Piropos

AQUELLA mujer, tal vez sabedora de que el cénit de su belleza se materializaría durante la madurez, parecía desdeñar sus últimos años de juventud y observaba con insolente lástima a las mujeres de su generación que se aferraban desesperadas a las usureras moléculas del presente y de aquella fiesta nocturna que pretendía detener el tiempo y crear un simulacro de eternidad, como cualquier fiesta que se adentra en la madrugada y que se niega a ser disuelta por el manotazo del sol. Alguien pregonó que aquella mujer era un portento mental que ultimaba una ambiciosa tesis sobre José Zorrilla. No revelaré la nacionalidad de esa dama porque no es un dato sustancial para moverse por el túnel defectuoso de esta crónica. ¿Qué importa la nacionalidad de un ser humano en un planeta solitario y atormentado y ruidoso que está rodeado de millones de galaxias sordas y ciegas? En el mundo hay básicamente mujeres y hombres, y no hace falta complicar más las cosas, a menos que uno se crea de mejor familia que sus hermanos, fenómeno bastante habitual que sustenta el nacionalismo y otras alucinaciones.

Yo frisaba en los veintidós años y, sobre todo, disponía de mucho tiempo libre, algo natural en quien carece de dinero y de un empleo  sólido y adecuadamente remunerado. Aquella mujer se acercó a mí durante esa fiesta (que era una fiesta de cumpleaños o un simple guateque de eternos exuniversitarios ociosos y marihuaneros) y me preguntó en un castellano pedregoso pero solvente si podía suministrarle una lista rigurosa y verídica de los decimonónicos lupanares de Madrid relacionados con el autor de Don Juan Tenorio. Alguien de la fiesta, quizá alguien colmado de guasa alcohólica o aficionado a promover enredos y equívocos, le debió de insinuar a esa doctoranda que yo era un entusiasta especialista en el poeta y dramaturgo pucelano. Aquella mujer, embrujadora y hermosa como una circasiana de cuento orientalista, me miraba con seriedad e intriga. Me sentí tan intimidado (y tan dulcemente aturdido) que opté por renunciar a aclararle que yo sabía de Zorrilla lo mismo que podía saber cualquier terrícola que solo ha leído y analizado someramente el Tenorio por imperativo académico, o sea, que sabía muy poco o casi nada.

"El monje y la monja", de Cornelis Van Haarlem.

“El monje y la monja”, de Cornelis Van Haarlem.

Tras meditar mi respuesta durante cinco segundos, le comenté que podría proporcionarle esa lista de burdeles zorrillanos si me concedía unos días para refrescar mi memoria sobre un tema que, a despecho de la pasión que me inspiraba, estaba palideciendo en mi mente por efecto de otras cuestiones menos nobles que me imponía el despotismo de la rutina. La expresión de la mujer se tensó de suspicacia y de impaciencia. ¿Ya había descubierto que yo era un impostor amateur? Cuando estaba a punto de derrumbarme y de huir con mi copa helada de vodka finés, puse las cartas boca arriba y le endilgué la verdad, que es lo mejor que puede hacerse cuando deseamos caer con honor en una batalla prácticamente perdida.

-En realidad, no soy ningún especialista en Zorrilla ni en sus francachelas y no tengo intención de serlo –anuncié con resolución–, pues ser especialista en cualquier disciplina es algo que aburre a quienes hemos abrazado el vivir diletante y solo aspiramos a ser honrados flâneurs. Pero puedo ayudarte en tu investigación. Porque no encontrarás en toda Europa a un tipo con más deseo de aprender mucho de Zorrilla con el único propósito de ayudarte.

Me miró con un desprecio burlón teñido de inquietud maternal y me preguntó, para mi asombro, si deseaba almorzar con ella al día siguiente a fin de debatir mi ofrecimiento de asistencia. El que pronuncié lo envolví en una apatía y en una indiferencia tan harto fingidas que me ruboricé por mor de mis escasas aptitudes para el enmascaramiento.

El almuerzo se desarrolló en un restaurante que no era restaurante, sino en un bar que podía eclipsar a cualquier restaurante de clase media a tenor de las enormes raciones de alitas de pollo al ajillo que servía a sus parroquianos. Eran tiempos más aliñados de holganza y en España no se había impuesto en la restauración (ni en otros sectores) esa racanería actual travestida de austeridad y de ahorro. La doctoranda, cuyo nombre no he revelado ni revelaré por indispensable galantería, devoraba su ración de alitas pollo con la alegría y virilidad de un cosaco. Para amenizar y facilitar su vehemente ingestión, divagué en voz alta sobre las tortuosas relaciones de José Zorrilla con su progenitor, hombre absolutista y tercamente conservador que nunca vio con ojos amistosos las industrias líricas y políticas de su hijo, un liberal que, en el fondo de su inconsciente, se sentía culpable de serlo.

La doctoranda dejó de masticar y me instó a que extrajera alguna conclusión original y reveladora de mi deslavazado parlamento, puesto que, tras oírme más de cinco minutos, no había aprendido nada nuevo del autor al que más horas de estudio había consagrado. Me planteé descargar una frase despectiva y revanchista sobre el oído izquierdo de mi acompañante, habida cuenta de que ese oído era el más próximo a mi boca; sin embargo, mudé de opinión y decidí endosarle un par de comentarios empedrados de piropos elegantes y metafóricos con el fin de darle a entender que iba a resultar muy agotador y arduo erosionar mi simpatía y mi deseo de agradar. Uno de mis comentarios ensalzó “la fogosa y relampagueante oscuridad de sus ojos bañados por miles de atardeceres asiáticos a orillas de lagos que copiaban el alma de olmos invernales”. Pensé que la doctoranda, quien, camino del bar, me había expresado su malestar por los muchos piropos (algunos subidos de tono) que le lanzaban a diario los hombres, me iba a administrar una inolvidable reprimenda por haberla asediado con aquellas cursilerías. Pensé que iba a presenciar cómo una ira fría y racional iba a tomar posesión de un rostro simétrico y casi perfecto. Nada de eso aconteció. Simplemente recibí una bofetada desmañada y chapucera en la pálida y blanda soledad de mi mejilla izquierda. La autora de la bofetada, paradójicamente, esbozaba una sonrisa amplia y satisfecha, como si le hubieran recordado que gozaba de un enorme poder sobre el sexo opuesto.

