Carnes…

SALIÓ del cuarto de baño satisfecho del buen funcionamiento de su aparato excretor y pensó que sería una buena idea tomar una cerveza y degustar unos nachos con guacamole mientras hojeaba la novela que le había mandado Arcadio, un viejo amigo de facultad. Eso hizo. Pero entonces el buen humor se le esfumó como una araña vieja y asustada. En una de las páginas del libro leyó la siguiente frase: “Gabriel me robó el amor de la persona que yo amaba, pero no tuve valor para denunciar ese hurto afectivo por miedo a perder su amistad”. El hombre que había leído aquella frase se llamaba Gabriel. Gabriel cerró el libro con brutalidad y echó un trago parsimonioso a la botella de cerveza. Gabriel se preguntó si el Gabriel de la novela era él mismo. Meditó. Erró por el piso. Propinó cachetes a las paredes. Meditó un poco más y se sirvió otra cerveza. Por fin, se dijo: “Sí, soy yo. Arcadio siempre tuvo envidia de mis dotes como seductor. Sus bromas sobre mi buena fortuna para satisfacer con terceros mi voracidad sexual ocultaban la rabia y el resentimiento de quien, abrumado por la losa de sus complejos físicos, solo lograba copular en burdeles”.

Gabriel buscó en la agenda del celular el número de teléfono de Arcadio y llamó al viejo camarada. Hubo una breve conversación y, dos horas después, se produjo un ardiente debate en el apartamento de Arcadio. Gabriel se había personado allí con la excusa de querer entregar a Arcadio una caja de camotes (batatas) de su pueblo. Quien me contó esta historia desconoce con detalle los contenidos que se abordaron en semejante coloquio. Sí me aseguró cómo, tras un cruce de insultos y de reproches, Gabriel propinó a Arcadio una patada en la rótula derecha y cómo Arcadio exhibió un semblante de tristeza y de desazón mientras buscaba una silla en la que reposar y en la que asumir su condición de víctima.

El perro de Arcadio, un terrier irlandés, saltó furioso sobre el agresor de su amo y mordió a Gabriel en una muñeca. Aunque presumía de amante de los animales y hacía gala de antitaurino, Gabriel agarró al perro por el cuello y trató de estrangularlo. El sol de ponía sobre Monterrey y las montañas que rodean la ciudad parecían bloques de cartón alumbrados por la linterna de un niño aburrido. Pese al dolor moral y físico que le asediaba, Arcadio hizo acopio de coraje, echó mano del primer objeto que encontró (un ejemplar de su novela) y lo arrojó contra la nariz de Gabriel, pero el proyectil no dio en el blanco escogido, sino que impactó certeramente en la cabeza del can. El animal sufrió un riguroso traumatismo craneoencefálico y murió instantes después.

"Retrato doble", Lucian Freud.

“Retrato doble”, Lucian Freud.

Una vecina escrupulosa, alarmada por los gritos y los golpes que resonaban en el bloque, telefoneó a la policía. Cuando los agentes irrumpieron en el apartamento de Arcadio, vieron cómo un hombre estaba sodomizando a otro hombre junto a la soledad infantil de un perro sin vida. Uno de los policías, homófobo convencido y ferviente admirador de Lady Di, desenfundó su arma y disparó repetidamente sobre los amantes. Los cadáveres de Gabriel y Arcadio, si es que se llamaban así, fueron arrojados a un vertedero y sus familiares recibieron la notificación de que ambos habían sido secuestrados por un cártel de Nuevo León.

Sin embargo, sucedió algo más y ese algo más permitió que otras personas conocieran esta historia. Antes de abandonar aquel apartamento, el agente homófobo cogió el cadáver del perro, lo metió en una mochila y depositó este infausto cargamento en la taquería de su hermano. Esa misma noche un joven estudiante de periodismo engulló, sin saberlo, un fragmento del desdichado terrier. Quiso el destino que aquel universitario no abandonase la taquería sin descubrir el tipo de carne que había ingerido. Resultó que un hombre de mediana edad, sentado cerca del universitario, reparó en que aquella carne no era de res ni de cerdo, sino de otra criatura más hermanada con el género humano. Tras examinarla a conciencia, llegó a la conclusión de que aquellos músculos cortados en tiras pertenecían a un mamífero de la familia de los cánidos. El asco que sintió este gentilhombre no le escamoteó la serenidad. Llamó a la policía a través del portátil y unos tipos de uniforme se presentaron minutos después en el local justo cuando el universitario tragaba con felicidad el último trozo de perro.

El hombre de mediana edad puso en conocimiento de los agentes lo que se estaba empleando en ese establecimiento para arropar los tacos. El propietario de la taquería, sacado de la trastienda por los policías, acusó a al acusador de pendejo y de loco. Entonces el denunciante anunció con orgullo que era veterinario y que llevaba quince años tratando a representantes de la nación canina. Lo dijo con tal seguridad y convicción que fue creído inmediatamente por los agentes. Y también quiso el destino que estos agentes pertenecieran a la estirpe de los honrados o de quienes, al menos, lo intentan, por lo que se abrió una investigación exhaustiva y seria. La investigación, que fue larga y penosa, fue seguida de modo fanático por el estudiante de periodismo. De esta suerte quedó al descubierto todo lo sucedido y lo que no se esclareció fue aprovechado por los fabuladores para idear leyendas de enorme vigor macabro.

Fue aquel estudiante de periodismo, siendo ya un consumado reportero, quien me relató, con más arte del que yo utilizo ahora, ese catálogo de pesadillas. Nos hallábamos en el bar de un hotel de Fortaleza (Brasil) y un generoso lote de caipiriñas nos había hecho perder el miedo a cenar carne de origen desconocido. De aquella maravillosa velada hace ya 220.752.000. millones de segundos.

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