El libro de las masturbaciones letales

MP me cuenta cómo a FP le fulminó un paro cardíaco mientras se masturbaba contemplando una tórrida y ahumada fotografía de Sara Montiel. FP era el hermano mayor de MP. MP me aclara que FP falleció hace ya más de dos años. MP me revela lo anterior para esclarecerme la razón que le impulsó a emprender la redacción de una monumental novela cuyos personajes principales se dan de bruces con la muerte durante (o después) de la práctica masturbadora. El libro de MP, si algún día ve término, se titulará El libro de las masturbaciones letales. Tengo la corazonada de que ese libro no emergerá jamás a la luz, pero no revelo a MP semejante sospecha. Nunca aprecié el oficio de desalentador. Es una tarde jugosa de tedios familiares y el burbujeo de nuestras bebidas carbonatadas suena como la plegaria de un líquido asmático. Comento a MP que su novela podría ser instrumentalizada por la Conferencia Episcopal y por sus legiones de pajes para ilustrar y alicatar sus condenas a la comunidad pajera que se disemina por el globo terráqueo. MP sonríe y afirma que ya ha considerado esa posibilidad y argumenta que eso no acabará sucediendo porque su novela es un velado (o no tan velado) homenaje a la masturbación. MP detecta un jirón de incomprensión aleteando sobre mi cara y se apresura a desintegrarlo. MP me dice:

–Un personaje de mi novela es un veterano sacerdote que se deleita escuchando la confesión de colegiales aficionados a procurarse placer sexual con sus tiernas y aprendices pezuñas. El sacerdote, sediento de relatos prolijos que puedan incrementar su furtiva excitación, sufre un infarto el día en que escucha la confesión de un muchacho que asegura no saber en qué consiste masturbarse. Indignado y furioso, el desdichado presbítero asegura que eso es imposible y subraya que le molesta profundamente que un mocoso le tome por retrasado mental. El mocoso insiste en que desconoce el significado de la palabra masturbación y pregunta si ese concepto guarda relación alguna con el vocablo perturbación, palabra que, según él, pronuncia en demasía su profesor de Lengua. El cura no da crédito a lo que oye y, tras arañar limosnas de oxígeno en la penumbra del confesionario, se queda tieso y magistralmente rígido como uno de los muñecos nimbados que decoran el oratorio de ese colegio.

El gran masturbador, Salvador Dalí.

El gran masturbador, Salvador Dalí.

MP echa un trago a su refresco para proporcionar alivio a su garganta y yo le miro con la simpatía de un diplomático oriental y pienso que su novela es un gratificante y entretenido disparate que será desdeñado por todas las editoriales. MP presiente mi pobreza de optimismo en lo concerniente a su obra y se propone remediarlo. MP añade:

–Otro personaje de mi novela es un aspirante a yihadista que ingresa en una célula terrorista para instruirse en el oficio de masacrar eficaz y mediáticamente a sus semejantes. Cuando su adiestramiento ha concluido, se le encomienda volarse por los aires llevándose al otro mundo, como no podía ser de otra manera, a todos los usuarios de una infiel estación de metro situada en el pecaminoso e infame Occidente. La noche antes de su debut, el yihadista, dominado por el pánico, trata de calmarse invocando a Alá. No lo consigue. Entonces, de manera instintiva, procede a menearse la picha hasta conquistar el sosiego que puede derrumbar los muros del insomnio. Repite la operación cinco veces más a lo largo de la madrugada y, al amanecer, comunica a sus jefes que no cometerá ningún atentado porque no quiere morir, y no quiere morir porque todavía no se ha pajeado lo suficiente. Los responsables de la célula lo pasan a machete sin ningún problema y allí se consuma el destino del yihadista pajero. ¿Qué te parece?

Le digo a MP que la historia me parece edificante y original, si bien le advierto que, de publicarse y de tener relativa difusión, podría despertar las iras de los carniceros que se pavonean de currar por los intereses de Alá. MP me asegura que no le importa morir si con su muerte los sectores más reaccionarios de la sociedad caen en la cuenta de que los hinchas de la paja no son seres antisociales ni perjudiciales para la convivencia entre naciones.

Un hombre de mediana edad y de aires financieros interrumpe nuestra charla y nos ordena que cambiemos de tema inmediatamente. Preguntamos por qué y el hombre nos ofrece un porqué señalando con el índice a unos niños risueños y hacendosos que, a diez metros de nuestra mesa, están destrozando el cadáver de una revista. El hombre añade que no está dispuesto a que sus hijos se vean obligados a oír nuestras marranadas. MP intenta demostrarle que sus adorables hijos no pueden oírnos, pero fracasa. El hombre lamenta que haya gente como nosotros vagando por la capital de España. MP pierde los estribos y, en un tono desafiante, le dice al hombre que vaya al baño a sacudírsela. Aquello acaba de una forma cutre y casposa, de modo que no vale la pena narrarlo. Esta mañana he recibido un mensaje de MP: El libro de las masturbaciones letales sigue engordando.

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