Algunos de los varones del bar, típicos sementales masculinos diestros en el gorroneo de mozas, se aproximaron a la mujer y le preguntaron si había algún problema conmigo, pues estaban dispuestos, así lo testimoniaban sus miradas viscosas de envidia y de lujuria, a exterminar ese problema expulsándome a la calle de una patada en el culo o en alguna zona menos grande pero más delicada de mi humanidad. La doctoranda, poseída por la risa, nada les respondió. Pero yo sí intervine y mi intervención, poco educada y poco tributaria de la cultura de diálogo, desató una discusión que desembocó en trifulca. Alguien rompió una botella, recibí un corte en una muñeca y acabé en urgencias una hora después: solo, sin dinero, con la extremidad lacerada envuelta en una camiseta y preguntándome quién coño era yo. Una enfermera se interesó por mi historia y me dijo que era un idiota. Poco después, esa misma enfermera me cosió la piel desgarrada y me aconsejó que me fuera a la India a echar una mano a las monjas de la Madre Teresa. Le dije que iba a pensarlo. Por esa razón, nada más abandonar el silencio atosigante de las urgencias, me refugié en un antro horrísono repleto de mendas melenudos y pedí una ginebra. Lo hice, insisto, para pensar bien si debía volar hasta Calcuta para prestar mi apoyo físico y moral a un grupo de santas. Finalmente descarté esa posibilidad, por cuanto concluí que solo acarrearía problemas y odiseas a las monjas.

Dos años después de aquella madrugada, en una soporífera, veraniega e inútil fiesta glaseada de jóvenes artistas que dejarían de ser artistas tan pronto como dejasen de ser jóvenes, me reencontré con la doctoranda de aspecto circasiano. Ya era doctora e impartía clases en una universidad yanqui. La acompañaba un tipo de casi dos metros que, a juzgar por sus movimientos enérgicos, violentos y salvajes, daba la impresión de haber matado recientemente a un caballo con sus propias manos y de habérselo comido crudo. Se trataba de su marido. Tampoco es necesario revelar la nacionalidad de ese señor. Alguien podría acusarme de racista o de xenófobo. Tras los besos asexuales del saludo y tras haberse efectuado las respectivas presentaciones, la experta en José Zorrilla dijo a su marido que yo era uno de los españoles más gentiles del reino, dijo que yo inventaba unos piropos muy ingeniosos y que era uno de los pocos hombres que no había elogiado en público sus glándulas mamarias y su trasero, y esa circunstancia, a su entender, me convertía en un caballero. El marido sonrió y me fulminó desde arriba con una mirada burlona y cínica. Aquella mirada, según me desveló mi intuición, quería significar: “Eres un pringado y un completo maricón”.

Pretexté un compromiso y dejé a ese matrimonio varado entre varones borrachos que espiaban de reojo a la experta en José Zorrilla. Pronostiqué incidentes mientras me tomaba un moscatel junto a unos videoartistas que departían en danés. En efecto, media hora después, estalló un altercado. El gigantón de casi dos metros había propinado un puñetazo a un gallego con perilla y coleta. Alguien cercano a mí contó que el gallego, según informaciones llegadas de la otra punta del salón, había mirado con deseo a la experta en José Zorrilla. Y otro alguien cercano, quizá un amigo del gallego, añadió que el marido de la experta en José Zorrilla no tenía derecho a prohibir que mirasen a su mujer, ya fuera con deseo o sin deseo. Y otro alguien cercano, quizá la novia del gallego con perilla y coleta, expresó su hartazgo hacia el sexo masculino, al que calificó de depravado, enfermo y asqueroso por estar siempre pendiente de los volúmenes mamarios y de otros órganos idealizados por la erotomanía occidental. Cansado de las disertaciones de unos y de otros, acabé mi moscatel y enfilé el camino de salida. Alguien, un borracho que reptaba por el suelo, me instó a quedarme en una lengua que me recordaba al toscano, pero argumenté que no deseaba ser testigo de más soplapolleces.

Cuando algunos representantes masculinos de las nuevas generaciones, confundidos por las polémicas actuales acerca de los piropos a mujeres, me preguntan si es recomendable o no lanzar una lisonja o un elogio a una fémina bien formada o vestida con gracia y elocuencia, les hago un resumen de la historia anterior. Muy pocos la creen, aunque les juro por la salvación de mis amígdalas que es cierta. Y los pocos que la creen me detestan silenciosamente por añadir más confusión a su confusión. Y me dicen que no entienden nada y que no saben cómo actuar. Quieren una carta de navegación exacta y simple para el día a día, pero eso no existe. Entonces yo les respondo lo único que se me ocurre: “Haced lo que os parezca más noble en cada caso, esto es, no malgastéis vuestro ingenio y vuestra galantería con quienes solo ven en el sexo masculino una raza enferma, depravada y pervertida, que lo es, pero solo en un 95%”.

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