Un maltratador de libros

EL librero era delgado como una jeringuilla y su cuerpo canturreaba un olor a polvo y a indolencia madrileña. En sus ojos bailaba y susurraba el infierno polar de un desprecio cósmico que solo había detectado en los atletas de la heroína. Fui a su librería apestosa pero competente y le dije que viniera a casa para que tasara unos volúmenes viejos que deseaba vender con el fin de reconquistar un poco de espacio y de aire en una vivienda empachada de libros. Y el librero llegó a casa a las cuatro de la tarde y su voz ronca me pareció el discurso de un revolver antiguo y entró en la biblioteca derramando un sudor de metros jugosos atenuado por la eyaculación de una primavera ruda y descortés. Le mostré una pila de libros. Esos son, caballero. Tómese su tiempo. ¿Puedo servirle un refresco, un café, una cerveza, un piscolabis? Lo de caballero y la oferta de un refrigerio le debieron parecer soplapolleces o cursilerías y me lo hizo saber espetándome los hocicos con una mueca chulesca y anarquista, mueca de años treinta, mueca cocinada en los fogones del resentimiento ibérico.

Miró a su alrededor y evaluó las dimensiones de la biblioteca, que era la suma y el apareamiento paulatino y paciente de varias bibliotecas, y su semblante adquirió la luz turbia de la nostalgia y de la envidia. De repente cogió un tomo de unas obras completas de Lope de Vega y lo manoseó con brutalidad de prusiano ebrio y dijo que aquello ya no valía nada y, que si todo lo que deseaba venderle era como eso, mejor no le hubiera hecho salir de su tienda, pues había pospuesto encuentros decisivos con colegas solo para llegarse hasta mi barrio pretencioso y enjuiciar un lote de libracos que, según él, yo había tildado de impresionantes. Aquel señor distorsionaba comentarios que yo había efectuado con bastante pudor a la par que contemplaba con rencor algunas piezas del mobiliario. Hojeó sin tacto el tomo de Lope de Vega y lo dejó caer despectivamente sobre la pila puesta en venta. No podía creer lo que estaba viendo. No podía creer que aquel desconocido al que había permitido acceder al núcleo de mi privacidad estuviera dando rienda suelta a tamaña impertinencia con el inequívoco propósito de intimidarme y de aliviar su frustración interpretando el papel de matón pasivo.

Descubrí de súbito que aquel sujeto ya no amaba los libros. Vivía, comía, dormía, se masturbaba y, tal vez, se metía jamaro entre ellos, pero los despreciaba. Quizá le recordaban unos juveniles sueños de literato a los que había hipotecado erróneamente su vida. Sea como fuere, intuí que aquel abuso infligido a los libros no iba a concluir, toda vez que aquel conato de humillación iba dirigido contra mi persona. Asimismo, intuí que aquel librero, a tenor de los modales suaves y algo relamidos que yo había exhibido ante él, había sacado la conclusión de que yo era un pequeñoburgués apocado y tímido y pusilánime. Como muchos ignorantes de este mundo repetitivo y plagiador, aquel desdichado, pendenciero y contaminado de confusas amarguras, incurría en el error de creer que la buena educación es un disfraz que oculta la cobardía.

Tomé una decisión: no le iba a mostrar mi peor cara si no era estrictamente indispensable.

–Si ha terminado ya, le acompaño a marcharse –dije en voz alta y firme.

El librero palideció. Cayó en la cuenta de que yo no iba a amilanarme y de que él podía irse de allí sin ningún botín. Estaba claro que deseaba arramblar con un buen surtido de libros entregándome a cambio una miserable suma de euros. Ése era su trabajo desde muchos años. La palidez se le marchó entonces de la cara y una rojez se apropió de su quijada y de su frente y, finalmente, de sus mejillas historiadas de soledad y derrota.

–¿Y para esto me ha hecho venir? Para hacerme ver estos librillos que hay en cualquier piso de Madrid? –Y agarró una primera edición de La consagración de la primavera, de Alejo Carpentier, y la sobó con inquina y luego la arrojó al suelo como si el volumen alojara una hambrienta tarántula entre sus páginas.

No me dio la gana fingir más flema ni estoicismo, de suerte que vomité mi cólera sacando de la suplencia al yo de mi adolescencia, a saber: un yo que hubo de abrirse paso en un barrio de navajeros y de traficantes de droga y de putas de corazón de cuero, un yo tabernario y sucio que mantengo en hibernación bajo mi catálogo de caretos afectivos y sociales.

–Fuera de aquí, hijo de puta –grité, y blandí ante sus ojos un tomo de las Obras Completas de Chéjov como si fuera una granada de mano. –Fuera de aquí o te saco a hostias. Ya he aguantado bastante tus chulerías. ¿Qué manera es esa de tratar unos libros tan cojonudos, carota?

El librero volvió a palidecer. Esta vez de forma histórica. Comprendió que había topado con uno de su clase y de su estirpe y, afortunadamente, comprendió que lo mejor era salir presuroso por la puerta. En un combate limpio y reglamentado podría vencerme, pero yo también podría hacerle besar la condenada lona. Antes de abandonar el piso, me tachó de loco peligroso y de fascista.

–No eres el primero que me lo llama, desgraciado. Pero no sabes lo que dices –argumenté–. Si yo fuera un fascista ya estarías en el Ramón Cajal con un par de costillas fracturadas. Y ahora vete.

–Y tú vete a un manicomio, puto tarado –rugió, y cerró la puerta de un portazo.

Regresé a la biblioteca, cogí un par de los libros que había deseado vender y los acuné en mis brazos y les prometí que jamás los expondría a la zafia evaluación de libreros sin escrúpulos. Luego los besé en el canto y los deposité sobre un sofá como si fueran bebés de una anciana tortuga. Una hora después ya me sentí cerca de los dominios de la tranquilidad. Un par de copas de Jerez me estaba ayudando a completar ese viaje. Cuanto más sosegado me hallaba, empero, más me arrepentía de mi reacción anterior. Los remordimientos me instaron a ponerme en la piel del librero y me imaginé a un tipo que lleva encadenando decenas de malas rachas y que ya no tiene fuerzas para ser un poco simpático con sus clientes. Pobre hombre, me dije. Seguramente las está pasando putas y actúa así porque casi nadie le trata con respeto y porque en este país somos cada vez más salvajes y brutos. No lo sé. Lo que está claro es que todos maltratamos a los demás cuando somos infelices. Cuando actuamos de verdugos revelamos nuestra debilidad y nuestro miedo. Me parece. Pero… pero…

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