El sueño de una tarde de otoño

Relato de algunas de las visiones que me asediaron una tarde reciente mientras me echaba una larga y discontinua siesta tras haber ingerido un par de platos de brócoli. La siesta se vio interrumpida por mi necesidad de excretar. Durante los cinco minutos que pasé en el retrete tuve la oportunidad de liquidar un minúsculo insecto mientras reflexionaba sobre lo soñado. Concluida la excreción regresé a la posición horizontal para tratar de reingresar en el mundo onírico de hacía un momento. Lo conseguí. La ejecución del texto siguiente fue acometida en un estado de absoluta sobriedad.

EN una mañana de domingo todos los seres humanos del mundo, incluidos los ciegos y los sordos, dirigieron los ojos al cielo porque en el cielo se encontraba el mismo Dios. ¿Cómo era Dios? Es complicado de decir en dos páginas. Haría falta un libro gigantesco para contener su descripción, pues cada persona veía a Dios bajo una apariencia distinta. Para un ladrón de Dublín, Dios tenía el aspecto de un señor tocado con chistera que parecía muy cansado y muy melancólico; para un curtidor de cuero de Marrakech, Dios era una bailarina de abundantes carnes rosadas que cimbreaba la cadera y sobre cuyo vientre tembloroso y algo pálido cabrilleaban los rayos del sol; para un político francés, Dios era una guillotina de acero muy hermosa y resplandeciente cuya hoja afilada lanzaba un silbido sostenido que hechizaba a los pájaros y las mariposas; para un biólogo de Nueva Inglaterra, Dios era un híbrido de célula y de microscopio; para un adolescente de Bogotá, Dios era un gigante holograma de Darth Vader que consagraba una hostia no menos gigante, y así hasta el último y más olvidado y despreciado habitante de la Tierra. Hasta los ciegos, merced a un fenomenal prodigio, pudieron discernir durante unos instantes una silueta en el firmamento. Comoquiera que todas las personas ofrecían a sus compatriotas una descripción diferente del fenómeno que se desarrollaba sobre sus cabezas, no tardaron en estallar discusiones violentas en pueblos y ciudades que degeneraron en peleas y en disturbios. Durante varias horas el mundo se sumió en caos: hubo heridos y hubo muertos, y nadie consideraba al vecino o al hermano como hombre cuerdo.

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Los líderes religiosos del mundo celebraron una reunión urgente en Nueva York para llegar a un acuerdo sobre cuál era el auténtico aspecto de Dios y así detener la carnicería global. Sin embargo, tras varias horas de tensa discusión, los venerables y sabios ancianos no alcanzaron ningún acuerdo sobre la cuestión divina y terminaron insultándose y llegando a las manos e incluso a los pies, que no son menos útiles en momentos de gresca. Algunos testigos dicen que el Papa propinó un puntapié en el culo a un famoso rabino de Amberes y que uno de los ayatolás más carismáticos de Asia mordió la oreja al Arzobispo de Canterbury. Incluso el Dalai Lama, célebre por su mansedumbre, se reveló como un solvente púgil al destrozar la mandíbula de un zurdazo al patriarca de la Iglesia Ortodoxa griega. El presidente de Estados Unidos, presente en la reunión, quiso poner paz, pero fue asesinado a golpes por los asistentes.

Estaba anocheciendo en la bahía de San Francisco y amaneciendo en Sydney cuando Dios habló por fin. Describir su voz resultaría tan fatigoso e interminable como describir su aspecto, puesto que cada ser humano oyó un timbre de voz diferente. Hasta los sordos recuperaron por unos segundos el don de oír para captar el sonido que llenaba el cielo y que traspasaba la atmósfera detenida del globo. Todas las peleas y guerras se interrumpieron al instante y se hizo un silencio perfecto y cerrado, el más perfecto y cerrado que quizá haya conocido ese planeta del sistema solar. Dios dijo:

–He venido a anunciaros que estoy muerto. Llevo muerto mucho tiempo. No sé si siglos o segundos. Nunca he llevado reloj.

Millones de voces se alzaron para gritar:

–No, nos tomes el pelo. Estás vivo. Más vivo que nunca.

