El triunfador

MI excompañero de facultad se repantingó en el sillón con ruedas de su amplio y cibernético despacho, demoró la mirada a través del ventanal sobre unos impersonales tejados que se hallaban a nuestros pies, volvió los ojos a mi semblante apático y dijo con una tristeza impostada y teatral:

-Ganar dinero, Aragón, es un trabajo que cada vez guarda menos relación con trabajar. El capitalismo financiero no es un sistema que premie el esfuerzo, algo sobrevalorado en el seno familiar y en las escuelas, sino que premia la astucia y el egoísmo, cualidades que no se ensalzan para evitar la alarma social pero que son las únicas que, asistidas por un poco de buena suerte, pueden sacarte de la precariedad económica.

Mi excompañero de facultad me sonrió y yo le sonreí, no por simpatía, sino porque deseaba ocultar mi fatiga y mi aburrimiento. Soy así de educado, o de pusilánime. ¿Qué hacía yo en la vigésimo primera planta de aquel edificio hormigueante de presuntos ejecutivos orgullosos de su mente práctica y filistea? Si quieren saberlo, bastará con que lean las próximas dos líneas.

-Quería verte porque quiero proponerte que trabajes para mí –me anunció mi excompañero de facultad.

-No tengo experiencia en tu sector.

-No necesitas experiencia. Solo necesitas ganas de joder.

-Me justa joder, pero supongo que tú te refieres a otro tipo de jodedera.

-Me refiero a que seas mi jefe de prensa. Ayer eché al que tenía. Era demasiado ambicioso y me mangaba la coca, el muy hijoputa. Quiero un jefe de prensa que me quite de encima los problemas y eso significa tocar las pelotas a los demás, destrozar su autoestima y hacerles ver que yo soy la hostia en verso. Cualquier zopenco de cualquier barrio podría hacer ese trabajo. Pero me das penas y quiero ayudarte. Te pagaría bien.

-Lo pensaré, aunque no creo que acepte –respondí, y me arranqué un padrastro del índice izquierdo.

-¿Todavía tienes escrúpulos morales?

-Nada de eso. Lo que pasa es que soy muy vago.

-Lo que pasa es que eres un cobarde.

-Dime una cosa. ¿Cómo has llegado tan lejos? –le pregunté mientras observaba en lontananza un helicóptero que emergía de una nube en forma de escroto.

-¿No lo sabes?

-Lo sospecho, pero me gustaría confirmar mis teorías sobre ti.

-He hecho a los demás lo que no quiero que me hicieran a mí. Putea al personal y el personal te amará. La mayoría de la peña tiene genes de esclavo. ¿Sigues sin enterarte? No sé de qué te han servido tantos años de lectura.

-¿Por qué me cuentas tus pecados? Yo no soy de fiar y tengo la lengua larga.

-No me importa que le cuentes a la gente quién soy realmente. No te creerían. No eres nadie y tu palabra es nada. Perdona si te ofendo, pero te respeto, a pesar de todo, y creo que te mereces la verdad.

-Te lo agradezco.

-No seas idiota y abandona tu vida de esteta fracasado. Olvídate del arte, esa coartada laboral de los perdedores y de los inadaptados. Hay demasiados artistas en el mundo. Demasiados escritores. Y sois patéticos con vuestros matices. Todo lo que había que escribir ya se ha escrito. Además, la humanidad está envilecida y solo desea mensajes simples que confirmen sus miedos.

-Te expresas muy bien. No te recordaba tan elocuente.

-Sí, siempre me consideraste un mediocre y un palurdo. Y ahora te sorprende verme aquí, dirigiendo un tinglado importante, ¿verdad?

-Nada de eso. No estoy nada sorprendido. Hace mucho tiempo descubrí que los mediocres heredarán la Tierra. Jesús no tenía ni puta idea: era una extraterrestre que se pensó que podía imitársele. Los mediocres tenéis un poder que no tienen los mejores: sois muchos y os multiplicáis rápidamente.

