Historia de un feo

UNA mujer amable pero triste pierde su trabajo de dependienta en una zapatería de Salamanca. Le anuncian su despido el mismo día en que suspende por quinta vez el examen práctico de conducir. Apenas se queja. Quizá porque sus mejores amigas también han sido despedidas recientemente o quizá porque nunca ha sido muy optimista y no le parece extraño que el destino le sea adverso. La mujer tiene un marido, pero el marido está deprimido y se pasa casi todo el día tumbado en la cama, masticando chicle y hojeando revistas de caza y de arqueología. Es un hombre que habla un poco de francés y un poco de alemán, aunque nadie le ha oído conversar en esas lenguas. También atesora algunos conocimientos de medicina (su padre había sido ayudante de un ginecólogo). Hubo un tiempo en que este hombre deprimido había tenido bastantes amigos y hubo un tiempo en que había trabajado con orgullo en un balneario de la zona. ¿Qué le sucedió? Parece ser que poco a poco empezó a considerarse una persona muy fea. Un día dejó de tener valor para salir a la calle y para ganarse el jornal. Ciertamente es un individuo feo, pero en Salamanca hay gente más fea que él y esa gente feísima tiene dignísimos empleos.

El hombre feo y su mujer sobreviven varios meses gracias a la prestación por desempleo que percibe la segunda. Antes de que expire la ayuda económica, la mujer encuentra curro en una cafetería cuyo dueño es un actor de teatro que jamás ha conseguido hacer teatro profesional. La mujer y el actor, que es apuesto, bailarín y chistoso, no se enamoran, pero se hacen buenos amigos y le cogen gusto a acostarse juntos en una cama que hay en la trastienda. Cuando nadie hace el amor sobre esa cama, un gato obseso la ocupa y la convierte en su puesto de observación. El marido se entera del affaire de su esposa, pero no protesta. Ya no ama a su mujer y no se siente con fuerzas para desafiar al amante. Piensa que un hombre feo como él no tiene derecho a enfadarse con quienes conservaban los residuos de una antigua belleza de juventud.

"Los luchadores," Gustave Courbet

“Los luchadores”, Gustave Courbet

Tras meditarlo varios meses, decide poner fin a su vida. Así es cómo una tarde de junio, bajo un ardiente cielo castellano, se arroja a las aguas del Tormes. Pero la macabra empresa no concluye como él esperaba. Unos seminaristas desnudos que estaban bañándose en aquel momento lo rescataron y lo tendieron en la orilla. Lo que estaban haciendo concretamente los seminaristas en el río es cosa que nunca se sabrá. El hombre promete a los futuros sacerdotes que no volverá a intentarlo.

–Lo digo en serio, señores. Nunca más.

–¿Seguro?

–Seguro.

Regresa a casa avergonzado y encuentra a su mujer en la cocina, abriendo una botella de champán, tarareando retazos de canciones pesimistas. La mujer le abraza y le anuncia que se ha quedado embarazada. El hombre quiere gritar y romper varios vasos; sin embargo, acaba secundando la alegría de la mujer y termina bebiendo champán hasta que le resulta arduo rematar las frases. A la mañana siguiente, vuelve al río para poner fin a todas sus angustias de una vez por todas, pero cuando observa la tumultuosa corriente de agua masajeada por un sol recio y coqueto, cae en la cuenta de que ha olvidado revelar a su mujer el escondite en que duermen sus pocos ahorros. Busca su teléfono móvil en los bolsillos del pantalón; no lo encuentra. Recuerda que se lo ha dejado en el cuarto de baño. Entonces emprende el retorno a su casa mascullando blasfemias y asustando a los pájaros que peregrinan en torno a sus pies. Súbitamente se detiene en seco en una calle poco transitada, piensa algo que debe de ser importante y pone rumbo a la estación de autobuses. Jamás volverá a ver su mujer.

Este hombre es actualmente chapero en un barrio de Madrid donde esa profesión tiene un relativo futuro. Puedo asegurar que es una de las personas mejor educadas que he conocido. Sus clientes son tipos pudientes y tolerantes que le han ayudado a menospreciar sus complejos de fealdad. Hablo de él porque es un gran tipo y uno de los pocos lectores de este blog.

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2 thoughts on “Historia de un feo

  1. Por un breve instante, debe ser por mi natural arrogancia, pensé que yo mismo era ese buen tipo, feo, educado y lector de tu blog. Luego me dio por recordar al Marqués de Bradomín y, finalmente, lo que he hecho ha sido, una vez más, disfrutar de lo que mejor hago, que es leer.
    Un abrazo y gracias

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