El botellazo

(Relato inspirado en la breve narración que me brindó un mendigo cocainómano de Badajoz al que convidé a unas cervezas. Antes de concluir la noche, el mendigo llamó a otros mendigos y destrozaron parte del tugurio en que nos hallábamos. Dos días después, tras superar la resaca de cerveza y de narcóticos infames, escribí lo que viene a continuación).

I

ES un hombre todavía joven en cuya expresión flamea la bandera del orgullo y del miedo, dos perturbaciones mentales que suelen viajar juntas. Acaba de llegar a Madrid y se llama Carlos Basora y empieza a buscar trabajo después de tomarse un café en la estación de autobuses de Méndez Álvaro. Durante más de cinco horas recorre calles populosas de ociosos que fingen hacer algo y durante ese tiempo ofrece sus servicios en bares y en tiendas de moda y en locales de electrodomésticos. Solo recibe negativas y miradas de burla y de incomprensión. Quien le escucha y observa queda sorprendido ante tamaño espectáculo de ingenuidad.

Esa noche pernocta en una pensión de la calle Valverde. Antes de dormir cuenta todo el dinero que tiene y comprueba que, tras haber pagado la habitación por adelantado, solo le quedan cien euros. Se acuesta y se duerme enseguida. Una cucaracha sale de un rincón y se encarama a uno de los zapatos del durmiente y se queda a descansar en su interior. A la mañana siguiente, tan pronto como se ha calzado, Basora siente en las puntas de pie derecho el contacto de un bulto crujiente que cede y se quiebra fácilmente hasta quedar desmigajado. El hombre blasfema, pero no se quita el zapato para averiguar qué negligente criatura ha sido aplastada. Basora tiene unos pies grandes, circunstancia que siempre le ha hecho despreciarse.

Desayuna un café y una porra, se rasca el pecho y se mira en los espejos de un bar donde rayos de sol buscan cobijos en los pliegues de cruasanes secos. Es sábado y la ciudad está aburrida y perezosa como una iglesia de pueblo. Basora pregunta al camarero si necesitan a alguien. El camarero, que tiene aspecto de ser el propietario de aquel local, alza los hombros y mira con fastidio a Basora. No obstante, le dice:

–Me gustaría ayudarle, pero aquí solo hay trabajo para mí. El negocio va de puta pena. Todavía me lamento de haber montado este jodido sitio para nada. ¿Qué sabe hacer?

–Cocino, limpio, sé hacer masajes y puedo hablar algo de francés y de alemán.

–Si sabe idiomas, váyase de este puto país. Aquí no solo hay trabajo para los idiotas que estén dispuestos a trabajar por una miseria.

–¿Y qué voy a hacer yo fuera de mi país? Si ando jodido aquí, estaré más jodido en el extranjero.

–Bueno, hombre, eso depende. No sea tan pesimista. Así no llegará a viejo.

Basora saca unas monedas, las planta en la barra y sale del bar sin pronunciar ninguna frase de despedida. El camarero le dice algo desagradable, pero él no se vuelve.

Llega la noche y Basora decide beber sin medida. Atraviesa calles dominadas por un olor a meada antigua. Un gato muerto contempla la noche desde su eternidad gelatinosa. Basora está a punto de pisarlo, pero un viejo le previene. Es un viejo que come caramelos y que luce en el antebrazo el tatuaje de una motocicleta accidentada. Basora le da las gracias y prosigue su camino entre jóvenes que llevan en los ojos un educado odio a sus progenitores.

Basora entra en un local penumbroso de cuyas paredes cuelgan retratos de valientes y esforzados heroinómanos que pasaron a la historia de la música.

Cerveza

II

SIETE de la mañana. Olor a pájaros sanos y deportistas. Un aullido de sirena a lo lejos. Quizá una ambulancia esté transportando los restos de un joven seriamente intoxicado. Carlos dormita en un banco de madera, brazos desmañadamente cruzados, la cabeza ladeada hacia un hombro, la cremallera desabrochada. La luz del pálido amanecer acaricia y alumbra un chorro de baba que escapa de sus labios entreabiertos. Una paloma le olfatea los pies. Es domingo.

–¿Quieres que te invite a desayunar?

Carlos abre los ojos y ve a un hombre de unos veintisiete años metido en un abrigo de tweed. Muy erguido, muy confiado, el desconocido le mira con la bondad jocosa e hiriente de los conquistadores. Carlos asiente con una indolente cabezada y se levanta del banco como un autómata y sigue al joven del abrigo hasta un vehículo deportivo estacionado en la Plaza de Canalejas.

Media hora después ambos se hallan en el interior de un ático amplio y luminoso. Carlos entrecierra los ojos porque tanta claridad le incomoda y le turba. Todo parece envuelto en una atmósfera metálica, exacta, precisa. Quizá sea por la solidez y destellante parquedad de los muebles. Quizá sea por la exagerada limpieza y por el enfático orden que presiden la vivienda. Es como si el tedioso dios de la simetría no dejase de recitar soliloquios entre efluvios a detergente y desodorante. Carlos observa cada elemento del inmueble con el desdén que trata de enmascarar las envidias más profundas y desconocidas. El hombre del abrigo revela su identidad. Se llama Hugo y trabaja de analista financiero.

–Hace cinco años yo vivía con mis padres en un piso de Getafe. Un sitio de mierda –confiesa–. Yo solo era un licenciado en Ciencias Exactas, pero me atreví a jugar. Esto que ves es el resultado de mi atrevimiento y de mi buena suerte.

