Enero, el lunes de los meses

Scott Fitzgerald escribió que enero era el lunes de los meses. No puede decirse mejor. Fitzgerald odiaba enero porque se sentía menos hermoso y más maldito. Y también más pobre. Apenas despertaba, se levantaba con una jaqueca mesopotámica y se ponía a buscar algunos dólares por los rincones de su apartamento, pero a su alrededor solo había botellas vacías de ginebra y whisky. Stefan Zweig, disciplinado, estoico, riguroso como su bigote de húsar austrohúngaro, no sentía ninguna desazón especial durante el primer mes del año. Escribía y vivía sin compadecerse de sí mismo y abroncaba a los colegas que se refugiaban en una cama manchada de soles matinales para salir de sus crisis existenciales y creativas. Zweig creía en su trabajo y en él hallaba sentido al mundo. Pero muy distinto fue su enero pasado en Petrópolis (Brasil). Allí todo se desmoronó. Su fe en la literatura y en la civilización. Los últimos días de su vida, pese a la calidez y el buen humor del clima carioca, fueron como una sucesión de eneros tenebrosos y desalentadores y contrahechos. Y aquel enero largo y penoso terminó un 22 de febrero de 1942, cuando el escritor y su esposa decidieron meterse en la cama y tomar unas pastillas que les hicieron dormir para siempre. Si es que morir es dormir, asunto que aún está por determinar.

De todos modos, la mala fama de enero no es justa. Puede ser el mes más divertido y festivo del año si uno tiene valor para ser un prudente sibarita nada temeroso del sermoneo social. Antes de instalarse en París, Henry Miller, con su falo mayúsculo hambriento de serenatas vaginales, pasó casi un enero entero durmiendo en distintos burdeles de Brooklyn. Eso le contó a su amigo Lawrence Durrell en una carta de veracidad cuestionable. De aquella orgía Miller salió sin un penique y con una digna y novelesca gonorrea. Pero una gonorrea era poca cosa para el autor de Trópico de capricornio, un santo patrón de las eyaculaciones líricas y otoñales. André Gide también gozaba de eneros muy carnales, pero lo hacía en compañía de jovencitos árabes y en los patios cuajados de arcos y de fuentes en el norte de África. A Gide le habrían encerrado en la cárcel de por vida si hubiera vivido en estos tiempos. Durante los últimos años de su vida, G. K. Chesterton aprovechaba los días de enero para beber solo agua y regenerar de esa manera su hígado de titán catolicón y catequético, pero hay quien dice que bebía su ración de whisky escocés a escondidas de su esposa.

Carlitos Baudelaire.

Carlitos Baudelaire.

Cuenta en sus diarios Piero Bossi, un agudo cronista napolitano que estiró la gamba durante la II Guerra Mundial, que Alberto Moravia solía entrar en una iglesia a mediados de enero para decidir si seguía siendo agnóstico. Parece ser que salía más convencido de su agnosticismo. No obstante, los herederos de Moravia cuestionan la autenticidad del relato de Bossi. Un nieto del autor de La romana aseguró hace años en un periódico de Pisa que su abuelo no era agnóstico, sino ateo, y que no necesitaba entrar en una parroquia para reafirmar sus convicciones. En enero muchas personas se plantean grandes cuestiones, pero muy pocas se atreven a seguir planteándoselas el resto de meses. Es un trabajo bastante antipático ser trascendental sin interrupción. Baudelaire decía que había que ser sublime sin interrupción. El poeta francés afrontaba la cuesta de enero procurando escribir sublimidades y de gozar de los venenos más sublimes que circulaban por un París simbolista y drogata y refulgente de ajenjos y de proxenetas con chistera. Una de las cosas más sublimes que yo he visto durante uno los eneros que han pasado por encima de mi semicadáver ha sido un violinista anciano que hacía sonar su instrumento en un parque cercano a mi casa. Tocaba el violín peor que un aficionado, pero entre ejecución y ejecución se enchufaba unos lingotazos de orujo de hierbas que le encendían las mejillas condecoradas de suplicios y de soledades de metro. Admito que mi noción de lo sublime guarda bastante parentesco con lo subterráneo. Pero no deseaba tocar ese asunto. Simplemente pretendía insinuar que para algunos espíritus no existe el lunes de los meses. Y por hoy basta.

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