La noche de los delfines

LA mansión, un cubo de acero y vidrio, se asomaba al Mediterráneo desde la cima de una cornisa de roca caliza. Desde la azotea de la casa, poblada de palmeras y de ficus, se divisaba Altea y Benidorm. En uno de los jardines de la propiedad, el más próximo al precipicio, había una piscina redonda habitada por tres delgados delfines. Era una noche de luna llena y la piscina estaba iluminada por varios focos encastrados en sus paredes internas y los delfines destellaban como si estuvieran bañados en plata. El dueño de la casa se paseaba por el borde de la piscina con una copa de whisky en la mano. Era un hombre de gran estatura y corpulencia. Aparentaba sesenta años, pero en realidad pasaba de los setenta. Lucía un atractivo bronceado y su cutis moreno contrastaba con su espesa y lacia mata de pelo blanco. Se hacía llamar Ernesto Navas y era millonario, pero nadie de los contornos sabía exactamente cuál había sido el origen de su fortuna.

Los delfines asomaban a veces la cabeza y él les lanzaba algún pescado mientras les agasajaba con piropos y ñoñerías. Entonces los cetáceos brincaban joviales para capturar la pitanza y se sumergían con el bocado entre los dientes y luego volvían a emerger del agua coleteando y cimbreando en el aire tibio de julio para expresar su agradecimiento y satisfacción. Yo estaba medio recostado en una tumbona de madera, descalzo, vestido únicamente con un bañador y una camiseta caqui en cuya pechera sonreía el pato Donald. Nunca he dejado de amar al pato Donald. A la derecha de la tumbona se alzaba una mesita de mimbre trenzado y sobre esa mesita descansaba una copa panzuda que contenía los restos de un daiquiri de limón. Yo contemplaba al anfitrión con las manos entrelazadas sobre la barriga. La luna que meditaba en el cielo era gorda y solemne como una monja reverenda.

–¿Quiere que Ramón le sirva otro daiquiri? –me preguntó Ernesto aproximándose a mí con andares morosos.

–Sí, pero un poco más tarde. Me siento un poco pesado.

–¿Está a gusto?

–Claro. Aquí se está de miedo. Pero aún sigo sin entender por qué me ha invitado.

–¿Es qué tiene que haber alguna razón? Como ya le he dicho, le he invitado porque me cae bien. Y me gustan las idioteces que escribe en su blog, Vodkas y sables.

–Prefiero no hablar de lo que escribo. Es basura.

–¿Basura? No exagere. Su problema es que quiere ser mejor de lo que puede ser.

–Acaba de dar en el clavo.

El hombre se sentó en una tumbona vecina, apuró su copa, dejó el vaso en la mesita de mimbre.

–No quiero pasarme de listo, pero creo que usted no se da cuenta de lo afortunado que es.

–Oiga –repuse–, estoy encantando de beber en esta casa tan chula, pero no quiero escuchar sermones. Sé que soy un náufrago y no necesito que nadie me lo recuerde.

–Quiero que escriba una breve biografía de mi persona en su blog.

–¿Su biografía?

–Sí, aunque no soy un hombre famoso, creo que mi vida merece ser recordada de algún modo.

–¿Tan divertida ha sido?

–Divertida no es la palabra.

–¿Aventurera?

–Sí, pero toda vida es aventurera. Vida y aventura son palabras sinónimas. Lo que yo quiero darle a entender es que he hecho cosas que merecen ser recogidas en una crónica.

–¿Qué tipo de cosas?

Un delfín salió disparado de la piscina y ejecutó una acrobacia y se zambulló con gran estruendo salpicando de agua a los dos hombres.

Ernesto estaba pensativo. Esbozó una sonrisa amistosa pero desprovista de alegría.

–He sido domador de fieras en Sudamérica y también he sido marino –comentó con la imperturbable monotonía de un oráculo.

–Sí, sin duda, es usted un hombre interesante, pero tampoco me parece algo del otro mundo haber sido navegante y haber dado latigazos a varias fieras.

La sonrisa no despareció del rostro del hombre.

–Tiene razón. Ser domador y marinero no son cosas del otro mundo, pero, ¿qué me diría si le cuento que soy amigo del diablo?

–Pues que, a juzgar por este pedazo de casa y por toda la riqueza que parece atesorar, le diría que ha hecho un buen negocio.

–¿No me cree? ¿Piensa que le estoy tomando el pelo?

–¿Y por qué me ha elegido a mí?

–Usted me cae bien.

–No me parece una razón suficiente.

–De acuerdo, le diré toda la verdad: el diablo tiene una buena opinión de usted.

–Es muy amable por parte del diablo, pero me temo que no puedo corresponderle. Antes debería conocerle y es un tipo bastante escurridizo.

–Ya le ha visto. Varias veces. Lo que pasa es que usted no le ha reconocido.

