Paseo en avioneta

UN elocuente camarero de Parla, hijo de un pediatra aficionado a las avionetas y a la astrología, me dice:

–Algunos de mis colegas no se lavan las manos después de salir del retrete. Luego posan las manitas en los alimentos y pasa lo que pasa: intoxicaciones a espuertas.

Y este camarero, licenciado en Periodismo y en Derecho, motociclista empedernido y lector asiduo de Richard Ford y de Lobo Antunes, añade:

–He trabajado en malos y buenos restaurantes y en casi todos he visto cómo algunos cocineros, sin mala intención, se rascaban sus atributos viriles poco antes de hacer rodajas un tomate o de coger un trozo de roquefort para rayarlo sobre un plato de raviolis.

Yo le digo a este camarero, llamado Ernesto y con quien comparto una moderada amistad desde hace dos décadas, que comer en un restaurante puede ser a veces una magnífica aventura.

–Yo te diría que siempre o casi siempre –responde, y se encoge de hombros y agrega: –Puedes haberte tragado el escupitajo de un menda y pensar que era una gota de pacharán elaborado por un canadiense. ¿No es emocionante?

–Sí, sí, muy emocionante. Aun recuerdo el día en que me comí una hamburguesa que acogía en su seno a una cucaracha enclenque, quizá desnutrida. Protesté humildemente y una camarera, tras pedirme disculpas, me invitó a otra hamburguesa. También humildemente. Pero rechacé esa invitación. También humildemente.

–Oye, sois unos marranos. ¿A quién le interesa eso? –pregunta la novia del camarero asaeteándome con unos ojos dictatoriales.

–Es posible, querida, que seamos unos marranos –contesto amablemente–, pero vivimos en un mundo donde las marranadas pueden condicionar las ideologías y la vida de muchas personas. En Soria, allá por mis años de monaguillo ambulante, conocí a un adolescente que se embarrancó en la anorexia por miedo a comer por error carne humana.

–Hubo una época en que yo no podía probar el rabo de toro. Era mi época antitaurina –explica Ernesto mientras pincha con el palillo un trozo de tortilla.

–Ernesto, por favor, habla con más sutileza y propiedad. Eres periodista.

–Qué coño voy a ser periodista. Soy camarero. Es lo único que el mundo me permite hacer. Y decir rabo de toro no es una falta de sutileza ni de propiedad. ¿Es que prefieres que diga colita de toro?

–La palabra rabo es muy hermosa –proclamo con tranquilidad mientras balanceo la caña de cerveza.

–Así no debe hablar un caballero, y menos un periodista –sostiene la novia, que responde al nombre de Chus.  

–Eso me suena –respondo dulcemente. –Un amigo colombiano me reprochaba hace un par de semanas que usase palabrotas en mis escritos. Cuando yo tenía siete años también me creía que hablar bien consistía en no intercalar jamás un taco. Con el tiempo descubrí que hay miles de personas que no empleaban palabrotas en ningún momento, pero que destrozaban el idioma cada treinta o quince segundos.

–Te crees muy listo –me espeta Ernesto con una mezcla de sorna y complicidad. –Como si tú no destrozases el idioma.

–Amigo, yo no me jacto de mimar el castellano, puesto que lo someto a extravagantes contorsiones, pero nadie puede acusarme de no amarlo. Lo amo tanto que a veces lo maltrato y sodomizo. Pero es un idioma que resiste todo. Es más dúctil de lo que pensaba un famoso escritor argentino.  

–Esta conversación la hemos tenido otras veces –denuncia Chus con desgana. –Menudo par de pedantuelos.

–En eso tienes razón, Chus, tu novio y yo somos unos pedantuelos, pero recuerda que pertenecimos a los ultrasur durante nuestra funesta adolescencia, tan onanista y tan esquizofrénica. Recuerda también que hacíamos ondear banderas españolas con el pollo impreso y que hablábamos una jerga infame de falangistas iletrados. Para compensar tantos pecados de juventud, tratamos de enriquecer nuestro léxico, y eso implica un riesgo: acumular en el discurso vocablos innecesarios.

–Me has contado esa película demasiadas veces.

–Y te la volveré a contar. Soy repetitivo.

–Ya está bien, coño –me ataja Ernesto. –Acabaros la cerveza que nuestro padre espera en el aeródromo.

Dos horas después estamos en el interior de una avioneta, sobrevolando la sierra de Guadarrama. Creo que no merezco este sol tan simpático.

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