Un alpinista en apuros

MI amigo Jacinto ha regresado de los Dolomitas y desea contarme sus experiencias, pero no sus experiencias como alpinista aficionado, sino como furibundo amante en los albergues montañeros. Jacinto es guapo, joven, rico, monta a caballo, esquía desde los cinco años y tiene una colección de escopetas en una casona de Potes. No tiene necesidad de trabajar y no sabe lo que cuesta un billete de metro, pero es un muchacho de poco más veinte años lleno de simpatía y de generosidad. No suele hacer ascos a ninguna broma y es maestro en improvisar francachelas en ambientes rurales. Jacinto es amigo mío porque hace años le ayudé a superar una diarrea en Meknés (Marruecos): le di unos sencillos consejos médicos y le asistí en la recogida de heces líquidas. Admito que soy un especialista en ese tipo de males. Si él no hubiera padecido esa colitis y si no se hubiese hospedado en el mismo hotel que yo, jamás habría oído hablar de él. Solo tenemos en común nuestra afición por el cochinillo segoviano y por la música de Rammstein.

"Acantilados blancos en Rügen", de Caspar_David_Friedrich.

“Acantilados blancos en Rügen”, de Caspar_David_Friedrich.

Estamos desayunando en una cafetería de la calle Prim. Llovizna bastante y el mal humor de Madrid nos acosa desde todos los lados. Pero yo tengo enorme curiosidad por conocer las aventuras carnales de mi amigo en los Dolomitas, de suerte que apenas me turba la ira callejera. Jacinto me cuenta que ha hecho el amor con más de siete escaladoras, todas austriacas y todas proclives a practicar el arte de la mordedura. Le felicito por su gesta erótica, pero él no parece muy feliz.

–Me han pegado algo –confiesa con amargura y miedo.

–Eso es natural, hombre. No te preocupes. Solos los ángeles no pillan nada, pero fíjate qué tipo de vida llevan.

–Me gustaría tomarme el tema con filosofía, pero no puedo. Cómo se entere mi madre. La pobre no se lo merece. –Un trozo de tostada se le hunde en la taza de café.

–Deja de referirte a tu madre como si fuera la Virgen, coño. Vamos a ver, ¿te pica el chisme?

–Más que eso: me arde –responde con ansiedad.

–Anda, vamos al retrete. Quiero ver ese incendio genital.

Una vez en el aseo de señores, mi joven compadre se baja los pantalones y empiezo a examinar su atributo viril mientras él intenta ocultar su turbación con una sonrisa de grumete sodomizado. Un olor a callejuela medieval dimana de su excepcional aparato. Me muerdo un labio y me preparo para ver lo que creo que voy a ver. En efecto, veo supuraciones, viscosas y diligentes supuraciones. Es formidable cómo se expresa el cuerpo humano.

–¿Es grave? –pregunta Jacinto conteniendo la respiración, las manos temblonas, los ojos agrandados por el pánico.

–Eso depende de tu aguante y de tu valor. Este desajuste debe examinarlo un médico, pero estoy seguro de que te recetará unos antibióticos y unas cremas y de que en unos meses podrás volver a los Dolomitas a seducir austríacas. Ahora bien, si pretendes continuar con tu vida de Casanova, te sugiero que empieces a usar condones de calidad. Sé que tu familia es muy amiga de Mr. Rouco Varela, pero eso no os libra a ninguno de vosotros de los males venéreos. ¿Entendido?

Jacinto entorna los ojos con la pena y vergüenza de un patito humillado. Le doy una palmada en la espalda y le propongo concluir nuestro desayuno antes de hacer una visita a un médico amigo mío de Callao que disfrutará diagnosticándole temibles enfermedades.

–¿Crees que he pillado algo incurable? –inquiere con voz susurrante.

–Habrá que sacarte sangre y hacerte unas pruebas muy sencillas. Estate tranquilo. Esto será para ti más divertido que ir a cazar osos a Cantabria.

Pido otra tostada y un poco más de mantequilla. La visión del miembro devastado del alpinista me ha abierto el apetito. ¿Qué me está pasando? Jacinto, entretanto, se remueve en la silla; varios escalofríos deben de estar recorriendo su barriga y poblando de hormigueos sus extremidades. Conozco esa ilustre sensación de miedo y vida. Golpeado por el martillo de la nostalgia, proclamo en tono recitativo:

–Ay, juventud, te marchaste hace años. Juventud divino tesoro, te vas para no volver, cuando quiero follar no follo y a veces follo sin querer.

–¿Qué payasada estás diciendo? –Jacinto no encaja hoy ninguna broma.

–Estaba parafraseando a Rubén Darío.

–¿Quién es Rubén Darío?

–Un tío al que conocí en un tren a Cartagena. Olvídalo. Acaba ese café y vámonos.

–No sé si quiero ir a ver a ese médico amigo tuyo.

–Como tú quieras, pero ese potaje no se va a curar solo. Lo sé por propia experiencia. No lo pienses tanto y ven conmigo. En el peor de los casos, tendrás que estar tomando pastillas hasta el fin de tu vida. Pero eso te hará interesante.

–Deja de tomarme el pelo, joder. Sé que he sido un idiota, pero no tienes derecho a humillarme.

–Escucha, hijo. No te considero un idiota. Un tío que ha sido capaz de hacer gozar a siete austriacas en un albergue de los Dolomitas es para mí un genio, un dios. Palabra de honor. Te habría perdido el respeto si hubieses desaprovechado esa ocasión de poner a prueba tus límites físicos.

–¿Y si me muero? –Las lágrimas inundan sus ojos verdes e infantiles.

–Con austriacas o sin austriacas, morirás igual. Yo también moriré, pero no me llevaré esa alegría que tú te has llevado. Y ahora deja de llorar. La valentía se inventó para estos momentos, no para matar con una escopeta animales aturdidos o para morir por la condenada patria.

Me levanto y me acerco a la barra a pagar los desayunos. El camarero, ligeramente preocupado, me pregunta si mi amigo se encuentra bien.

–No le pasa nada. Ha regresado a España después pasar mucho tiempo en el extranjero y está emocionado de ver su país tan alegre.

–Su amigo es muy optimista –opina el camarero.

–La bendita juventud, compañero, la bendita juventud.

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