Elogio del ridículo

EL miedo a hacer el ridículo conduce a innumerables seres a establecerse para siempre en los dominios de la mediocridad. Por suerte o por desgracia, el talento no puede desarrollarse en un individuo encadenado perpetuamente al ideal de respetabilidad y de seriedad santificado por el espíritu de una época determinada. Reparemos en la actitud de muchos de nuestros políticos. La ciudadanía se queja de su supuesta incompetencia, de su escasa honradez y de su poca capacidad para resolver los problemas más básicos y cotidianos. Se les califica sistemáticamente de ignorantes, de mentirosos, de oportunistas. Pero, si se revisa el currículum de algunos parlamentarios, se comprueba que disponen de una experiencia y de unos conocimientos académicos dignos de consideración. ¿Qué les hace ser, sin embargo, tan contemporizadores, tan pasivos, tan previsibles, tan lejanos, tan ineptos, tan distantes de las preocupaciones humanas y tan insensibles a los gritos de auxilio de los ciudadanos más menesterosos? Hay varias razones, pero una de ellas no es otra que el temor a ser catalogados de excéntricos por sus propios compañeros de partido, de familia o de club social. Y la excentricidad, sobre todo en España, no es bienvenida. La excentricidad es casi un insulto a la mayoría y al buen gusto imperante. La excentricidad se considera peligrosa y escasamente solidaria. Si usted recibe el calificativo de excéntrico significa, más o menos, que no está preparado para entender el doble o triple lenguaje que ha de manejarse en los desfiladeros sociales que ascienden serpenteantes hasta las cimas del poder.

La excentricidad sólo se le permite al dueño de una elite determinada o al patriarca de una secta, sea ésta ideológica, cultural o religiosa. Hay una ley no escrita en el inconsciente colectivo de algunos pueblos, entre ellos el español. Esa ley puede formularse del siguiente modo: “Mientras usted no conquiste el privilegio a ser obedecido, usted no puede mostrarse tal como es, esto es, no debe decir todo lo que piensa”. La consecuencia de la universalización de esta conducta es la obstrucción de las cañerías que conforman el alcatarillado básico de la opinión pública. Y no hay forma más infalible de hacer enfermar a una democracia, régimen que se nutre inexorablemente del constante intercambio de ideas nuevas y arriesgadas, que mantenerse silente y gazmoño y pazguato por miedo a la exclusión o al anonimato. Es así, por ejemplo, cómo los individuos cargados de ideales regenerativos, tan pronto como empiezan a hacerse un hueco en los gallineros mediáticos,  acaban adoptando como propios los atributos de doblez y de pusilanimidad que tan útiles y necesarios resultan para mantenerse en las alturas sociales. Nos guste o no, la hipocresía es un vicio difícil de desarraigar, porque es placentero y es posible apagar los remordimientos que despierta en su portador echando sobre la hipocresía más hipocresía.

Los grandes partidos políticos, tal como están estructurados y jerarquizados actualmente en España, no son fábricas de líderes audaces ni imaginativos, sino surtidores incesantes de portavoces monocordes y sumisos y cautelosos hasta la extenuación, a quienes sólo parece moverles el afán de agradar a sus superiores y de no despertar la envidia de sus compañeros con el fin de hacer una brillante carrera. Cuanto más servil, prudente y calculador en sus juicios se muestra un aspirante a líder o un candidato a presidente de grupo o de empresa o de país, más posibilidades tiene de prosperar y de destacar entre sus colegas y competidores. Hacer méritos hoy día consiste en no abrir demasiado la boca ni exponer con claridad los puntos de vista que se tienen hasta que se tenga plena seguridad y constancia de que los aprueba una amplia mayoría. Por el contrario, quien no es víctima del miedo al ridículo, quien es fiel a sí mismo y se atreve a apostar por un caballo que aún no es ganador, genera suspicacias pegajosas y puede ser destinado de por vida a la retaguardia.

Para resolver grandes problemas hay que vencer el miedo al fracaso, porque lo más natural, cuando se intenta resolver una gran crisis, es cometer grandes equivocaciones antes de dar con una solución válida. Los líderes del presente no inspiran confianza porque tienen pánico a dar un mal paso y a hacer el ridículo. De ahí que tomen, en bastantes casos, medidas tibias y poco comprometidas con las verdaderas exigencias e inquietudes de quienes malviven con empleos infames o naufragan en la ociosidad lacerante que depara una inactividad forzosa. E. M. Cioran escribió: “Aquel que teme al ridículo no irá nunca muy lejos ni para bien ni para mal, permanecerá más acá de sus talentos y, aunque tenga genio, estará condenado a la mediocridad”.

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