¡España ha muerto!

COMO estaba cansado de cargar con la petaca de mis dudas antropológicas y la calle me pareció un mal sitio para seguir especulando sobre la anatomía de mi hastío, entré en un sex-shop de la calle Atocha para conocer las últimas novedades en juguetería erótica. No encontré nada que me interesara ni que pudiera interesar a mis seres queridos, por lo que me sentí más estúpido que ridículo. Además, el olor a lejía me estaba aturdiendo y el ruido de remotos y sordos jadeos masculinos en busca del consabido alivio solitario soliviantaron mi aparato digestivo y pusieron en alerta mi sistema de excreción. “Me voy a enredar a otra parte”, me dije, y pensé en el aroma de una condenada cerveza mejicana, y me imaginé devorando unos asquerosos nachos en algún local lleno de peña enrollada y encantada de sentirse buena gente. Entonces un viejo de cabellos malolientes y de sonrisa soriana (quizá la denomino así por lo adusta y machadiana que se me antojó) me agarró por el hombro y me habló atropelladamente de sus dramas fálicos.

Aquel tipo me explicó: “Créeme, colega. Yo sufría disfunción eréctil desde mayo del 68, pero ha sido escuchar a Pablo Iglesias, el coletas ése de Podemos, y mi picha ha recobrado su espíritu emprendedor y rebelde. Ahora padezco un priapismo impropio de mis años. ¿No es un motivo para tener esperanza?”.

Le felicité por ello y le pedí que me dejara en paz. Como era previsible, mi solicitud le desagradó sobremanera y me acusó de ser un sucio burgués y me mostró con gesto desafiante su aparato genital y vi que se había tatuado en el fuste excoriado y tenso de su pene el rostro de un mozo barbado y melenudo que me recordó a ese líder coletudo que tan de moda se ha puesto. Aquello me conmovió y decidí regalarle cinco euros para que, en la intimidad de una tenebrosa cabina, pudiera dar un gozoso uso a su picha renacida mientras admirase los cimbreos obscenos de alguna desdichada eslava en el oficio de despelotarse y de poner caras de patético éxtasis. El viejo no me dio las gracias, pero se sumergió presuroso en los pasillos de aquel cuartel de masturbadores y de onanistas profesionales.

En la calle sonreí a un par de perros que me cayeron simpáticos y estuve a punto de emitir varios ladridos para expresar mi solidaridad con el mundo canino. No lo hice porque el dueño de los animales me observó con terror e ira, como si yo fuera un sutil pederasta que dedicase mi tiempo libre a cultivar el bestialismo con los cachorros más ingenuos del universo mamífero. Melancólico y resignado, me coloqué y recoloqué algunos cabellos díscolos y jacobinos en tanto presenciaba el breve vuelo de un motorista cuya moto se había estrellado contra las narices de un camión de chatarreros. El motorista bajó del cielo y se estampó contra un ciclista que no tenía mucho interés en prestar atención al tráfico y ambos, motorista y ciclista, fueron metidos, minutos después, en sendas ambulancias con varios huesos abollados y torcidos a juzgar por los gritos de dolor que salían de sus máquinas corporales. ¿Debo contar que aquello se llenó de policías y de otros inútiles con uniforme que intentaban dirigir y redirigir el tráfico? ¿Debo contar que el camión de chatarreros huyó de allí tan pronto como sus ocupantes vieron al motorista emprender su ascenso a un destino fatídico? Solo añadiré sobre este episodio que ambos accidentados ya se recuperan de sus heridas y que volverán a circular con sus respetivos vehículos tan pronto como recuperen la confianza.

