Los pijos también sufren

ME telefonea un antiguo amigo para preguntarme si deseo almorzar con él. No sé qué responderle. Me parece un jilipollas y yo también le parezco un jilipollas. No es una tragedia ese desprecio mutuo, pero tampoco es grato embutirse en una amabilidad hipócrita cuando se es más viejo que joven. Es evidente que cada vez entiendo menos a las personas a las que creía entender. Sin embargo, finalmente le digo que sí, que comeremos juntos. Y le regalo un raquítico porque antes me ha contado que se encuentra muy deprimido tras haberse enterado de la muerte de una novia del pasado. Mis ruinosas fábricas de compasión aun funcionan, de ahí mi bajada de pantalones. Nos citamos en un restaurante japonés al día siguiente. Esa noche examino un par de fotos de mi infancia y me zambullo en una orgía de nostalgia y tengo que hacer un esfuerzo para no apalearme el hígado a whiskies segovianos. Y llega el día siguiente y el cielo está gris y opusino, con aspecto de paisaje mal follado, pero mi estómago se encuentra cachondo, ágil, de buen humor, como si mis intestinos hubiesen pasado una temporada en un balneario de intestinos.

Mi antiguo amigo se presenta vestido de traje italiano y luciendo una corbata estampada de timones. Siempre le ha gustado parecer elegante y distinguido. Y a veces lo logra. Mi antiguo amigo tiene bastante dinero porque su padre tiene bastante dinero. Mi antiguo amigo me cuenta que trabaja para su padre y añade que su padre no tiene un mechón de necio, pues ha triunfado en el negocio de los lácteos. Le aseguro que me gustaría brindar por la astucia de su padre, pero él no se toma a bien mi propuesta y me ordena que guarde el debido respeto a su progenitor. He aquí un buen hijo. Nos captura un tenso y hitchcockiano silencio de siete segundos y ocho centésimas. Entonces oímos con nitidez la danza rústica de nuestras mandíbulas hiperactivas y oímos como un cliente del japonés asegura que no volverá ser cliente de ese japonés por razones que no están muy claras. Mi antiguo amigo pone fin al silencio relatándome la muerte de su antigua novia. La historia no me arrebata el apetito, pero podría haberlo hecho. La historia es simple y cruda como un sushi del montón. Una mujer de treinta y cinco años no supera la infidelidad del marido al que creía intachable y se encierra en los gimnasios de la autodestrucción. Un día decide salir de esos gimnasios para acabar con todo. Se tira de un noveno piso y, como no podía ser de otro modo, consigue acabar con todo.

En la habitación, Ramón Casas i Carbó.

En la habitación, Ramón Casas i Carbó.

Mi antiguo amigo se pone a llorar y un trozo de salmón sale disparado de sus fauces e impacta en una ventana de mi nariz. No me molesta. Pero exijo un poco de autocontrol. Pregunto a mi antiguo amigo cuántos años hace que no veía a la suicida. Me dice que más de diez inviernos. Y también me dice que nunca se acostó con ella porque la conoció en una época en que él se atiborraba a sesiones de amor platónico. No es ningún secreto que todos hemos sido jóvenes y bastantes tontorrones. Y quizá sigamos siéndolo. Le digo. Mi interlocutor se tranquiliza y me revela el motivo por el que me ha elegido como envase del puré de su aflicción. Resulta que quiere escribir un libro sobre el dolor que causa la pérdida de un ser querido o supuestamente querido. Resulta que un amigo suyo le ha explicado que las editoriales demandan actualmente testimonios de gente jodida que disecciona literariamente su angustia y pena como quien se hace un centenar de pajas vestido de lord. Resulta que mi antiguo amigo pretende que yo le ayude a escribir su libro porque él no tiene ninguna experiencia como escritor. Yo suspiro y bebo un poco de vino mientras pienso un par de frases amables para quitarme de encima a este curioso sujeto. Al final solo se me ocurre decirle que yo no estoy facultado para asistirle, puesto que no soy un escritor serio ni riguroso y que, por tanto, carezco de sutileza y de habilidad para trasmutar la caca del dolor anímico en música de violines zíngaros o vieneses o venecianos. Mi antiguo amigo frunce el ceño, se queda pensativo como un guardaespaldas y después me comenta que le he decepcionado. Yo te creía por una persona culta e intelectual, me dice. Y añade: Creo que has desperdiciado tu vida.

Bebo más vino y le doy la razón en parte. Asimismo, le aclaro que la cultura que más me interesa es la gastronómica, y eso cuando estoy muy descansado. Mi antiguo amigo sacude la cabeza con la niebla del desconcierto sobre los ojos, insiste en humillarme un poco más atribuyéndome los rasgos del parásito estándar y luego me pregunta si, por lo menos, puedo orientarle en la cuestión del título. Me dice que le han dicho que es importante empezar a escribir un libro teniendo un título en la cabeza, aunque éste sea provisional. Pienso unos segundos y le brindo el siguiente título: Los pijos también sufren. Mi antiguo amigo me asesta una mirada de furia, me tilda de hijoputa y me explica con gritos y ejecutando manoteos que él no es un pijo. Yo me encojo de hombros y arguyo que ser pijo no es una enfermedad, sino una forma como otra cualquiera de matar el tiempo en este mundo peligroso y brutal. No le convence mi razonamiento y decide endosarme varias descalificaciones. Ninguna me parece digna de un escritor.

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