Historia de un chulo

YO tenía en el colegio un amigo muy osado, hablador y simpático que aspiraba a ser presidente del Gobierno. Los años transcurrieron y no pudo ver cumplido su sueño. El destino le había preparado otra sorpresa: ser bailarín de striptease. Su familia le retiró la palabra y él me la acabó retirando a mí. No porque yo censurase su honorable profesión, sino porque no había elogiado suficientemente su labor literaria. Tras concluir su jornada laboral, mi amigo regresaba a casa entre las últimas sombras de la madrugada, se atiborraba a cafés con leche y, a la luz pálida del amanecer, escribía relatos inspirados en su experiencia como bailarín. En todos ellos aparecía un homosexual poderoso y caciquil que pretendía sodomizar a un modesto pero atractivo artista de la noche acosado por las deudas y por los abucheos. Recomendé a mi amigo que introdujera en sus historias algunas variaciones temáticas, así como personajes de otro perfil. Le sentaron mal aquellas observaciones, me dio la espalda y desapareció de mi vista durante años.

Hace unos meses me reencontré con él en una ferretería de López de Hoyos. Tenía un aspecto magnífico y estaba comprando una cajita de clavos. Cuando me vio me estrechó la mano con entusiasmo y me propuso beber una cerveza. Tras pagar el importe de unas bombillas, le seguí a la calle y después al interior de un bar cuya indignidad decorativa estaba compensada por la voz de Camarón. El bailarín me contó que ya no bailaba más y que tampoco se desnudaba en ninguna tarima, pero que había encontrado su lugar en el mundo.

–Me he casado con un viejo que caga millones –anunció con orgullo de gañán.

–¿Es muy viejo tu esposo?

–Me saca casi treinta años y está casi ciego, pero hace lo que yo le digo. Solo quiere compañía y que le ponga cachondo de vez en cuando.

–¿Y tú eres feliz con ese tipo de vida?

–Hay días en que le abriría la cabeza por ser tan baboso y tan nenaza, pero algún inconveniente tiene que haber en ganar sin dinero sin trabajar. Te llevaré a casa para que lo conozcas.

–No sé si es buena idea.

–Te aseguro que te divertirás –En el semblante del bailarín flotaba una sombra de alegre venganza.

Finalmente me venció la curiosidad y le acompañé hasta una casa de ladrillo beige con mansardas y balcones, situada cerca del Paseo de la Habana. Franqueamos la puerta de una valla metálica y recorrimos un tenue sendero de piedras lisas. Los arbustos de un jardincillo salpicado de jacintos susurraban y se agitaban por obra de un viento hacendoso. Un portón tachonado se abrió, entramos. El vestíbulo era luminoso y amplio, y no habría dejado de ser amplio de haber alojado allí a la biznieta de Moby Dick. Subimos por una escalera central de madera y nuestra breve peregrinación acabó en un saloncito que daba a la fachada principal.

Medio recostado en un sofá de cuatro plazas y rodeado de librerías y de muñecos hinchables diseñados en una factoría de Japón, se hallaba el marido de mi amigo. Era un hombre flaco, huesudo, de perfil asirio. Solo vestía un kimono y parecía molestarle el hecho de no poder estar completamente desnudo. Sobre su regazo descansaba un rimero de páginas encuadernado con anillas. A sus pies se apilaban desordenadamente más manuscritos. En el reposabrazos izquierdo del sofá brillaba un abrecartas de plata. Mi amigo me había explicado durante el trayecto que su esposo formaba parte del jurado de un importante premio de novela. Supuse que este caballero estaría hojeando uno de los textos presentados a ese galardón. También supuse que sería un hombre muy listo y clarividente, pues el hecho de que estuviera virtualmente ciego no le impedía evaluar la calidad de una novela. Quizá era su visión casi nula la que le hacía el más idóneo para ese trabajo.

El saloncito estaba sumido en una dorada penumbra rota a trechos por los rayos del lubricán filtrados por las cortinas. El anciano dirigió sus ojos hacía mi cabello, por cuanto pensó que allí se localizarían mis ojos. Sentí una enorme compasión por aquel ser disminuido y sumiso al tiempo que experimentaba una violenta animadversión hacia mi amigo, quien sonreía como una hiena dispuesta a darse otro banquete de carroña. El viejo fue muy hospitalario conmigo. Hablamos de libros, de política y de caballos. Mientras el antiguo bailarín de striptease había ido a la cocina a dejar la caja de clavos y a preparar un aperitivo, el anciano se transformó súbitamente en una fiera sollozante y me reveló con voz desgarrada que estaba harto de su joven marido.

–Es un chulo y un ladrón –agregó con varias lágrimas campando por sus mejillas.

–¿Y por qué se ha casado con él?

–Me gustan los chulos y los ladrones. No puedo evitarlo.

–Nunca he oído un mejor argumento.

Mi amigo regresó al saloncito y abroncó al anciano por haberse bebido todo el mosto que había en el frigorífico. Comenzó entonces una absurda y escandalosa pendencia. Los dos hombres se cubrieron de insultos y cada uno amenazó al otro con perpetrar una locura inédita en la historia de la locura. Sigilosamente me levanté y me dispuse a desaparecer. Sin embargo, antes de que pudiera abandonar el saloncito oí cómo un chorro de orín fluía y percutía sobre la madera del suelo. Me di la vuelta y vi cómo el ciego, el veterano y rugoso pene sobre la diestra, intentaba bañar con su orina los pies del chulo. El chulo se carcajeaba y manoteaba como un comanche encendido por el whisky. Curiosamente empecé a sentirme como en casa…

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