Luto

AQUELLA jarra de cerveza me sabía a faja ochentera impregnada de restos de cebolla, pero me la terminé sin ponerle caras tenebrosas a la dueña del establecimiento, una señora que hablaba resignadamente de su marido con un hombre de escéptica vulgaridad que tenía aspecto de despreciar a todos los maridos del mundo. Afuera estaba el cielo paseando sus trapos invernales y un puñado de árboles casi jubilados otorgaba algo de dignidad a la cursilería irreversible del barrio, recién desvestido de luces y de adornos navideños. En lo alto de un ángulo del bar, encaramada a una peana en forma de caparazón de tortuga, una televisión difundía las imágenes del día (quizá del año): un tipo encapuchado y armado asestando yihadista remate de fuego a un policia malherido e implorante en un París desamparado y frágil. Pedí otra cerveza mientras trataba de contener las lágrimas. Nunca me ha gustado la policía, pero me gustan menos los canallas que disparan contra un hombre desarmado y vencido. Soy así de sentimental y de anticuado. Qué le voy a hacer. La segunda jarra me la bebí en menos de tres minutos y esperé a encontrarme mejor. Pero no llegó ese estado de mejoría mental ni física. Además, mi barriga había crecido unos cuantos milímetros más y la luna del espejo situada tras la barra me devolvía, entre respiraciones lentas y congeladas de botellas y vasos, el rostro de un anodino toledano envejecido prematuramente. Me cago en la leche, me dije. Era yo y no había escapatoria.

La dueña del bar comentó al hombre:

-Qué manía tienen algunos periodistas con meterse en problemas. ¿Es que no se daban cuenta de que les iban a matar? La gente es tonta, Nacho.

Y Nacho, que se bebía un vasito de tinto con pereza feudal, asintió y se abrillantó la nariz y dijo:

-Pues sí, Carolina. Tienes razón. Los de Mahoma son peña chunga y es mejor no tocarles las narices.

Carolina me miró con suspicacia porque yo le había lanzado segundos antes una mirada que no albergaba ningún ingrediente sentimental asociado al catecismo de lo políticamente correcto. Era una mirada de hijoputa de España profunda y testicularia, una mirada sombreada de un negro goyesco. ¿Exagero? Quizá, pero las historias sin exageraciones solo interesan a quienes no viven. No me sentí orgulloso de aquella mirada que dejaba traslucir las regiones más polvosas y carpetovetónicas de mi carácter; sin embargo, el comentario de Carolina me había soliviantado y me había parecido impropio de Carolina, cuyas tetas veteranas e imperiales no parecían casar bien con un espíritu pusilánime y mezquino. Es posible que todavía no sea un experto en tetas ni en espíritus. Es posible que no lo sea en mi vida. Lo siento, colegas: no tuve las mismas oportunidades que vosotros.

"Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga", Gisbert Pérez, Antonio.

“Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga”, Gisbert Pérez, Antonio.

No sé por qué Nacho, el hombre con aspecto de odiar a todos los maridos del mundo, me examinó con inquina, pero el hecho es que se puso a escudriñarme como si yo fuera un cerdo que pretendiera mangarle su colección de revistas cochinas. Busqué en la biblioteca enclenque de mis neuronas un par de comentarios chulescos e hirientes con lo que ultrajar la arrogancia bovina de aquellos mendas que me lanzaban reproches por sus ojos cuarteleros y sacristanescos. Entonces me dije: “A ver, colega, olvídate de hacer el jilipollas y el sentencias y vete a casa con tu mujer, que es lo que ha de hacer un hombre decente. Esta gente ha nacido para tener miedo y tienen miedo a no tenerlo. Además, éste no es tu bar y la gente puede decir en su choza lo que le venga en gana”. De pronto, parte de la cerveza ingerida llamaba a la puerta de mi atributo viril exigiendo una inmediata evacuación. Construí una sonrisa asustada con mis labios de posadero castellano y pregunté a Carolina.

-¿Puede decirme dónde está el cuarto de baño, señora?

-Ahora no puede entrar. Acabo de fregarlo hace muy poco –manifestó Carolina con voz impersonal y enlatada, como si Carolina fuera un robot ideado y construido por un ingeniero soviético.

-Comprendo, señora, pero es que mi próstata no está como hace veinte años y puedo tener problemas.

La palabra próstata quebró la terquedad de Carolina y se me permitió el paso a los aseos, aunque a regañadientes y mientras se me acribillaba a advertencias relativas a la preservación de la limpieza retretil. Estuve a punto de mear fuera de la taza, unas de mis travesuras preferidas en los bares regentados por capullos, pero me contuve y dirigí el chorro áureo al diminuto abismo de aguas fecales diseñado por mentes más necesarias y útiles que la mía. Entonces me dije: “Hoy no es el día para hacer el soplapollas. Un poco de respeto a los valientes que han sido asesinados”.

Cuando salí al ajetreo anémico de una calle con apenas porvenir, me encontré con un perro que tenía ganas de hacer amigos. Se dio la circunstancia de que yo deseaba lo mismo, por lo que le acaricié la cabeza peluda mientras le felicitaba el año. Desgraciadamente también se dio la circunstancia de que el dueño de aquella criatura llevaba años sin ganas de compartir el oxígeno con tipos que apestasen a cerveza. De esa suerte se me invitó, con gruñidos y muecas que imitaban a otros gruñidos y muecas de otras centurias, a que retirase mis dedos del cráneo canino. Me alejé sin rechistar, pensando en la tragedia de París. Vinieron a mi mente unas palabras de Voltaire: “La historia de los grandes acontecimientos del mundo apenas es más que la historia de sus crímenes”. Encontré cierto consuelo en esas palabras, pero luego me hundí en la mierda del absurdo. Empezaban horas y días de luto y no había escapatoria.

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