Un gay falangista

P. es un colega de antiguas francachelas que me desprecia, pero a veces busca mi compañía para burlarse de mí y de otros compatriotas a los que considera unos puercos y unos parásitos. No es tan mal muchacho el tal P. Solo un poco rencoroso. Solo un poco acomplejado por haber pillado una gonorrea hace un par de meses. Hay que comprenderle. Poca gente coge una gonorrea y luego te invita a tomar champán. En cuanto a un hombre se le pudre el aparato que hace girar negocios y culturas, se acabaron las ganas de parranda.

Ayer me topé con P. y me contó que había ido a misa para agradecer a los santos que le hubiera caído un trabajito del cielo. Los problemas venéreos han hecho de él un hombre más espiritual, al tunante de P.

–¿Y qué trabajo es ése? –pregunté.

–Un viejales bastante pudiente me ha contratado para que le cuente chistes de diez de la mañana a dos de la tarde. Se aburre, está solo y quiere cachondeo.

–Enhorabuena –le dije sin saber qué decirle. –Te va ir muy bien. Eres un tío ingenioso, o al menos lo eras.

Decidimos dirigirnos a un bar para celebrar la buena suerte de P. Estábamos secos y empezaba a cabrearnos el griterío infantil que resonaba en el aire del domingo.

–¿Y cómo has conocido a ese caballero que se ha quedado prendado de tu sentido del humor? –quise saber mientras agarraba por el tallo una copa de vino.

–Fue el quien me pegó la cosa esa… Ya me entiendes… –me confesó P. alzando los hombros. –El tío ha debido de sentirse culpable y ahora quiere echarme una mano. Como le parezco un tío gracioso, cree que puedo ser su humorista particular. Me va a soltar 2.000 euros al mes. En negro, como es lógico.

–Muy generoso y muy lógico. Sí, señor. La verdad es que me parece bien, pero procura que tu trabajo consista solo en contar chistes. Necesitas cuidarte…

Acera

Tarde (1), A.M.A

–No hace falta que me lo digas, coño. Sabes que no voy por ahí prostituyéndome –El orgullo de P. supuraba. Sus ojos cayeron sobre los míos como dos bofetadas de odio. Si no hubiera habido gente a nuestro alrededor, estoy seguro de que me habría propinado una divertida paliza. A P. le gusta enseñar las verdades de la vida a golpes.

–¿Y a qué se dedica ese formidable anciano? –le interrogué adoptando una expresión solemne.

–Escribe biografías sobre pederastas famosos –respondió secamente, llevándose a los labios una cucharada de ensaladilla rusa.

–¿Sabe que eres falangista?

–Por supuesto. Lo que le atrajo de mí fue precisamente eso. No le cabía en la cabeza que un hombre tan sensible y amoroso como yo fuera también falangista.

–Dime una cosa. ¿Cómo puedes compatibilizar tus digamos apasionados ideales políticos con tu homosexualidad?

–No espero que me entienda un ser tan frívolo y superficial como tú… Pero voy a tratar de hacértelo entender. Digamos que soy un español comprometido con mi patria, ya lo sabes, y no quiero que en mi patria solo haya homosexuales de izquierdas, la mayoría de ellos homosexuales desencantados y enemistados con la idea de la vieja y verdadera España. ¿Sabes que he descubierto? Pues que la unidad de la nación española dependerá en el futuro del patriotismo que tengan sus homosexuales. No te rías, idiota. Es una verdad como un templo. Es mi obligación hacer de la comunidad gay madrileña un sólido puntal de hispanidad.

–Estoy seguro de que el viejo que te ha contratado se lo va a pasar contigo en grande. Solo espero que no promuevas una gonorrea nacional.

–Te tomas todo a coña… –bufó, dando un puñetazo a la barra. Menudo genio el de P. –Es inútil hablar con alguien que no hace ningún esfuerzo por comprender a los patriotas ni a los homosexuales.

–En eso te pasas de listo, campeón… Para empezar, soy más homosexual que tú. Lo que sucede es que soy un homosexual extraño: me gustan los hombres, pero busco la masculinidad en el cuerpo de las mujeres, no en el cuerpo de los hombres. En cuanto al patriotismo, debo decir que me considero tan patriota como tú. La diferencia entre nosotros reside en que tu patria es España y la mía es el camino que conduce a la taberna, es decir, cualquier ciudad donde haya preocupación por quitar la sed al caminante.

–Eres un pervertido y un drogadicto, pero por lo menos no eres un pedófilo. En fin –dijo resignado–, será mejor cambiar de tema.

–Tienes razón. Pese a ser una porquería, nuestra amistad merece sobrevivir. ¿No crees? Por cierto, ¿tienes intención de visitar al Papa Paco?

–Desde luego que iré a visitarle. Un gran hombre, un gran jesuita y un gran homosexual.

–Eso te lo acabas de inventar, listillo. ¿De dónde coño sacas tú que el Papa es homosexual?

–Parece mentira que seas tan bruto y tan ignorante. ¿Acaso Cristo no fue el homosexual más grande jamás conocido? ¿Acaso el Romano Pontífice no es Cristo en la tierra? Hay antiquísimas tradiciones que no pueden perderse. ¿Por qué te crees que yo me hice maricón? Porque soy un hombre de tradiciones.

–Reconozco que es un punto de vista muy original y bastante sugestivo, pero no sé qué fundamento tiene –dije con desgana.

–Tú no puedes entenderlo. Eres un disoluto sin remedio que carece de temor de Dios y del mínimo respeto por lo sagrado.

P. terminó su vino y me dejó solo en el bar. Aquella forma brusca y grosera de largarse me molestó, pero luego me dije: “Qué coño, este P. no es mala gente. Lo único que le pasa es que elige los orificios más chungos de Madrid. Este P…”

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