Un novelista inédito (o el contemplador de espuma)

LA sed vespertina me llevó, o me empujó, al negocio de un hombre simpático cuyo nombre nunca logro retener en la bañera de mi memoria. El traje del sol ya empezaba a arrugarse en el armario del cielo. (Soy consciente de que estas metáforas son abominables y gratuitas, pero no he podido evitar su inclusión en este escrito. Sigamos). En el negocio de aquel hombre simpático me encontré a un hombre joven que estaba inspeccionando la espuma que sobresalía de una fornida jarra de cerveza. No era la primera vez que me encontraba con este escudriñador de espumas cerveceras. De él sabía, entre otras cosas, que tenía andares de refugiado político y que escribía desde hacía años una novela sobre un electricista con problemas de adicción sexual cuya principal ilusión pasaba por redactar un ensayo sobre Galdós y su relación con los loros madrileños. Un argumento absurdo e inverosímil, sin duda. Pero todo lo importante empieza siendo absurdo e inverosímil hasta que se convierte en religión o en ideología.

Apoyé la muñeca izquierda en el nogal pringoso de la barra y saludé a ese hombre haciendo uso de mis tonos de voz más festivos. Mi saludo obtuvo recompensa y aquel individuo me regaló una cabezada amistosa y una mirada que deseaba ser simpática pero que solo había logrado transmitirme una desazón entre galaica y lusa. Los ojos que me obsequiaron con esa mirada merecen una descripción larga y prolija para la cual no estoy preparado en estos momentos (y es posible que nunca lo esté). Pregunté al novelista, que era inédito, cómo llevaba su novela, que parecía condenada a pareja condición. Y he aquí su respuesta:

–Hubo una época en mi cuerpo cabía en un bolso de Louis Vuitton. De aquel tiempo me gustaría escribir algunas líneas, pero no recuerdo nada. Uno de las crueldades de la naturaleza es haber hecho a los bebés criaturas gruñidoras e iletradas. Si yo hubiese podido hablar y leer nada más abandonar el útero materno, habría podido ahorrar muchos disgustos a mis cuidadores y educadores.

Me pareció interesante su razonamiento, pero me pareció inoportuno y fuera de lugar. No obstante, animé a mi interlocutor a que intentara recordar los días en que su cuerpo cabía en una maleta. El novelista entrecerró los ojos y me susurró una linajuda blasfemia. Supuse que no le había agradado mi solicitud. Pasaré ahora a contar qué sucedió después de que el propietario de aquel local me hubo servido una copa de Rioja y un platito poblado de canicas verdinegras que tenían el aspecto de haber sido aceitunas en semanas pretéritas. Y sucedió que entró otro hombre joven, más joven que el primero. Este hombre joven era pequeño y bajito, y temblaba, y temblaba, y temblaba. Y con el fin de que se hagan una idea más aproximada de esa persona, debo subrayar el hecho de que estaba pálida y lechosa como las nalgas de un director de sucursal bancaria con lipotimia. Añadiré con reparos que las huellas de lágrimas que jaspeaban sus mejillas excoriadas le acreditaban como un llorón profesional. Y añadiré sin reparos que enseguida me cayó simpático, si bien no sabía nada de él y si bien la expresión que me dedicó rezumaba el rencor de un frío camastro de posguerra. Y resultó, y debo contarlo antes de que se me olvide, que este desconocido sacó una navaja de un bolsillo de su pantalón vaquero y la esgrimió ante el hombre simpático que me había servido el Rioja. La navaja era humilde, pero podía causar una muerte soberbia. ¿Qué exigía este triste joven? Lo de siempre en tales casos: el dinero de la caja. Ahora bien, este tipo reclamaba sobre todo respeto, mucho respeto. Imaginé su pasado y no me costó oír ríos de mofas y escupitajos y patadas cayendo sobre este infeliz.

(Ahora haré uso de este paréntesis para comentar que antes de la irrupción del navajero yo estaba leyendo los titulares de un periódico del que emanaba el olor de decenas de manos. La noticia de que el partido del gobierno se había desplomado en las últimas elecciones autonómicas hizo que floreciera una arruga en mi frente y esa arruga debió de conferirme el aspecto de un filólogo que sobreestima la importancia de su ciencia. Creo que fue en aquel momento cuando decidí escribir un artículo de análisis sobre los resultados de los últimos comicios. Ahora sé que nunca escribiré ese artículo. Intuyo que hay formas más entretenidas de perder el tiempo.)

Fotograma de Import Export, filme de Ulrich Seidl.

Fotograma de Import Export, filme de Ulrich Seidl.

El propietario del local pidió calma al ladrón, amasó el aire con las manos para subrayar la necesidad de alcanzar un acuerdo beneficioso para ambas partes, se refirió al nacimiento con cesárea de su tercer hijo (un varón de tres kilos y seiscientos gramos) y efectuó un llamamiento al hermanamiento de los pueblos mediterráneos después de recordarnos sus orígenes alicantinos. La mano que sostenía la navaja se puso a temblar con más furor y ahínco. Eso podía significar dos cosas: a) Las palabras del hombre simpático no le habían convencido, o b) Las palabras del hombre simpático le parecían tan juiciosas y sensatas que le habían emocionado y esa emoción había acentuado los temblores de su mano. No me llevó mucho tiempo concluir que el temblor redoblado de la mano que sostenía la navaja guardaba más relación con la opción a).

Como cualquier tendero que debe gestionar el drama de un atraco en su propia tienda, el hombre simpático se hallaba en uno de los momentos más trascendentales de su existencia. ¿Debía entregar bovinamente la recaudación o debía enfrentarse al atracador y confiar en su talento defensivo? Mientras me hacía estas preguntas, sucedió algo que me impidió seguir formulándome ese tipo de preguntas. El novelista dejó de inspeccionar la espuma de su cerveza y, para sorpresa de todos los presentes, se encaró con el joven de la navaja y le amenazó con lesionarle la nariz si persistía en su proyecto de hurto a mano armada. “Vengo a este bar a escribir y tú me has desconcentrado, payaso”, agregó. El hombre de la navaja quedó sorprendido y se mostró atemorizado por la reacción de aquel cliente que tenía más pinta de bibliotecario tísico que de guardia civil abusón.

Pasaron siete segundos y durante ese tiempo no sucumbí a la tentación de rascarme la zona pélvica, aquejada de inocentes pero disciplinados picores. De pronto el navajero se giró y dio la vuelta y salió corriendo, pero sin su navaja, pues ésta se había alojado sin pedir permiso en el vientre del novelista, quien se doblaba en dos y reclamaba con voz entrecortada la presencia de su mejor amigo. Pero en aquel instante no podía materializarse su deseo. Yo conocía a su mejor amigo y éste se hallaba en Washington D.C. aprendiendo precisamente el idioma que habló el señor George Washington mientras estuvo en este mundo. El alma se me enfundó en el corazón y ambos (corazón y alma) estuvieron a punto de hacerme vomitar. Explicar cómo el hombre simpático y yo extrajimos con mimo el arma del vientre de la víctima y cómo dimos apoyo a moral a ésta hasta que llegó la ambulancia solo serviría para enojar más al lector que haya sido capaz de llegar hasta aquí. Lo importante es que el novelista inédito vivirá, es decir, podrá seguir trabajando inéditamente en su novela sobre un electricista carcomido por la adicción sexual y por sus aspiraciones literarias. La sed une y entrecruza los destinos más desatinados. La frase es vieja y manida, pero sirve para rematar esta innecesaria crónica.

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