Un pueblo de infancia

DESPUÉS de anunciar que sería la nueva secretaria del alcalde, Patricia Pasillos sonrió con burlesco cinismo y encendió un cigarrillo perezosamente. Su madre la contempló con un orgullo animal y la abrazó de un modo rudo y desesperado. Un chimpancé de circo lo habría hecho de forma muy similar. Los hermanos pequeños de la muchacha, dos mellizos de diez años que tartamudeaban y que coleccionaban compresas abandonadas en los vertederos fronterizos al pueblo, organizaron un pequeño alboroto de júbilo y propinaron pellizcos a Patricia en esas regiones anatómicas que las leyes del pudor han sobrevalorado y sacralizado. Aquella noche la familia cenó su mejor pollo y bebió el menos pendenciero de sus vinos para festejar la buena suerte de Patricia. La madre se achispó más de la cuenta y se acordó del marido muerto, ya indefinido y remoto.

–Qué raro es todo –dijo la mujer, y se quedó dormida sobre la mesa, y pareció sonreír, como si estuviera olfateando en sueños las axilas de su difunto esposo. Patricia acostó a sus hermanitos y después salió al corral para ver las estrellas, aunque aquella noche no había estrellas. El corral apestaba a pollo decapitado y una pareja de gallinas deambulaba por entre hierbajos y matojos sin saber muy bien dónde pernoctar. Un avión rompió la seriedad sepulcral del cielo nocturno y Patricia imaginó a gente importante que se dirigía por los aires a una ciudad bullente de negocios y saturada de edificios acristalados que debían de transmitir seriedad y sentido histórico a cualquier mentecato.

Nadie del pueblo comprendió por qué Patricia tomó al día siguiente el autobús de línea y por qué se marchó para siempre de aquel lugar. Algunos vecinos no ocultaron su indignación. Era como si Patricia les hubiera traicionado. ¿Cómo se le ocurría a la muy ingrata esfumarse de ese modo y despreciar semejante oportunidad de colocación en una época tan famélica en empleos? La madre de Patricia cayó gravemente enferma y murió al mes de la marcha de su hija. Una mujer muy vieja se ocupó de los huérfanos, que respondían a los nombres de Lucio y Armando. Al cabo de unos meses, ya nadie habló del asunto. Las tragedias ajenas acaban aburriendo y está en la naturaleza humana la capacidad para minusvalorar el sufrimiento de nuestros vecinos.

Patricia regresó al pueblo veinte años después. Era una mujer elegante y de aspecto cansado y melancólico. Había llegado en un coche deportivo acompañada por un hombre alto, enjuto, canoso y ligeramente arrugado. Este caballero, si es que merecía tal título, fumaba en pipa y gastaba unas gafas de sol que había puesto de moda un millonario griego. Era una mañana de comienzos de verano y en la plaza del pueblo solo había un borracho dormido que yacía tendido sobre un banco de piedra. Cerca del banco se alzaba una fuente seca que figuraba un burro con una oreja truncada por la euforia de un antiguo vandalismo. La bandera que pendía de la fachada del ayuntamiento estaba sucia y dormida y varios espectros de moscas la patrullaban. No corría una migaja de aire. Un pajarillo picoteaba un melón podrido y la pulpa podrida del fruto retransmitía algunos destellos de luz. Patricia hizo tejadillo con la mano derecha y miró a su alrededor. Casi todas las casas se hallaban medio derruidas y con las ventanas cerradas. El hombre de la pipa sonreía y observaba el lugar con la altivez de quien cree haber visto todos los escenarios de la desolación.

