La última paliza

SI un grupo de atracadores bien adiestrados asalta tu vivienda, te da un paliza muy profesional, viola a tu mujer y se mea sobre tus muebles antes de llevarse lo poco de valor que guardas en la caja fuerte o en el calcetín, es bastante probable que quedes tocado para toda tu vida y que la gente que se cruza contigo por la calle solo vea en tu cara los destellos de un velatorio portátil. Eso es lo que le pasó a Joaquín Lastre, un amante del tenis y del senderismo que dejó de sonreír a los pájaros matinales y de saludar alegremente a sus vecinos porque no podía olvidar que su mujer, empitonada simultáneamente por unas pollas que no deseaban someterse a los dictados de la razón ni de la moral, le había pedido auxilio una decena de veces y que él, aplastado por las suelas inmensas de un asaltante experto en artes marciales, solo podía haber musitado que sois unos cabrones y algún día os matarán unos bastardos más hijos de puta que vosotros, cabrones, canallas, dejadla en paz, cobardes, ya podréis siendo siete, hijos de la gran puta.

A Joaquín Lastre, cuyo verdadero nombre no revelaré por deseo de su hermana, le conocí cuando mi madre y yo regresábamos del cine tras ver Los Intocables de Eliot Ness, el filme de Brian de Palma. Por aquel tiempo yo era un crío que, entre otras cosas, empezaba a interesarse por las mujeres que llevaban minifalda muy corta y que gastaban botas en los días de invierno. Me parecía fascinante el contraste entre el guiño azul del aire y la blancura trémula de algunos muslos femeninos. Pero debo hablar de otro asunto menos anatómico, o quizá más anatómico.

Mi madre caminaba junto a mí, silenciosa, espantada, arrepentida de haberme llevado a visionar una película que, a su juicio, no era más que una impactante y manierista casquería envuelta en trajes de Giorgio Armani.

Recuerdo que atravesamos un parque.

Y yo pienso en sombreros y en Al Capone.

Y nubes grises juegan a ser románticas.

Es un parque glaseado de vidas olvidadas y pasadas por la sartén de la exclusión más severa. Hay palomas y las estúpidas palomas ejecutan sus guarrerías junto a los bancos y algunos toxicómanos se cuentan chistes que solo comprenden ellos. Aunque fúnebre y desmoralizante, es un parque tranquilo y pacífico por el que no es extraño oír la risotada jubilosa de algún barrendero que está satisfecho de su trabajo y de ejercer su oficio entre árboles grandotes y jorobados. Por aquel tiempo había gente que estaba orgullosa de barrer bien la calle y de no sentirse inferior a un licenciado universitario del montón. La Navidad se acerca y ya presiento el olor de los polvorones que llenarán mi boca como un sugestivo barro victoriano extraído de un cuento de Dickens.

Un gran abrigo que huele a vino peleón se nos acerca. Dentro del abrigo hay un hombre que no está orgulloso de serlo. Temblando, los ojos gorditos de tristeza, las mejillas hinchadas de un alcoholismo de elite. El hombre es una letrina ambulante, pero en su expresión sobrevive un sostenido chispazo de simpatía y cortesía, como si fuera un último cartucho de dignidad colgándole de la cara. Mi madre le saluda cariñosamente y le da unas monedas. Hablan. El hombre me dirige una mirada bondadosa pero oscurecida de rabia metafísica. Le dejamos.

Mi madre me cuenta que ese hombre se ha quedado sin trabajo, sin mujer y sin ganas de recuperar a ambos después de haber sido víctima de una fatalidad. El episodio de la violación se me relata con eufemismos, pero mi mente infantil puede imaginar cómo varios hombres han dado un uso brutal y asesino a su herramienta viril (y vil). En mi colegio hay niños que ya me han ilustrado convenientemente de los salvajes y expeditivos protocolos que sigue un violador.