gro

Con el propósito de atenuar el trauma que me había producido la visión de aquel siniestro, ingresé en las rutinas ácidas y madereras de un pub irlandés que ya no tenía rastro de la vieja Irlanda. Un hombre que hablaba un castellano rusificado me sirvió una pinta de Guinness y me traspasó con una mirada furibunda que pretendía significar: “No me des coba, soplapollas. Bébete tu cervecita y no me cuentes tu vida, porque, si lo intentas, te voy a meter una hostia magnífica”. Agradecí aquella amenaza visual, pues no me encontraba con el hígado listo para dar palique a ninguna bestia provista casualmente de raciocinio. Me bebí la pinta tratando de parecer un primo lejano de James Joyce y me bebí otro par de lo mismo mientras el sol se ponía a vomitar sus colores de crepúsculo otoñal sobre los tejados posmodernos de un Madrid empachado de provincianismo manchego. ¿Debo contar que entró en el pub (o en el expub) el viejo onanista al que había obsequiado con cinco euros? Me temo que sí. El vejete se colocó a mi derecha y pidió una cerveza rubia y me reconoció y me palmeó un antebrazo en ademán reconciliatorio y me relató cómo había sido expulsado del sex-shop por recomendar a algunas de las bailarinas de striptease que votasen a Podemos mientras mostraba a las muchachas el tatuaje de su picha.

Y sentenció: “Este país es terrible. Ni siquiera en los locales guarrones se halla uno a salvo de los enemigos de la libertad y del cambio”.

-Tranquilo, compadre. Tu partido ganará las elecciones y te sacará de la preindigencia y serás gestor cultural u otra cosa que encaje con tu aspecto –le dije con intención de consolarle o de tranquilarle, toda vez que me anegaba el miedo de que aquel caballero aficionado a la masturbación (como casi todos los de este planeta) perdiera los estribos y envalentonara al salvaje que nos vigilaba tras la barra.

Podemos no va a ganar, colega -diagnosticó el vejete con lujuriosa amargura. -Mucha gente dice que apoya a esa formación, pero, cuando llegue el momento de votar, de estar ante la puta urna, se acordarán de sus pequeñas propiedades y de sus mezquinos intereses, y se echarán para atrás, y votarán a los criados del capitalismo. De manera que puedes estar tranquilo, burguesito de mierda. Podrás seguir con tu vida de parasito.

-Creo que tu análisis es precipitado. En cuanto a tus insultos, me parecen inapropiados. Y no porque no merezca ser insultado, pues también tengo mi parte de culpa en el deterioro de mi nación, pero no creo que sean atinados los calificativos que me has escupido. Por otro lado, a mí me es indiferente quién gane las próximas elecciones. Este país ya está muerto y no lo va a resucitar ningún curandero. No somos más que una colonia medio asiática y medio americana manoseada por mafiosos de diferente disfraz. Al igual que Osvaldo Spengler, creo que las naciones son como las personas. Una vez que han envejecido, se vuelven gruñonas y maniáticas y nada puede frenar su descenso a la tumba. En mi opinión, España enfermó gravemente durante el reinado de Fernando VII y la guerra civil fue su eutanasia. El franquismo fue la triste y humillante exhibición mundial de ese cadáver a cargo de militares y sotanas. Y la Transición no fue más un desfibrilador que permitió a este país abandonar su estado exánime durante unos años para luego volver a ser la momia podrida que es…

-Oye. Tu fatalismo es típicamente reaccionario. Que el cambio sea improbable no significa que sea imposible. Fíjate en mi pene. Hace años era una cosa sin vida y ahora, gracias a Pablito Iglesias, no hace más que darme guerra. ¿No crees que Podemos puede operar el mismo efecto en nuestra patria?

-No lo sé, jefe. Cualquier cosa es posible. Y ahora te rogaría que quitases tu mano de mi mano. Tengo la impresión de que no te has lavado los deditos después de procurarte solaz y desahogo.

-Tengo la impresión de que no vamos a ser amigos. Solo quieres hostilidad.

-Nada de eso, hermano. Solo quiero que cada cual administre sus espermas. Y ahora brindemos por la paz y por el amor antes de que sea demasiado tarde y antes de que esto estalle en millones de pedazos.

Nuestros vasos entrechocaron y la espuma  bailó y todo se volvió nublado y la noche nos prestó un poco fe.

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