Ocaso

DOS estudiantes echaban un pulso sobre la mesa de madera de una cervecería de la calle Segovia. Uno era gordo y entusiasta; el otro era flaco, y no había en su expresión ni un ápice de optimismo ni de esperanza. El dueño de la cervecería –ocioso y abotagado, pelo alborotado, cejas hirsutas y rebeldes, manos pesadas y colosales sobre el mostrador– miraba indiferente a derecha e izquierda, silbaba con desgana y chasqueaba la lengua para expresar su desdén a tantas cosas que cabrillean sobre la piel del mundo. Los parroquianos que no charlaban entre sí observaban a los estudiantes con alegre y envidiosa melancolía. Habían sido jóvenes y no podían evitar sentirse desdichados cuando se encontraban a hombres que aún tenían toda una vida por delante.

Un otoño en pañales estaba fuera, sonriendo y babeando entre los edificios como un diablo lascivo, y el cielo miraba a la puerca ciudad con ojos de novicia risueña. El silencio de la tarde, sin embargo, era maloliente y triste. En el interior de la cervecería reinaban la tibieza y el sopor y la desidia. En un rincón del local un perro que apestaba a cebada y a queso azul intentaba echarse una siesta, pero una mosca pronunciaba un monólogo en torno a la cabeza de pacifista can. El estudiante flaco consiguió ganar el pulso al estudiante gordo. Nadie aplaudió. Sudorosos, fraternales y satisfechos, los muchachos se bebieron varias cañas de cerveza mientras hablaban de sus planes profesionales y sexuales. El dueño de la cervecería les escuchaba con relativo interés. En un momento dado, se entrometió en el diálogo de los jóvenes y dijo en tono jocoso:

–Si queréis encontrar trabajo, os sugiero que hagáis un curso de prostitución que ha organizado un tío en Valencia. Aunque esté mal visto, ser puto es una profesión de futuro.

–Ya lo hemos pensado, pero yo lo he descartado. Con mí físico de elefante me moriría de hambre –respondió el estudiante gordo.

–Te vendría bien –terció el flaco. –Adelgazarías y terminarías hecho una Sílfide.

–Si yo fuera joven como vosotros, no lo dudaría. Me haría prostituto de lujo –agregó el cervecero entornando socarronamente los ojos.

suciedadbuena

–Pues tendría que dar por el ano a bastantes mendas –afirmó el estudiante gordo con alegre convicción.

–¿Qué coño dices, chaval? Me acostaría con gachís.

–No se lo cree ni usted –aseveró el flaco. –La mayoría de los prostitutos son chaperos. Para que una mujer le pagase por acostarse con ella debería haber nacido con otro cuerpo, abuelo.

–Podías ser más amable, capullo. Yo no me he metido con vosotros.

–Yo solo le digo la verdad. Si le molesta, allá usted.

–¿Por qué no termináis la caña y os piráis? –Del rostro del cervecero había desaparecido cualquier brillo de amable ironía. Sus manos estrujaban el aire y su respiración agitada era una declaración de guerra.

–Tiene muy poco humor, jefe –afirmó el estudiante gordo.

–Lo que tú digas, bolita. Ahora dadme quine euros y fuera de aquí, por favor. No quiero cabrearme más. Doy unas hostias muy buenas. Es solo un aviso.

Lo que pasó a continuación resultó poco espectacular desde el punto de vista dramático. Los estudiantes pagaron y se marcharon entre risitas infantiles. Pero el dueño de la cervecería no recuperó la tranquilidad. Tras asomarse a la calle y asegurarse de que los estudiantes se alejaban sin armar alboroto, escudriñó a cada uno de sus clientes, profirió improperios contra la juventud y aseguró que acabaría castrando al siguiente chulo que entrase en su negocio. Los parroquianos, incluido yo, le observamos con pereza, pues sabíamos que aquel hombre era incapaz de levantar la mano contra nadie. No obstante, sucedió algo que nos dejó a todos en vilo. El cervecero se acercó al perro, que dormitaba tranquilamente en el rincón, y le propinó una patada en el lomo. Era la primera vez que dispensaba trato tan canallesco a su amigo de cuatro patas.

–¡Deja de vaguear, mamón, y vigila a ver quién entra!

El perro respingó, lanzó un gemido lastimero e imploró con la mirada nuestra ayuda. Nadie se movió. El otoño que se paseaba por las sucias y víricas calles de Madrid desprendía el olor de un condenado a la horca que lleva semanas sin cambiarse de calzoncillos.

 

Anuncios

One thought on “Ocaso

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s