sano y sólido, pero solo encuentro tres paraguas enfermos y ultrajados por haber sido empleados como cachiporras en el campo de batalla de una francachela que acabó entre lágrimas, insultos y golpes. Si los dioses aman los paraguas (se me antoja complicado, pero todo puede ser en el reino de la antimateria), yo habré de ser enviado a un infierno muy profundo y hacendoso, pues no ha habido paraguas de mi propiedad que no haya padecido la tenacidad y la embriaguez de mis cóleras de madrugada, cóleras atenuadas por el pellizco del amanecer y por la visión de mi rostro marchito en la luna barrosa de los charcos. Ya tengo edad suficiente para decirme determinadas verdades frente a los espejos intermitentes y chismosos que troquela esta lluvia con fragancia a aprendiz de verano. Y una de esas verdades es la siguiente: Que un hombre que ha roto todos sus paraguas no es un hombre digno de confianza. ¿Cómo confiar en alguien que no ha procurado un trato civilizado a un objeto tan sencillo, tan educado, tan maternal? Quien magulla o hiere un paraguas está maltratando un símbolo de seguridad y de auxilio, deporte o pasatiempo muy propio de los fanfarrones.

Anna Karina en Une femme est une femme, de Jean–Luc Godard.

Anna Karina en Une femme est une femme, de Jean–Luc Godard.

Todo paraguas abierto es un pacífico escudo, un escudo en forma de cúpula que actúa de techo portátil, de tejado dócil y sacrificado. Un buen paraguas no solo ofrece protección de los flechazos de la lluvia, sino que suministra a su dueño un movedizo círculo de intimidad. Compartir con alguien un paraguas es participar de su intimidad. Gracias a los paraguas algunos indeseables de las calles han logrado atraer y seducir a damas perdidas en la lluvia, errantes bajo las gotas como cisnes confundidos. ¡Cuántas cursilerías necesarias se han endilgado las parejas enamoradas (o no tan enamoradas) bajo los paraguas chorreantes y resistentes! ¡Cuántas frases de despedida y cuántas mentiras se han debido de pronunciar bajo estos diminutos baldaquinos sencillos, elegantes, nómadas! Algunos entierros han sido hermosos y seductores gracias a la presencia masiva de paraguas. ¡Y cuántos seres no habríamos nacido si algunos matrimonios, enternecidos por el aislamiento que proporciona la maternidad de un paraguas, no hubieran cometido la locura de decidir traer otro niño al mundo en una tarde de tormenta!

En los días de lluvia me gusta pensar en los paraguas que han escuchado conversaciones hipotéticamente históricas, conversaciones que han contribuido a moldear el mundo o a deformarlo un poco más. Imagino el paraguas que cubrió la cabeza del premier británico Neville Chamberlain horas después de entrevistarse con Hitler. Imagino las ingenuas frases de optimismo de Chamberlain mientras sus secretarios le acompañaban bajo la lluvia a las dependencias del número 10 de Downing Street. Imagino ese arrogante paraguas encogiéndose y plegándose en Londres mientras Hitler, en Berlín, se tronchaba de risa y ultimaba los detalles para comenzar la invasión de Polonia. Actualmente no hay guerra a la vista. Pero Europa se me revela como un barco podrido bajo estos chubascos primaverales. Y yo siento cómo me hundo en ese barco. Y lo peor es que no dispongo de un paraguas sano y sólido para afrontar la tempestad que se avecina. Por mi culpa, por mi culpa, solo por mi gran culpa.

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