El atracador que leía a Apollinaire

Zacarías Pasquines, un mendigo que viste chupa de cuero y que recita versos de Apollinaire cuando anda cuba, me pide diez euros de improviso. Yo se los doy porque Zacarías me saca una hermosa navaja y me explica que es una tontería hacerse el macho por tan poca cosa. No le falta razón.

         –Ahí tienes, muchacho.

          –Gracias, hombre.

         –¿Y qué piensas hacer con tan poco dinero?

         –Eso no es asunto tuyo. Quizá me vaya al cine a ver una porno.

         –¿Y piensas entrar en la sala esgrimiendo ese pincho?

         Zacarías se guarda la navaja en un bolsillo interior de la chupa. Respira hondo, se palpa la entrepierna con aires policiales, extrae un mondadientes de un bolsillo de los vaqueros y se lo mete en la boca.

         –¿Desde cuándo robas a la gente, Zacarías?

         –Ya no me acuerdo. Tengo muy mala memoria.

         –¿Seguro que esos diez euros son para ir al cine?

         –Eso no te importa, colega. Respeta mi intimidad.

         –Perdona.

–Siento ser tan maleducado, pero no me pagan para ser simpático.

–¿Has trabajado alguna vez?

         –¿No te parece esto un trabajo?

         –Claro que sí. Atracar a la gente es un trabajo agotador que requiere muchas habilidades. Pero yo me refiero a un trabajo menos exhausto y más digno.

         –Una vez fui socorrista en una piscina pública de Sigüenza. Pero me echaron por nadar mal. No les faltaba razón. Yo solo sé nadar a espalda y nado con bastante lentitud. Un jubilado se ahogó por mi culpa. Si hubiera sido más veloz, tal vez le habría sacado del agua con vida.

         –¡Qué mala pata!

         –Sin duda. En Sigüenza me odian, pero yo no odio a nadie.

          –¿Cómo es posible que alguien como tú conozca poemas de Apollinaire?

         –Mi madre era profesora de francés. Me obligaba a leer a los poetas de ese jodido país.

         –Una mujer admirable.

         –Sí, pero se largó con un psiquiatra bretón y nos dejó colgados a mi padre y a mí. Luego mi padre se volvió loco y mató a los dos, a mi madre y al psiquiatra.

         –Has tenido una vida difícil. Lo siento.

         –Tampoco me quejo. Hay gente que está peor que yo.

         –Cierto. ¿Seguro que no quieres más dinero?

         –No quiero caridad. Si necesito más dinero, volveré a atracarte.

         –De acuerdo.

         –No creas que no agradezco tu generosidad. Es solo que no me parece correcto que exista tanta amabilidad entre atracador y atracado.

         –¿Por qué no das clases particulares de francés? Seguro que serías un excelente profesor.

         –Ya lo he intentado, pero hay mucha competencia y no sé tanto francés como te piensas. Gano más ejerciendo esta ocupación.

         –Supongo que ahora, debido a la crisis, tendrás más competidores.

         –Sí, pero son personas desesperadas que no saben atracar; se ponen muy nerviosas y acaban causando daños a los clientes o terminan entregándose a la policía porque los sentimientos de culpa no les dejan dormir.

         –¿Has atracado algún banco?

         –Sí, pero bancos de pueblo, bancos pequeños y mal vigilados.

         –¿No te remuerde la conciencia? Piensa que los bancos guardan los ahorros de muchas personas honradas.

         –¿Por qué iba a remorderme la conciencia? Recuerda lo que dijo Bertold Brecht sobre los bancos: “Solo hay algo más inmoral que robar un banco: haberlo fundado”.

         –Cada uno se justifica como puede.

         –Bueno, me voy. Hasta otro día.

         Zacarías Pasquines se aleja de mí morosamente, silbando sin entusiasmo, y entra en un bar repugnante pero lleno de vejetes cariñosos y parlanchines. Yo permanezco un buen rato contemplando la calle con apatía. Entonces una pareja de policías municipales pasa frente a mí. Estoy a punto de acercarme a ellos y de contarles lo sucedido, pero optó por quedarme callado. No me agrada la posibilidad de que Zacarías pierda su libertad mientras atracadores más poderosos e insensibles nos asestan día tras día lecciones de ahorro. La calle huele a orín canino y casi ningún peatón sonríe, pero me apetece tomarme un vino y hacerme amigo de algún conserje.  

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