A partir de ese día veo con frecuencia a Joaquín Lastre. Casi siempre le encuentro sosteniendo un envase de cartón donde el vino más infame del mundo respira como la sangre de un reptil enfermo. Pese a estar bastante borracho y aturdido, Joaquín me saluda con una gran afectividad. A veces me ve bajar del autobús del colegio, pues la parada se halla cerca del parque de sus deambulaciones, y me insta a que me esfuerce para que sea alguien en el puto mundo. Dice puto mundo con un odio educado y sonríe con un estoicismo sarcástico que parece salido del Rey Lear. Intuyo que no cree en lo que dice. Él seguramente se esforzó mucho. Él consiguió un buen trabajo y un estupendo salario y un magnífico puesto en una empresa de seguros. Pero unos tipos pensaron que debían joderle la existencia porque tal vez pensaron que no era justo que un hombre que no violaba a la mujer del prójimo tuviera buena suerte.

Pasan los años y Joaquín Lastre siempre está al borde de la muerte, pero se mantiene en pie. A comienzos del siglo veintiuno, en la madrugada de un sábado, Joaquín Lastre se enfrenta a unos jóvenes borrachos que están acosando a una chica que se encamina sola a su casa después de pasar una velada con sus amigas. Los jóvenes agarran a la muchacha y frotan sus pichas plebeyas y sus escrotos gorrones contra el trasero de su víctima mientras sacan las lenguas, lenguas revestidas de la clásica viscosidad del salido sexual, lenguas ambiciosas de lamer algo más que el aire nocturno. Algunos trasnochadores pasan por allí y son testigos de la escena, pero se van de allí con gran agilidad y premura, pues son gente que se siente honrada y no quiere líos y además ellos no tienen la culpa de que el mundo sea una cloaca y además tienen una familia y unas obligaciones, qué coño podemos hacer, lo sentimos, tía, pero tendrás que salir tu solita de este marrón.

Joaquín Lastre se levanta del banco donde estaba dormitando y, sumido en el temblor de una resaca, farfulla unos insultos y con voz ronca y confusa amenaza con repartir unas hostias ejemplares si no dejan en paz a la chica. Carcajadas. Muchas carcajadas. ¿Es posible que tengamos la suerte de tener frente a nosotros a este borracho despreciable al que podemos machacar sin ningún escrúpulo?, se pregunta uno de los mozos. Joaquín Lastre no se amilana, pero recibe una lluvia de patadas y de puñetazos. La chica huye, el coño intacto pero helado de terror. Su salvador no puede salvarse. Los gemidos de dolor de éste parecen recordar que alguien tiene que quedarse para que este mundo y la condenada raza humana no tengan tan mala prensa. Mira cómo le sangra un ojo a esta mierda. Quieto, basura, que no hemos acabado contigo. Uno de los jóvenes se mea encima del borracho y otro de ellos, que presumiblemente considerará putas a todas las mujeres menos a su querida mamá, estrella la puntera de su pie derecho contra la médula de Joaquín Lastre. Ahí va eso, parásito de los cojones.

Un coche de policía aparece en la zona, pero los agentes solo encuentran un bulto en forma de hombre tirado sobre la arena. Una ambulancia llega y se lleva a Joaquín. Y es en la ambulancia donde Joaquín de despedirá del mundo. Hasta la vista, colegas, no puedo más, hice lo que pude por ser buen ciudadano, pero me lo pusieron muy jodido, creo que esta es la ultima paliza que recibo, a ver si no me tocan los huevos en el otro mundo, si es que hay una cosa así.

Y Joaquín Lastre fue enterrado y al entierro fue una hermana suya con la que no se hablaba. Y todo esto lo sé porque mi madre también fue al entierro de este caballero al que hoy recuerdo porque en estos malos tiempos donde solo se oyen quejas me gusta recordar a los mejores hombres que he conocido.

Grosz,George Interrogation

Grosz,George Interrogation

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s