Carlos abre la hoja de una puerta ventana y sale a una pequeña terraza cuadrangular ocupada por unas sillas ergonómicas dispuestas en triángulo. Desde allí, a más de setenta metros del suelo, es posible sentir el caos de la ciudad como si se experimentase la respiración de un mamut enfermo y humillado. Carlos aspira el ruidoso perfume procedente de la M-30. El presente en bruto entra en sus pulmones y le hace sentirse fuerte y poderoso, sensación que le amedrenta. La voz de Hugo comparece de súbito detrás de él.

–Aquí me resulta sencillo sentirme superior.

–Yo no podría vivir aquí –comenta Carlos sin creer en sus propias palabras. – Es todo muy chabacano.

–Por eso me gusta. Prefiero la belleza de lo chabacano a la belleza empalagosa de la naturaleza.

–Porque eres un ser chabacano –afirma Carlos.

–Es posible, pero reconocerás que estoy más preparado para este mundo que los melancólicos como tú. Has debido de caer muy bajo para enorgullecerte de la mierda que representas. No hay más que verte.

–Presiento que este desayuno me va a salir caro. Me has traído aquí para humillarme, ¿no?

         –Quiero ayudarte, pero solo puedo ayudarte si me dejas decirte la verdad.

–Estoy deseando escucharla.

–Tú te levantaste una mañana con escrúpulos y decidiste ceder el paso a los demás. Luego acabaste luchando contra el sistema porque el sistema no premió tu gentileza. Ahí empezó tu caída. Pierde quien cree que es más humano ceder siempre el paso a los demás.

–No lucho contra el sistema. Luchar contra el sistema es una forma de vivir en él.

–Entonces eres más grotesco de lo que pensaba. Siento algo de simpatía por los fracasados que deben su fracaso a su exceso de generosidad y a su vena humanitaria, pero los fracasados que solo desean vivir al margen de todo me dan asco.

–Yo hablaba como tú hace bastantes años. Es curioso cómo nos parecemos las personas. –Una sonrisa sarcástica confirió un brillo de astucia al rostro perezoso y anodino de Carlos.

–Yo nunca me pareceré a ti.

–¿Te han dicho que hueles a nuevo rico?

–¿Y debo avergonzarme por ello? Media humanidad huele así y casi la otra media aspira a oler de ese modo.

–Ya empiezo a estar de harto de tu filosofía. –Carlos acerca su nariz prominente a la nariz chata del analista financiero. –Eres imprudente.

–No eres un ladrón ni un asesino. Solo eres un mal poeta de la vida sin público. Tal vez no seas ni eso. ¿Por qué no te sientas y te relajas un poco? Voy a preparar café y tostadas.

–Espera un segundo.

Carlos entra en el apartamento y coge un ordenador portátil que hay en una mesa de cristal y regresa a la terraza. Entonces Hugo contempla horrorizado cómo su invitado se sitúa ante la barandilla del balcón y arroja al vacío el equipo informático.

–Tu mundo es más frágil de lo que piensas, soplapollas –brama Carlos, cuyo rostro arrugado por el alcohol queda embellecido repentinamente al reflejar una ferocidad de justiciero. –La próxima vez elige mejor a tu víctima.

–Voy a llamar a la policía, hijo de puta –Hugo hace crujir las articulaciones de sus dedos. Intenta dominar su ira y su odio, pero la voz le tiembla y no tarda en derramar varias lágrimas. Como un niño desconsolado y débil, se da la vuelta y abandona la terraza con paso menesteroso.

Carlos Basora suelta una carcajada nostálgica y se queda observando durante varios minutos las lejanías erizadas de edificios y tejados. Hace unos meses se habría odiado por lo que ha hecho, pero ya no se reconoce. Incluso le es indiferente que venga la policía. De pronto se pregunta si dispone de valor para saltar desde ahí arriba y así terminar de una vez con todo. Pero un olor a huevos revueltos y a pan caliente le saca de sus reflexiones y cae en la cuenta de que tiene bastante hambre. Regresa al interior del apartamento y se encuentra a Hugo desayunando con voracidad ante una mesa redonda. Sin pedir permiso, se sienta frente al anfitrión y se lleva a la boca un cruasán recién salido del microondas. Ambos hombres cruzan miradas burlonas y escépticas.

Diez minutos después están acostados en la cama, medio desnudos, masturbándose mutuamente y lamiéndose como mocosos inexpertos cuyas lenguas buscan el pezón materno. Suena de fondo música de Wagner, compositor favorito de Hugo. A los pies de la cama se alza una pipa de agua traída de Egipto. Basora, en un momento de excitación, lanza una patada involuntaria a la pipa y ésta se tambalea como un torreón de juguete difundiendo un ruido rítmico de plástico vacilante. Los gritos de placer llegan pero llegan tímidamente. Un charco de semen tiembla sobre el muslo derecho de Hugo.

Luego se duchan y se sientan en la terraza, donde toman café con galletas. La sonrisa de Hugo contrasta con el rictus tétrico de Carlos. Un avión enseña su fuselaje lácteo a la ciudad y se adentra en un túnel de nubes moradas y cobrizas. Declina la tarde y la luna se hace notar en el cielo y el aire transporta una respiración a motores quemados.

–¿Puedes dejarme dinero? –pregunta Basora mirando la ciudad desdibujada por las sombras del ocaso.

–No. Pero puedo ayudarte a buscar trabajo. Mientras tanto, puedes vivir aquí. No soy tan mala persona.

–No quiero caridad.

–En tu situación, si no me has mentido, creo que no tienes más remedio que aceptar la caridad de alguien.

Basora estudia la cara satisfecha de su benefactor y se muerde la cara interior del carrillo derecho. Se come una galleta mientras sacude la cabeza. Una hora después, abandona el ático de Hugo.

Hugo yace muerto en el suelo. Ha recibido un botellazo en la nuca y sus ojos abiertos todavía sonríen. Quizá tendrían algún motivo para ello.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s