La cacería

El siguiente relato se gestó gracias a las conversaciones sobre biología, eugenesia y darwinismo que mantuve con un travesti de San Francisco en el invierno de 2000. Mi breve estancia en aquella magnífica ciudad obedeció a razones puramente lúdicas. Si ahora hago público este texto se debe a que he sido informado del fallecimiento, por causas desconocidas, de aquel ilustrado y elocuente travesti. Que algún ángel le haya acogido en su choza.

CERCA de un alerce bañado por un sol de invierno un hombre se comía con las manos el lomo de un conejo crudo. Cuando no masticaba ni tragaba, aquel sujeto de boca sanguinolenta y feroz mascullaba blasfemias, eructaba, se rascaba la frente con fiereza y propinaba taconazos al suelo herboso y blando. También se carcajeaba solo por razones que ni él mismo vislumbraba. Era un hombre robusto y observador y su cabello era un pequeño vertedero donde iban a parar las heces de algunas aves. Parecía atesorar la maliciosa astucia de quienes han hurgado en las basuras y de quienes han vagabundeando media vida, y, sin embargo, apenas llevaba un mes viviendo al aire libre. Su empresa había quebrado y su mujer había huido con un locutor radiofónico que presentaba un programa de pediatría. Si no había enloquecido, este vagabundo estaba cerca de estarlo, pues la mayoría de sus reacciones habrían sido reprobadas en cualquier asamblea de personas convencionales. A sus pies se extendía un valle salpicado de ovejas difuntas y de arroyos que solo arrastraban fantasmas de peces. Algunos ciervos enfermos se detenían para observarle y él los espantaba arrojándoles pellas de hierba mojada. Dormía entre las ruinas de lo que había sido una ermita románica, entre estatuas de apóstoles que habían sido despedazas y profanadas por generaciones de borrachos y de onanistas rurales cuyo semen había ahogado hormigas recién nacidas. La estatua de terracota de un santo cubierto de orín y mellado por miles de intemperies servía de almohada al vagabundo. No muy lejos de allí, en la falda de una montaña saturada de pinos crepusculares donde algunos rayos habían tatuado las sílabas de remotas tormentas, se alzaba un grupo de casuchas coronadas por chimeneas que solo vomitaban un silencio rancio y rencoroso. Hubo un tiempo en que aquellas casuchas habían dado cobijo a pederastas evadidos duchos en lenguas clásicas. Aquella mañana, el indigente, mientras masticaba los restos del conejo, vio cómo una cuadrilla de cazadores se acercaba a él con aire fatuo y chulesco. Los cazadores olían a cuero, a ante, a tabaco, a mapache despellejado. Conversaban alegremente sobre sus familias y sobre la situación del país. Los cazadores, que eran cinco y que tenían aspecto de haber cenado la noche antes cochinillo de Nebraska, portaban rifles mannlicher de mira telescópica. El vagabundo dejó de engullir su pitanza y se puso de pie y dejó caer el lomo de conejo sobre la tumba de una mariposa aplastada y puso los brazos en jarra. Los cazadores sonrieron y escupieron y algunos se rascaron la entrepierna y apuntaron al pordiosero con sus rifles mientras el jefe de ellos instaba con desdén al desgraciado a que corriera con el fin de que la cacería resultara menos sencilla y más emocionante. El vagabundo reconoció al cazador que le había ordenado huir. Era un famoso filántropo que había flirteado con la política, con el deporte profesional y con otros ámbitos no menos idolatrados.

"Trusty Companion", deKyle Polzin

“Trusty Companion”, deKyle Polzin

La sombra de un halcón peinó la ceñuda soledad de unos peñascales y en el silencio contumaz que sobrevino se pudo oír la flatulencia de una vaca lejana cuyas ubres llevaban años sin donarse al arte del ordeño. El vagabundo negó con la cabeza, se desabrochó los pantalones y mostró sus posaderas a los depredadores de modo desafiante. Se oyeron más de cien disparos. Todas las balas penetraron el blanco escogido y los ojos de una docena de ciervos ocultos presenciaron aquel tributo al dios de las masacres. El cadáver del malogrado empresario, si es que podía llamarse cadáver a aquella confusa y hemorrágica agrupación de huesos y músculos, fue incinerado en una hoguera. Los cazadores, molestos y amoscados por la falta de oposición de su presa, decidieron no beberse las botellas de gran reserva que llevaban en sus mochilas. Un águila voló alrededor de la columna de humo en que viajaban los últimos compendios de una vida humana. Una bala rozó el pico de la rapaz y se perdió en el abismo del viento como el recuerdo de aquella cacería fue succionado por la carcajada de la naturaleza.

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