La lectura infinita

UN trozo de queso manchego espera en el plato mientras la cafetera regurgita como una bestia diminuta con voz de aluminio. El sol lleva un par de horas asomándose a las ventanas de la cocina como si estuviese esperando una taza de café con leche. Varios periódicos atrasados yacen apilados en un rincón, contra la pared de baldosas, y el cadáver de una mosca, arrastrado por una ráfaga de aire, se estrella contra la rueda del carro de la compra. Dentro del carro hay unos tomates y una coliflor y una caja de huevos. El grifo gotea a intervalos irregulares. Es un grifo viejo, pero sigue vertiendo agua clara. Un tenedor pringoso envejece en el fregadero. El cubierto lleva varios días ahí tumbado, como si estuviera enfermo o como si estuviera recordando los instantes en que se hundía en la superficie de un filete o en la panza de una manzana. Cuelga un reloj en una pared de la cocina, pero es un reloj muy tímido. Apenas se le oye. Quizá sea un reloj con vocación de fraile. Quizá debería marcar las horas en el interior de una celda habitada por un insomne cartujo.

Sobre la mesa del office reposa una jaula y en la jaula agoniza un pájaro de plumaje azul y verde. Es un periquito. Ya no canta porque padece una enfermedad respiratoria. Pero nadie lo sabe. Morirá en unas horas y su tumba será una bolsa de basura. Frente a la jaula, apoyado contra la pared hay una imagen de un Cristo clavado en la cruz en presencia de la Virgen María y de San Juan. Este Jesús no luce barba ni posee una complexión atlética. Es más bien rechoncho como un campesino búlgaro y mantiene los ojos cerrados. Un rictus de desprecio nihilista se enseñorea de su rostro pálido. Un foxterrier famélico observa la imagen con ojos indolentes y porcinos. Es un perro que lleva años aburriéndose en ese piso. Una vez se tiró desde una de las ventanas de la cocina. No se despachurró contra el suelo del patio interior del edificio porque se quedó enganchado entre las cuerdas de tender la ropa. Una vecina lo rescató y lo devolvió a su dueño sano y salvo. Pero este perro ha intentado arrojarse más veces al vacío. Ni él mismo tiene claro por qué lo hace.

En una habitación cercana un hombre se ha quedado dormido mientras leía o simplemente hojeaba una gruesa novela de George Eliot. El hombre, envuelto en un batín con un dragón bordado en la espalda, está sentado en un sofá y su cabeza se inclina hacia adelante, la barbilla hundida en el pecho, las manos entrelazadas sobre las páginas de la novela, los labios húmedos, babosos. Lleva varios minutos en esa posición. Es posible que haya muerto y que ya no pueda masticar ni saborear el trozo de queso manchego que espera en el plato. ¿Quién se beberá el café? ¿Quién dará sepultura al periquito? ¿Quién evitará que el foxterrier salte de nuevo desde la ventana al fondo del patio? El hombre esboza una irónica sonrisa. Parece satisfecho en su actual estado. A decir verdad siempre dijo a sus amigos que quería morir con un libro sobre el regazo. No especificó, sin embargo, con qué tipo de libro deseaba extinguirse.

A miles de kilómetros, frente a un bosque de abetos y frente a un lago disciplinado que copia la meditación de las nubes, un hombre rubio y de piel colorada está leyendo la historia del hombre que ha muerto leyendo una novela de George Eliot. El hombre rubio también tiene un pájaro en una jaula y un perro aburrido. Vive desde hace años, o siglos, en una ceñuda cabaña que nadie ha visitado. De repente, este hombre, sin ilusiones y sin esperanzas, tiene la sensación de haber existido en otros países y en otras casas y de haber dado de comer y de beber a otros animales. Y también tiene la sensación de que ha muerto varias veces y de que volverá a leer en otros mundos y en la eternidad de otras bibliotecas.

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