Carta de un suicida

VOY a hablar de un hombre que ya no existe, de un hombre que no dejará ningún poso en la historia, de un hombre que se ha desvanecido como un sueño y que ahora es ceniza y aire y silencio (o dióxido de carbono). Voy a hablar de un hombre que se arrojó desde la terraza de su piso (una octava planta) hace un mes y medio porque no soportó más el peso del tedio existencial y del fracaso. No diré su nombre por respeto a su familia, que me ha pedido discreción y tacto.

Me referiré a este hombre como M.

M. tenía 36 años y fue uno de mis mejores amigos de infancia. M. y yo fuimos al mismo colegio. Nuestra amistad empezó con una pelea y acabó con otra pelea poco antes de que ambos ingresáramos en la facultad de periodismo (o de idiotismo). M. fue un niño que mataba mariposas y que se comía tres donuts al día. Era un niño que odiaba el silencio y, sin embargo, casi siempre estaba sumido en el silencio. M. fue un adolescente piadoso que perdió la fe cuando descubrió el amor humano y que se burló del amor cuando se dio cuenta de que el amor no siempre hace mejores a las personas, sino que a veces las vuelve más egoístas y temerosas. Días antes de arrojarse al vacío, M me mandó una carta. A continuación extracto unas líneas de esa misiva por considerarlas interesantes para los lectores de este blog:

 

"Celos", Edvard Munch.

“Celos”, Edvard Munch.

La democracia representativa en el mundo occidental va camino de su desaparición. Es cuestión de décadas. Quizá de lustros. Se avecina en Europa un periodo de regímenes semiparlamentarios que precederán a una nueva era de dictaduras y de totalitarismos. Cada vez se hace más visible el desencanto de la ciudadanía hacia la democracia liberal, una forma de gobierno tan noble como imperfecta que no resuelve los grandes problemas y conflictos del hombre, pero única forma de gobierno que garantiza una mínima dosis de libertad a toda persona al tiempo que consagra la igualdad jurídica de los individuos y ofrece consecuentemente una relativa igualdad de oportunidades. De este desencanto no hay que echar la culpa a nadie. En realidad no hay culpables, y si los hay, los culpables somos todos porque todos hemos sido condenados a aburrirnos y a iniciar revoluciones para combatir ese aburrimiento […] El ser humano, no importa la espesura de su inteligencia ni el grosor sus prejuicios, siempre acaba sucumbiendo a la tentación de lo imposible. El ser humano siempre se figura que la política ofrece las herramientas necesarias para crear al hombre nuevo, a ese hombre que encuentre algún día la satisfacción total […] Lo paradójico del asunto es que las democracias occidentales serán despedazadas por quienes aseguran luchar en nombre de una democracia real y directa, un tipo de democracia que solo puede instaurarse mediante una dictadura popular […] ¡Cómo detesto a esos idiotas que confían en sí mismos y en las ideologías. No deseo vivir en ese nuevo mundo, vulgar, despótico, ruin, de manera que me quitaré la vida. Te pido que no intentes disuadirme de mis planes.

 

Mi amigo M. fue siempre un hombre de palabra. Lástima que careciera de sentido del humor y que perdiera su afición a la bebida, una afición que le mantenía alejado de la desesperación absoluta. Con el tiempo habría descubierto que la mediocridad es también bella y heroica.

Adiós, M.

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