Historia de un viejo carnívoro

GERARDO Capellanes es un hombre poco amable, pero es civilizado y posee la humildad necesaria para reconocer que la inteligencia ya no le visita con frecuencia. Se hizo veterinario, viajó, escribió artículos sobre animales salvajes, mató a varias bestias y se odió por ello, leyó poesía simbolista en las noches de Tanzania, siguió viajando, descubrió que el mundo le deprimía, regresó a su casa y esperó con cinismo la vejez. Ahora es viejo y no comprende por qué no tiene coraje para meterse una bala en la cabeza. Entra en la taberna silbando con desgana y me dirige una mirada triste pero benevolente. Aunque no me considera su amigo, respeta mis gustos alcohólicos. Siempre me convida. Su generosidad es un misterio para mí, como su vanidosa modestia. Pide un ron y divaga en voz alta sin ninguna confianza en sus dotes como divagador.

–Lo peor que me ha pasado en la vida: mi desmesurada curiosidad por los seres oscuros, es decir, por mi propia mente. ¿Y lo mejor? Un caballero no debe revelar ciertas cosas, pero como no soy un caballero lo confesaré. Lo mejor, o casi lo mejor, que me ha pasado en la vida ha sido comer carne humana. Matizaré esta afirmación. En realidad se trataba del pellejito de labio de una mujer que me abandonó por un senegalés de gran atributo. Viva Senegal. ¿Mi principal victoria? Tener un cerebro de ratón y hacer que parezca un cerebro normal. Nunca he tenido valor para robar un banco o para ser un yonqui comme il faut. La cobardía, esa moral postiza, me ha permitido ser un ciudadano medianamente legal y aburrido. Me gustar estar solo, muy solo. Ahora bien, si busco con afán la soledad es para evitar que los demás me acaben odiando demasiado. Puedo ser sociable solo durante una hora. A partir de ese momento la gente descubre que no les amo demasiado. Lo que no saben es que amo poco para no odiar mucho.

"Hombre en el baño", de Gustave Caillebotte

“Hombre en el baño”, de Gustave Caillebotte

Capellanes se bebe el ron de dos tragos y se hunde los dedos de la mano derecha en su melena color cocaína. Sonríe como un demonio lleno de dudas y de nostalgia. Pide otro ron, se desabrocha la camisa y me enseña el tatuaje que historia su pecho medio vencido por las arrugas: un mapa mudo de Cataluña.

–Nací en este país, pero lo abandoné a los tres años. Desde entonces, aunque te parezca mentira, no he regresado allí. Catalunya no es más una pequeña España que detesta la Ñ. España, por su parte, es una Cataluña grande que tiene complejo de serlo. Los únicos españoles que no tienen complejo de ser españoles son aquéllos que han renunciado a usar la inteligencia y la razón.

Un camarero le observa con desconfianza. Gerardo sacude la cabeza con desdén aristocrático. Traga saliva y se mira con rencor en el espejo que hay detrás de la barra.

–Madrid se ha convertido durante los últimos meses en una buena capital para ser seminarista. Es una pena que el destino no me haya llamado por ese camino. Creo que voy a irme de aquí. ¿Dónde? Ni puta idea.

Se bebe un par de rones más y paga lo suyo y lo mío. Luego me agarra de un hombro y me besa paternalmente una mejilla.

–No sé si volveré a verte. Ya es hora de acabar con esta locura. Estoy cansado de mirarme en el espejo y de no comprender nada de nada. Para ser feliz hay que ser un animal. Y para ser un animal hay que amar la estupidez.

Se marchó y yo me quedé hojeando un periódico con el corazón mareado por el miedo y por la tristeza. Días después me encontré a Gerardo en un parque. Estaba desnudo y acosaba verbalmente a un grupo de señoras muy arregladas. La policía se lo llevó por la fuerza mientras él recitaba los siguientes versículos de Dámaso Alonso: Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma, / por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid, / por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.    

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