Una nueva vida

SE sintió viejo y la ciudad le pareció un asilo de animales sordos y pensativos. Se sintió viejo y tuvo asco del ruido de sus tripas y envidió a una muchacha finústica con aspecto de hallarse al margen de la tiranía de las flatulencias. Se bebió un café con leche en el bar más próximo a su casa, salió a la calle y olió el nacimiento de una lluvia débil y efímera. Cuando empezaron a caer las primeras gotas, la tarde estaba desmayándose sobre un grupo de farolas mudas. Entró en una iglesia vacía y se dirigió a un confesionario y oyó los susurros de un cura y vio cómo el penitente al que se dirigían esos susurros miraba al infinito con expresión de melancolía. Entonces recordó su juventud y recordó los reproches de un sacerdote de mofletes rosados cuyo aliento desprendía el aroma de las pieles sedentarias y fúnebres. “Está usted erotizado, joven. Su adicción a la pornografía le está devastando las neuronas”. Sonrió al evocar esas palabras y abandonó la iglesia mientras arrancaba chasquidos a unas llaves que vivían en un bolsillo de su pantalón desde hacía días. Frente la fachada principal del templo, nimbada y, tal vez, mitificada por el brillo de las mojaduras, una mendiga le miró con unos ojos que parecían sacados de un retrato pintado por un caricaturista de la desolación.

Aquella noche su mujer le dio un beso cortés y tedioso. Su mujer era una oficina portátil de simpatías hastiadas. Luego cenó los restos de una tortilla fría y sofocó parcialmente su resentimiento viendo en la televisión un programa de cómicos cargados de cocaína y bien provistos de vanidad para varios meses. Se acostó después de insultar varias veces a un par de locutores y de destruir la foto de un adolescente que miraba desafiante el objetivo. Su mujer quiso hacer el amor para aplacar los ánimos, pero él la apartó de un manotazo y dijo que el mundo debía saltar por los aires. Y cuando dijo esto, se levantó de la cama y descargó un puntapié contra una silla renqueante y astrosa cuya misión no era otra que ser destinataria de cóleras domésticas.

"Los mejores años de sus vidas", George Grosz.

“Los mejores años de sus vidas”, George Grosz.

Una semana después, el hombre encontró sobre la tapadera del retrete una nota manuscrita de su mujer. La leyó dos veces y la despedazó y salió a la calle con un fajo de billetes de cincuenta euros. Quizá eran todos sus ahorros. Pasó más de cinco horas en una cervecería recién abierta, farfullando amenazas de muerte a un interlocutor imaginario y sobándose la entrepierna en tanto hacía recuento de los ayuntamientos carnales menos breves de su vida. Los camareros trataron varias veces de echarle del local, pero él les enseñó una placa de policía y les aseguró que los detendría si no le dejaban tranquilo. Aquella placa ya no tenía validez, pero eso no podían saberlo unos camareros que odiaban su trabajo y que aspiraban a ser críticos literarios en el suplemento cultural más reputado del país. El expolicía, o lo que fuera aquel portavoz de la resaca occidental, vomitó sobre la barra y abandonó el establecimiento exigiendo a la clientela que limpiara aquellas capas de inmundicia que temblaban y refulgían bajo los soles enanos y perfectos de los halógenos. Nadie le miró. Una mujer abrumada por la menstruación se tapó la nariz, pero eso no impidió que sufriera varias arcadas.

El expolicía se consagró al juego de darse lástima y anduvo por una avenida salpicada de mendigos ejemplares y trató de entablar un diálogo con una mujer cargada de soledad y miseria que se afanaba en la fabricación de una cobija a base de periódicos y de revistas que exaltaban religiones dietéticas. La mujer platicaba un idioma que era un manojo áspero de diferentes lenguas rotas y medio olvidadas. El hombre contó que su mujer le había abandonado, relató cómo su único hijo había emigrado a un país de habla alemana y dijo que deseaba dormir con la mujer más sucia de la ciudad. La mendiga le sonrió y le enseñó unos dientes que ya no merecían ese nombre o que tal vez merecían un lugar de honor en un museo de dentaduras corrompidas e historiadas por legiones de parásitos. El hombre entregó cien euros a aquella embajadora de la descomposición humana y se tumbó a la derecha de ella.

A la mañana siguiente, el expolicía, o lo que fuera aquel soldado del desamparo, despertó con la bragueta abierta y sintiendo el peso de una cabeza indigente sobre uno de sus hombros. El hedor que le golpeó el olfato no le impidió experimentar un sentimiento de gratitud hacia el ser que roncaba sobre su rostro. Era una mañana fría y desapacible, pero el hombre intuyó que una nueva vida empezaba a abrirse camino dentro del cuerpo que le había ofrecido durante la madrugada placer y calor.  

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