Historia de una coja (microrrelato)

SE cortó el pelo en una peluquería empachada de tedio provinciano, se dirigió al apartamento bajo una llovizna tenuemente maquillada de crepúsculo, se bebió una lata de cerveza de pie, bocetó la silueta de un enano vestido de nazareno en su cuaderno de caricaturas y luego se miró en el espejo del dormitorio mientras sonreía como un aspirante a tertuliano de televisión. No supo por qué había sonreído, pero se sintió orgulloso de haber podido hacerlo en aquellos momentos. El mar se hallaba muy cerca, pero él no podía divisarlo desde aquella vivienda. Sonó el teléfono móvil y contestó la llamada. Media hora después abrió la puerta del apartamento y besó en los labios a una mujer. Era una mujer delgada y alta, pero padecía una cojera ostensible que ella procuraba hacer más ostensible con el fin de excitar al inquilino de aquel apartamento. Decir que hicieron el amor sería una forma eufemística y gazmoña de describir una caótica sesión de mordiscos y de sodomía torpe y amateur. Cuando llegó la medianoche, se bebieron un par de whiskies y hablaron de todo menos de sus respectivos matrimonios. Cuando la mujer se quedó dormida y sus ronquidos comenzaron a arañar la apatía de la madrugada, el hombre estuvo media hora contemplando los abortos de nostalgia que generaba su memoria y luego se encerró en el cuarto baño. Allí ingirió una cantidad exagerada de somníferos y se sentó en la taza del váter con una pavorosa expresión de tranquilidad. Cuando la mujer descubrió el cadáver, vomitó y huyó del apartamento a toda prisa. Estaba a punto de amanecer y algunas gaviotas tertuliaban a los lejos. Varios trasnochadores y varios madrugadores se toparon con una coja que parecía estar entrenándose con denuedo para competir en los juegos paralímpicos. Dos días después los medios de comunicación hablaron del suicidio de un famoso caricaturista. Entonces la mujer confesó a su marido la verdad. Y lloró y dijo que había cosas en la vida que no podían controlarse y también dijo que algo así había dicho el protagonista de una película clásica que había visto recientemente. El marido se había ganado la reputación de agudo conocedor de la mente humana por haber escrito dos novelas seudopsicológicas elogiadas por la crítica oficial. Sin embargo, esa hipotética sabiduría antropológica no le sirvió para aplacar la erección de sus celos. Insultó a su mujer y destruyó varios objetos y salió a la calle y acabó en un club de alterne bebiendo champán en compañía de unas putas que no deseaban serlo, si bien ocultaban con profesionalidad su legítimo odio al sexo masculino. El escritor, ebrio y desquiciado, abofeteó a una de las empleadas del local y quizá por ello recibió una certera puñalada en el abdomen. Un año después la mujer del novelista asesinado paseaba en biquini por una playa cualquiera. Sonreía y muchos hombres casados la miraban con el hastiado deseo de quienes cargan con un largo historial de masturbaciones rutinarias y burocráticas. La coja tenía apetito y se deleitó imaginando la merluza que tenía intención de almorzar.

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