"Mujeres de sepulveda", de Ignacio de Zuloaga

“Mujeres de sepulveda”, de Ignacio de Zuloaga

El borracho bostezó y se restregó los ojos y eructó. El cielo, sin nubes, parecía meditar sobre su soledad. Tras quejarse groseramente de la furia de aquel sol blanquecino y casi pétreo, el borracho se secó el sudor de la frente, se incorporó lenta y penosamente y apoyó la espalda en el respaldo. Un perro esquelético salió en ese momento de la puerta principal del ayuntamiento, que era un edificio enfermo y derrotado, y se aproximó penosamente al borracho. El perro llevaba en las fauces un libro machacado. Era una vieja Biblia. El borracho acarició la cabeza del animal y le quitó la Biblia de las fauces y se puso a hojearla con gesto irreverente. Patricia y su acompañante observaron con intriga al borracho y éste hizo lo propio cuando se percató de que estaba siendo examinado.

–¿Qué se les ha perdido por aquí, señores? –preguntó con voz rota y lejana.

–Este era mi pueblo –respondió Patricia con timidez.

–Pues tu pueblo ya no existe, querida. Aquí solo vivo yo y este chucho jilipuertas que se ha empeñado en que lea la Biblia. Por cierto, está usted buenísima. Hace tiempo que no viene una hembra de su género.

–Está borracho, caballero. No debería exponerse tanto al sol. Es malo para la salud –le reconvino agriamente el hombre de la pipa, que había dejado de sonreír y de ser paradigma de mundanidad.

El borracho estudió al hombre con sorna.

–Es usted demasiado viejo para esta señorita. ¿Por qué no se busca un coñito de su edad, Míster Pipa?

–No conseguirá sacarme de mis casillas, degenerado.

–¿Degenerado? Sí, es posible que lo sea, pero en mi caso ya no tiene importancia.

Patricia palideció de pronto. Se acercó al borracho y lo escudriñó con total descaro. El borracho sonreía con una inocencia inquietante y subterránea, puesto que era una inocencia que no armonizaba con la faz granujienta y estropajosa de la que emanaba.

–¿Te gusto, reina? –preguntó el borracho con un tono de voz dulzón y pringoso que delataba una lujuria frustrada y resentida.

–¿Te acuerdas de mí, Lucio?

–Claro que me acuerdo de ti. Una vez fuiste mi hermana.

–¿Por qué has fingido no saber quién era?

–Si te hubiera llamado hermana, no te habrías acercado a mí y me habrías considerado un loco.

El tipo de las gafas de sol intentó aparentar cachaza y tranquilidad, pero le fue imposible improvisar una máscara de filósofo estoico. Había vivido muchos años y, sin embargo, era la primera que veía una escena semejante. No hay viejo que haya vivido todo. Por esa razón siempre es posible hallar una expresión de asombro en quien supuestamente conoce el mundo y todas sus dobleces al dedillo.

–¿Qué ha sido de Armando? –preguntó Patricia a Lucio.

–¿Armando? Dejó de existir hace muchos años. Como yo. Ahora le verás.

–No entiendo nada –musitó Patricia, asustada porque su voz no le pareció un sonido familiar, sino una tenue brisa de aire contaminado.

–Lo irás entendiendo. Y también el idiota de Mr. Pipa.

–Patricia, deja a ese loco y vámonos de aquí –instó, desquiciado y lleno de miedo, el hombre de las gafas de sol.

–Lamento decirles que no podrán ir a ningún lado –afirmó Lucio con el desdén irónico de quien lleva repitiendo el mismo discurso durante años. –Aquí se acaba su viaje.

Patricia se tocó las manos con una mezcla de terror y placer, y recordó confusamente lo que había sucedido. El coche deportivo en que ella y el viejo viajaban se había estrellado frontalmente contra un camión. Lo extraño de todo es que no oyó el estruendo de la colisión y que despertó minutos después. Y lo más aberrante e intolerable de aquella situación es que seguía conduciendo como si no hubiera pasado nada. Cuando divisó el pueblo de su infancia tumbado en la llanura como el cadáver descuartizado de un gigante, a Patricia Pasillos le resultó natural dirigirse hacia allí.

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