Una lengua del más allá

Madrid. Año 2005. Es una madrugada fresca de comienzos de octubre. Llovizna de un modo tenaz, casi sajón. Me despido de unos apestosos camaradas y salgo del bar donde he pasado las últimas dos horas. Camino tranquilamente por la calle Segovia, las manos en los bolsillos, los dedos de los pies entumecidos e insensibles, varias gotitas de lluvia me perlan la frente y la nariz. Para no caer en el pozo de la melancolía, a pocos metros del viaducto, me pongo a canturrear quedamente una canción tirolesa, porque de repente recuerdo con cariño a una vaca austriaca que amenizó uno de los veranos de mi adolescencia. Todo está muy silencioso y la oscuridad es espesa como una sotana. El único ser vivo que diviso es una rata solitaria. Le doy las buenas noches, pero es una rata maleducada y se oculta rápidamente bajo unos coches. Entonces pienso en la calidez de unas sábanas y de una manta y pienso en la tibieza de una habitación donde podré descansar unas pocas horas antes de entrar en el periódico.  La anciana feroz

Una especie de gañido canino suena a mis espaldas. Dejo de canturrear, me doy la vuelta. No veo a ningún perro. Se trata de una anciana de cabellos plateados y de aspecto frágil que parece haber sido escupida por un túnel del tiempo. La vieja babea y saca una lengua rosada y fofa y la cimbrea al modo de las serpientes de pitón. Tiene los ojos saltones, negros, cubiertos por unas trémulas sanguinolencias. Me mira con un odio alegre y festivo. Le huele el aliento a condón usado y su respiración suena como el resuello de una bestia enjaulada. Presiento en aquel ser una tensión anímica y espiritual que no es humana. No puedo moverme. Mi sangre está fría como una cabaña nórdica y se me ha revuelto el estómago. Creo que he manchado los calzoncillos. Hago acopio de valor y me atrevo a musitar:

–¿Se encuentra bien, señora?

Una sonrisa sardónica aflora a los labios gruesos de aquella criatura. Quiero echar a correr, pero apenas puedo despegar los pies del suelo. La lengua de la vieja se aproxima a mis ojos y oigo cómo alguien muy próximo a mí emite un horrísono alarido. El terror me impide percatarme de que he sido yo quien ha chillado. Cierro los ojos y siento cómo un órgano viscoso se desliza sobre la puerta de mis párpados. Una fetidez descomunal me aturde. De repente me invade un sentimiento de vergüenza. “Tengo que hacer algo. Esta lengua no puede seguir sacando brillo a mi rostro”, me digo para mis adentros. Abro los ojos y agarro por las muñecas a la vieja con intención de tronchárselas. Pero descubro horrorizado que la anciana atesora la fuerza de diez hombres. Primero se desembaraza de mis dedos crispados y a continuación me agarra por las solapas de mi abrigo y me levanta del suelo y me lanza un escupitajo en la boca y me arroja contra la fachada de una botica. Aunque no tengo ningún hueso roto, el pánico me ha dejado paralizado. La vieja se acerca hasta mí y me pisa un pié con saña mientras se carcajea simiescamente. Me he orinado en los pantalones y no sé qué piensa hacer conmigo esta abuela monstruosa cuya mirada rabiosa me está haciendo perder la razón. Desesperado, alzó los ojos al cielo y pido ayuda. Entonces la vieja lanza un aullido y se aleja corriendo como un galgo.

Quizá he olvidado algún detalle, pero esto fue exactamente lo que me sucedió. No estaba demasiado borracho ni había tomado alucinógeno alguno. Ojalá fuera esta historia una de mis bromas ridículas. La realidad es que nunca sabré si aquella anciana venía de algún respetable infierno.

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