–Vuestros sentidos os engañan: estoy muy muerto.

–¿Te has vuelto loco? –gritó otro millón de voces. –Te estamos viendo y oyendo.

–Estoy muerto, coño. No os pongáis pesados. Y ahora me voy.

Dios se marchó y dejó a los seres humanos discutiendo sobre si era verdad o mentira lo que había anunciado. Durante varios años hubo una guerra mundial entre quienes sostenían que Dios estaba realmente muerto y quienes aseguraban que Dios estaba vivo. Los primeros vencieron e impusieron sobre los vencidos su certeza. Durante varias décadas se consideró delito de blasfemia castigado con la silla eléctrica proclamar que Dios existía, pues era contradecir la palabra del mismísimo Dios, quien se había tomado la molestia de acercarse a las inmediaciones de la Tierra para confirmarlo de viva voz. Dudar de aquello se antojaba monstruoso. La religión oficial y obligatoria en todo el mundo pasó a ser una extraña religión cuyo principal mandamiento consistía en negar la necesidad de una religión, toda vez que Dios, al declararse muerto, también había decretado indirectamente la muerte de cualquier creencia o culto.

Se alzaron millones de templos en todas las naciones donde los fieles se congregaban cada domingo para dar gracias a Dios por haber anunciado su propia muerte. Los templos eran edificios esféricos construidos en titanio que trataban de imitar la forma del globo terráqueo. Esta inverosímil y excéntrica religión también disponía de una numerosa casta sacerdotal. Para ingresar en ella había que acreditar un hondo conocimiento de la nueva teología. Este saber se componía de millares de enunciados en que se trataba de argumentar racionalmente la existencia de un Dios que había dejado de existir por el bien de sí mismo y de la humanidad. Quien cometía la imperdonable ligereza de hacer la broma más inocente sobre alguna de las proposiciones de esta paradójica teología corría el riesgo de ser condenado a muerte. La carne de los bromistas y de los blasfemos se procesaba con el fin de que sirviera de refrigerio eucarístico para las ceremonias de los domingos.

Y pasaron las décadas. Y llegó un día en que sobre la faz de la Tierra no quedaba con vida ninguna persona que hubiera sido testigo de la jornada en que Dios anunció su muerte. No obstante, muy pocos ponían en duda los dogmas de la nueva religión, que ya no era tan nueva, pues llevaba practicándose en el mundo más de un siglo.

Entonces una mañana de domingo Dios volvió a comparecer ante el género humano. Su aparición repentina desencadenó el mismo caos de la vez anterior. Dios dijo esta vez:

–He venido a anunciaros que estoy vivo.

–Eso es imposible –gritaron millones de voces. –Hace más de un siglo viniste para proclamar tu muerte. Así está recogido en nuestro libro. Eres una ilusión. Tú no eres el verdadero Dios. Aquél ya no existe.

–Si no me creéis, ése es vuestro problema.

Y Dios, o lo que fuera aquella mancha que fluctuaba en el cielo, se evaporó. En el mundo estalló una nueva guerra mundial entre quienes negaban crédito a aquellas palabras y quienes pedían la abolición de la religión oficial por considerar que aquel extraordinario suceso venía a refutarla categóricamente. Esta contienda fue más larga que la anterior y concluyó con la derrota de todos: el uso desmesurado de armamento nuclear impidió que los pocos supervivientes pudieran celebrar su victoria o lamentar su derrota. El planeta había quedado totalmente devastado y el hedor a carne contaminada hacía muy felices a las ratas, cada vez más numerosas y cada vez más enormes. Algunas de ellas alcanzaron el tamaño de un antílope o de un bisonte. Nadie sabe quién fue el último ser humano en sucumbir a la glotonería de los monstruos gigantes. Nadie sabe tampoco qué sucedió para que algunas ratas comenzaran de repente a hablar, a fumar, a escribir con sus pezuñas y a adoptar paulatinamente una forma homínida. Lo que sí se supo es que varias civilizaciones de roedores inteligentes que adoraban a un dios hecho a su imagen y semejanza dieron paso a una nueva raza de hombres.

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