El joven agresor

Breve historia inspirada en el largo y estrambótico relato que me brindó una taciturna pero elocuente mujer en Algeciras en 2009 durante una madrugada de mayo en que era sencillo y agradable confesarse con los desconocidos. Aquella mujer, dueña de un bar abarrotado de pajeros trasnochadores, se puso a rezar el rosario cuando compareció el alba. Hubo risas entre los parroquianos y hubo una pelea mediocre entre cocainómanos de cuyo desenlace no pude ser testigo al caer vencido por el sueño.

Lázaro le dijo a su madre: “He visto a papá en la calle besando a una mujer”. Lázaro vio cómo su madre dejaba de pelar un tomate y cómo abandonaba la cocina envuelta en un silencio hostil que desconcertó al niño. Lázaro tenía once años y era hijo único. Le gustaba el balompié, era fuerte y robusto para su edad y disfrutaba pegando a los niños más pequeños y débiles de su clase. Cuando el padre llegó a casa, Lázaro le anunció que mamá estaba muy rara. El padre se dirigió a su dormitorio y allí encontró a su mujer tumbada sobre la cama, meditativa, seria y enigmática como una lechuza de cuento. Lázaro oyó desde el pasillo las voces acaloradas y airadas de sus padres. También oyó golpes y patadas que sacaban sonidos a madera veterana y quejosa. Asustado y aturdido, el muchacho se encerró en su cuarto desbordante de fotografías de futbolistas y comenzó a dibujar falos en uno de sus cuadernos escolares. Aquella noche el padre se emborrachó con orujo de hierbas y propinó unas cuantas bofetadas a su mujer y se hincó de rodillas en el suelo y se puso a llorar escandalosamente, pero aquel llanto no sirvió para conmover a la víctima de las bofetadas: la mujer tomó impulso y asestó una patada al marido en uno de los hombros. Después se hizo el silencio y después resonaron risas nerviosas y fúnebres. Al día siguiente, durante el recreo, Lázaro agarró a uno de sus compañeros de clase por el cuello y trató de estrangularlo, pero no logró su objetivo porque su víctima le propinó un puñetazo en la región testicular. Los testigos de la agresión permanecieron estáticos y expectantes. portrait-of-the-poet-kleist.jpg!BlogUna vez en casa, tembloroso de lágrimas y sollozos, Lázaro contó a su madre lo que había sucedido pero sin mencionar la primera parte de la historia. La madre le miró con odio y le calificó de embustero y de idiota. Lázaro no entendió aquella reacción, pero siguió agrediendo a los niños que le parecían frágiles y vulnerables. Meses después, su madre, a quien se le había informado del matonismo de su hijo, tildó a Lázaro de delincuente. Lázaro cogió un cuchillo y se lo intentó clavar a la mujer. Esta historia concluye con la paliza mortal que Lázaro recibió de manos de su padre alcoholizado, con la posterior detención de éste y con el entierro de Lázaro, entierro al cual asistieron sus compañeros de clase, incluidos los que habían padecido la crueldad del joven difunto.

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