El hombre de Detroit

Invierno de 2002. Madrugada ronca y pobre de un sábado. En una apestosa y cordial taberna de Teruel, mientras los borrachos más recalcitrantes sembraban las calles de vómitos funcionariales y la nieve caía con una tristeza de posguerra, conocí a un yanqui de elevada estatura que olía a yegua preñada. Aquel tipo era viejo, pero bebía como si hubiera decidido destruir su hígado de modo definitivo. No hubiera reparado en su presencia si antes yo no hubiese sido incordiado por un lugareño desquiciado que deseaba verme el sexo por razones que no lograba esclarecerme a causa de su ebriedad babeante y espesa. Pedí al curioso que me dejara paz y, como era harto previsible, no solo no me dejó en paz sino que sacó a relucir una agresividad de profesor de autoescuela rijoso que ha sido rechazado por una alumna. Entonces emergió de una penumbra parda y luciferina el viejo yanqui, sosteniendo un vaso enorme lleno de ginebra y afilando las guías de su bigote blanco y espeso, puesto que aquel abuelo grandullón lucía un mostacho deslumbrante y canoso de historia.

Fotograma de Satántangó, filme de Bela Tarr.

Fotograma de Satántangó, filme de Bela Tarr.

Se aproximó hasta nosotros y se bebió de un trago el contenido del vaso y lo posó en la barra y agarró brutalmente al turolense de un brazo y lo condujo hasta el interior del aseo y allí lo sodomizó dieciochescamente hasta sacarle sangre de su conducto anal. Todo eso lo supe por los gritos horrísonos que oí durante cuarenta segundos y por otros detalles escabrosos que un aspirante a caballero no debe revelar. Ninguno de los parroquianos hizo ademán de intervenir, pues ninguno de los parroquianos se hallaba en condiciones de saber qué diablos estaba sucediendo exactamente en aquel agujero del mundo. En cuanto al camarero, pues había uno recostado contra un estante pudiente de botellas, parecía un fantasma que hubiese sido depositado allí por un Papa Noel que repartiera espíritus exhaustos y mudos. Cuando el yanqui salió del aseo, cogió una servilleta de papel y la empleó para limpiarse y secarse el falo bañado en una hemoglobina fecal. Pensé que yo sería el siguiente en donar mi sangre al dios de los enculamientos y pensé que una vida nueva iba a comenzar para mí, pero me equivoqué. El hombre que había sido objeto del desgarro anal salió sonriendo del retrete, sereno, renovado, iluminado de alivio, y se acercó hasta el norteamericano y le entregó un billete de cien euros. Después inclinó la cabeza, susurró un cortés despido, se embutió en una pelliza y salió a la madrugada gélida en tanto silbaba la melodía del Non Nobis. Una ráfaga de aire helado me abofeteó la nariz y me sentí frágil como el violín de un judío en manos de un nazi.

El hombre de bigote me instó a que me acercara a él y obedecí. Me preguntó que deseaba beber y le dije que no me vendría mal medio litro de pacharán. Poco después nos sentamos a una mesita cuadrada, él con una botella de ginebra y yo con una frasca del peor pacharán que puede elaborar un aficionado a esa bebida, pero me bastaba aquel brebaje para entrar en calor y para recuperar el coraje. Fue entonces cuando el estadounidense me contó que había nacido en Detroit y que había trabajado de intérprete y de chapero de lujo en la ONU durante muchos años y que había acabado en Teruel porque su abuela era de esa ciudad y él deseaba morir cerca de sus orígenes españoles. Después me preguntó qué coño hacía yo en aquel lugar. Le contesté que no lo tenía muy claro y añadí que tampoco tenía muy claro cómo sería el fin de la vía láctea. Me miró con un destello de miedo en los ojos y me aconsejó que le acompañara a la primera misa del día. El cansancio y la apatía me empujaron a seguirle como un autómata hasta un templo católico cuyo nombre y localización no revelaré por una cuestión de gentileza. Nos sentamos en un banco de la primera fila y esperamos la entrada del sacerdote. Detrás de nosotros se estremecían de frío los bultos de varias ancianas que cuchicheaban acerca de cuestiones que nada tenían que ver con la decisión de Jesús de pasarlas putas y de morir clavado en un madero. Al cabo unos minutos apareció junto al altar el hombre que había entregado cien euros al norteamericano. Vestía casulla y le ceñía la gruesa cintura un cíngulo dorado. Parecía orgulloso de su profesión y no había en su rostro ninguna huella de la juerga pasada. Antes del momento de la transustanciación abandoné la iglesia. Me compré unos churros, me comí un par y ofrecí el resto de mi desayuno a unos pájaros que erraban cerca de un gorrión muerto. Me sentí muy mal, vomité. La nieve seguía cayendo y yo seguía sin saber qué hacía allí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s