El banquete

SE recostó con el rifle sobre la maleza podrida, cerca del arroyo que transportaba los restos de un halcón desplumado. El aire frío le mantenía despierto. Del soto de álamos negros emergió una liebre flaca que salió a campo abierto y recibió un baño de luz cuando cruzó la pradera de hierba seca. El caballo le rozó la espalda y resopló. Estate quieto, le ordenó el hombre. El sol estaba creciendo en el este y los gorjeos de los pájaros se fueron multiplicando en el valle que olía a barro y agua sucia. Amartilló el rifle y disparó a la liebre que corría a refugiarse a una cerca de arbustos. El disparo sacó del silencio a miles de vidas que pregonaron su miedo a la muerte o su deseo de seguir existiendo. La bala rebotó contra el tronco de una encina y la copa de la encina tembló y luego dejó susurrar. La liebre se escondió jadeante en un entramado de ramas, con los ojos acuosos. El hombre se levantó soltando palabrotas, se sacudió el polvo acre de los pantalones en tanto observaba la ladera norte de la montaña, un santuario de alcornoques desnudos cuyas ramas semejaban venas arrancadas a bestias antediluvianas. Cogió la brida del caballo y tiró del arzón susurrando palabras de tranquilidad al caballo y el caballo le miraba cuando cogieron una vereda cubierta de hojas aciculadas e impresa de rodadas abiertas por las ruedas de un camión hacía poco tiempo. Hombre y animal vadearon un arroyuelo sin luz y llegaron a un claro donde de un cubo de cemento con ventanas cuadradas emanaba una columna de humo que se rizaba contra las colinas de abetos del norte.

La mujer estaba cocinando cuando llegó a la casa de cemento. El hombre no entró. Se quedó fuera espiando a la mujer, con el rifle en la derecha y la mano izquierda agarrando la brida del caballo, que no miraba a la mujer sino al bosque del que habían salido. La mujer estaba inclinada sobre una sartén humeante. El hombre estuvo pensando un buen rato y luego tiró del arzón y el caballo le siguió hasta el establo. Los dos olían a barro. El sol ya no escondía ningún fragmento de su esfera tras las nubes.

Pocos después la mujer le ayudó a quitarse la pelliza y le señaló con el mentón un plato en la mesa que contenía unos huevos fritos recién hechos y unos cachos de morcilla. Había un trozo de pan junto al plato de loza y una taza de café que hablaba con el silencio del humo. Se sentó arqueando las cejas y preguntó a la mujer si habían venido los del pueblo a llevarse el piano. La mujer dijo que sí y se quedó callada y vio cómo el hombre mojaba un trozo de pan correoso en la yema de huevo frito y vio cómo un resto de morcilla se quedaba pegado a la perilla del marido. Después de desayunar el hombre se quedó dormido con la barbilla apoyada en el pecho. Soñó con un niño muerto que era él y con un caballo que era su caballo. Cuando despertó bebió un vaso de aguardiente y llamó a la mujer pero la mujer no respondió. Miró por la ventana y distinguió entre los arbustos de aligustre a un ciervo que echó una mirada a la casa y luego desapareció. El sol apenas ya calentaba la tierra. Salió y se dirigió al establo y vio que el caballo también había desaparecido.

Pasó una semana y la mujer y el caballo seguían sin regresar. El hombre continuó cazando hasta que un día encontró el cadáver de su mujer en una cabaña medio abandonada. El cuerpo se hallaba sumergido en una barrica llena de hielos, como si estuviera en conserva para ser usado de un modo aberrante. El hombre no dejó que las lágrimas conquistasen sus ojos. Se mesó la perilla y contempló la desnudez del cadáver. Recordó los años en que se acostaba con su esposa y no vio relación entre aquella mujer y la que ahora reposaba exánime en la eternidad del hielo.

"Der tod bei der arbeit", Alfred Kubin.

“Der tod bei der arbeit”, Alfred Kubin.

De pronto oyó pasos procedentes del exterior y corrió a esconderse tras un sofá cubierto con una piel de osa. Un hombre pequeño y delgado entró en la cabaña silbando una polonesa. Una mochila astrosa y fantasmal le colgaba de un hombro. El cazador reconoció a aquel individuo: era un antiguo vago del pueblo que había sido detenido y encarcelado hacía varios años por haberse tomado bastantes libertades con las hijas de varios habitantes. El expresidiario dejó la mochila sobre una mesa de madera y sacó de ella dos botellas de ron, una barra de pan y de chocolate. Después se acercó a la barrica, se desnudó y se zambulló hábilmente en el tonel rebosante de hielo y de muerte. El cazador salió de su escondite y pudo ver y oír lo que aquel hombrecillo estaba haciendo con el cadáver de su esposa. Cuando el necrófilo hubo terminado de violar a la muerta y salió de la barrica, chorreando agua putrefacta y sonriendo como un idiota de los tiempos prehistóricos, recibió cinco disparos y se desplomó sobre el suelo sin perder su expresión de estupidez ancestral.

Aquella noche el cazador despedazó a su víctima con una hacha, asó sus nalgas y se las comió con expresión lacónica mientras un cometa pasaba cerca del planeta y mientras un coloquio de lobos lejanos y viejos alborotaba a todas las criaturas de aquellos bosques y de aquel valle. Solo un ciervo triste y aterrado fue testigo de aquel extraño banquete celebrado al calor de una hoguera plateada por una luna gorda y sacramental. No muy lejos de allí se alzaban los restos de una ermita románica que ya solo albergaba santos de piedra decapitados y castrados por estirpes de hombres aburridos y desengañados del lenguaje.

El cazador eructó y se percató de la presencia del ciervo y echó mano del rifle y encañonó al animal, pero el animal no se movió ni intentó huir. Finalmente, el cazador animó al ciervo a que se fuera. El ciervo no hizo caso, se acercó al hombre y le lamió un brazo. El cazador le acarició el cuello y le contó brevemente su historia, una historia básicamente compuesta de días dedicados a gestionar la soledad y el hastío. Cerca de ellos, sobre unas ramas de encina, yacía el cadáver de la mujer. El hombre lo contempló por última vez y avivó las llamas del fuego y el fuego se duplicó entre chisporroteos y el hombre lanzó el cadáver a las llamas y una hora después ya solo quedó allí un amasijo de huesos que jamás serían examinados en una facultad de medicina. El cazador huyó de allí y, como otros seres de su especie, convivió con el ruido de su locura hasta que la muerte le permitió descansar.

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