"The examination of the herald", Aubrey Beardsley.

“The examination of the herald”, Aubrey Beardsley.

-Exacto. Somos muchos y seremos más. La masa, tío, no quiere a grandes cerebros, sino a borricos que les den la razón y que les den un trabajo de mierda con el que creerse alguien. Pero hay algo más importante. Los mediocres sabemos ocultar nuestra mediocridad el tiempo necesario para estafar a las gentes vagamente idealistas (porque ya no hay idealistas a tiempo completo) y para hacernos fuertes. Admito que todo esto es una basura, pero es más basura estar en la cola del paro o cobrar 400 euros al mes por ser becario eterno en un periodicucho que nadie lee. –Dio una palmada, a guisa de choque de platillos, para subrayar y festejar lo implacable de su lógica. –Y ahora quiero que veas algo muy instructivo. –Descolgó un teléfono, marcó el número de una línea interna y requirió la presencia inmediata de Pura, que, según se me aclaró, era una especie de secretaria multiusos.

Pura no tardó más de un minuto en comparecer ante nosotros o, mejor dicho, ante el hombre que deseaba darle un encargo. Era una cuarentona risueña de muslos potentes y de negra melena borrascosa e inquieta. Era una de esas gordas sensuales y voluptuosas que consiguen estar delgadas a base de dietas y de polvos de empresa. Pura lucía (o deslucía) un ceñido traje de chaqueta y pantalón. A juzgar por su contoneo enfatizado al andar, se notaba que estaba orgullosa del tamaño y del modelado de sus nalgas, aspirantes a codearse con los redundantes panderos del Brasil. Es posible que en aquel edificio se hubiera formado una larga cola simbólica de varones para poder gozar de ese trasero. Mi excompañero de facultad no necesitaba hacer cola. Hizo girar su sillón de ruedas hacia la derecha mientras se bajaba la cremallera y hacía una indicación con el mentón a su secretaria multiusos. Pura se hincó de rodillas frente a él, cogió aire, se humedeció los labios con la lengua, se metió en la boca el falo mayúsculo de mi excamarada y comenzó a succionarlo de un modo mecánico y clínico, como si fuera un diligente androide de recreo. Hice ademán de levantarme, pero…

-Pero, tío, no te pires ahora –me pidió mi excompañero de facultad. –Podemos seguir hablando. Esto es como una pedicura.

-No quiero desconcentrar a tu secretaria. Ese trabajo parece fácil, pero no lo es.

-Pero si a Pura le encanta que la vean haciéndolo. Si quieres, cuando termine conmigo, puede ocuparse de ti.

-Eres muy generoso, pero ya soy un hombre casado y quiero seguir estándolo.

-De acuerdo, macho. Pero eres tonto. Yo también estoy casado y esto ayuda a…a…a… Ahhh!!!

Me fue imposible permanecer por más tiempo en aquel lugar. Me levanté de la silla y me dispuse a abandonar el despacho de aquel eyaculador precoz en tanto el rostro de Pura recogía la ilustración líquida del placer sexual masculino. No considero idóneo describir, con detalles o sin detalles, lo que todos ustedes conocen, ya sea por experiencia propia, ya sea por consumo voluntario o accidental de pornografía. En la calle busqué un bar para tranquilizarme pero no lo encontré. Suele suceder que los bares se esconden ante los tipos con ganas de tranquilizarse. Se piensan, los bares, que van a ser arrasados por los tipos que no están teniendo un buen día. Me puse a caminar, y caminé durante una hora, y durante esa hora me sentí aterrado como un Pascal de provincias ante los espacios casi infinitos y sordos del capitalismo. Luego se me pasó, porque todo se pasa y porque, como Blas de Otero, creo en el hombre, aunque esto parezca una jilipollez y una temeridad. Y esa creencia infantil se preserva mejor con unas birras. Todo tiene su truco. Y así seguimos tirando.

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