–Comprendo. Le gusta ir de incógnito, ¿no? –Cabeceé y traté de parecer tranquilo y relajado. –Oiga, Ernesto, antes de seguir con estas cuestiones, podría Ramón servirme otro daiquiri.

–Desde luego –El señor Navas dio un agudo silbido y Ramón emergió minutos después del interior de la casa de cristal sosteniendo una bandeja de plata labrada sobre la cual reposaban dos daiquiris de limón. Ramón era flaco y de baja estatura y caminaba con la elasticidad de un gato. Vestía una guayabera estampada de cocoteros y caimanes y unos pantalones blancos de lino. Iba descalzo y sus pies estaban tostados por el sol levantino como el resto de su cuerpo. Desprendía un fuerte olor a agua de colonia y llevaba su abundante pelo mojado y meticulosamente peinado. Santiago le miró a los ojos y Ramón le devolvió la mirada mientras sonreía como un niño anormal al que están haciendo cosquillas en las plantas de los pies.

–Gracias, Ramón –dijo Ernesto en tanto el mayordomo dejaba las copas en la mesita de mimbre.  

Brindamos por la vida y dimos un sorbo a nuestra copa y ambos nos quedamos en silencio durante unos instantes, oyendo el susurro del oleaje y el chapoteo de los delfines en la piscina o quizá tratando de descifrar los gritos de las gaviotas que sobrevolaban en bandadas el jardín y la casa. Entonces el silencio se me hizo inaguantable y decidí hablar, decir algo, aunque fuera algo que dejase patente mi escaso ingenio.

         –La verdad es que me tiene usted confundido. Todo esto me parece muy irreal y absurdo.

         –Tómese su tiempo. Puede quedarse aquí todos los días que quiera. Se dará cuenta de que soy un tipo bastante sencillo. Lo único que me distingue del común de los mortales es que sé cosas que casi nadie sabe. Poco más.

         –¿Sabe cuándo y cómo voy a morirme?

         –¿Por qué me pregunta eso?

         –Me interesa.

         –Ni hablar. No pienso decírselo. Sería una crueldad por mi parte.

         –¿Acaso me espera una muerte horrible?

         –No insista. Ese tipo de información no le ayudará a vivir.

         –Creo que no conoce ese tipo de información.

         –Desgraciadamente la sé, pero no es el momento ni el lugar para darla.

–Al menos dígame si hay vida después de la muerte.

         –Olvídese de esas cuestiones. Aunque le contará todo lo que sé, seguiría considerándome un loco.

         –No le considero ningún loco. Sólo un poco excéntrico con bastante intuición para averiguar detalles de la vida privada de los demás.

         Los delfines saltaron simultáneamente hacia lo alto y emitieron varios gruñidos de júbilo y por un momento parecieron tres estatuas de acero suspendidas en el aire y silueteadas contra un cielo esmaltado de estrellas. Cuando los delfines se zambulleron en el agua, varias gaviotas ocultas tras los setos del jardín emprendieron el vuelo dando chillidos de espanto y terror. Ernesto y yo seguimos con la mirada el vuelo de las asustadas aves y luego intercambiamos una sonrisa.

         –¿De dónde es usted? –pregunté. –Tiene un acento raro.

         –Soy español.

         –No lo parece.

         –He viajado mucho.

         –¿De verdad quiere que escriba sobre usted en Vodkas y sables? ¿Por qué no acude a otro bloguero? A mí solo me leen cuatro monos. De todos modos, hágame un resumen de su vida.

         –Estaré encantado –Se bebió el daiquiri de un tirón, se levantó, empezó a dar vueltas alrededor de mí con las manos metidas en los bolsillos. De la piscina no llegaba ningún ruido. Daba la impresión de que los delfines hubieran desaparecido de allí.

Ernesto Navas me contó la historia de un niño que presenció el fusilamiento de sus padres durante la guerra civil y que fue adoptado años más tarde por la mujer de un domador. Contó cómo aquel niño se hizo adolescente y cómo aquel adolescente aprendió a ocultar el miedo a las fieras y cómo una noche la mujer que le había adoptado mataba de dos tiros a su marido tras sorprenderle en la cama con una trapecista. Contó cómo el adolescente, casi un adulto, abandonó el circo y cómo recaló semanas después en Hamburgo, donde pudo haber muerto en una pelea si un hombre de grandes orejas no le llega a defender con sus puños y con sus pies. Aquel hombre le llevó luego a una taberna del puerto para que bebiera algo y para que se tranquilizara. Aquel hombre le sonrió y le reveló que era el diablo. Ernesto contó cómo él y el diablo se emborracharon juntos y cómo el diablo le dio varios consejos. Luego la historia se ramificó luego en diferentes dramas y aventuras que me aburrieron profundamente.

         –Se ha inventado todo –le espeté. –Me ha contado la vida que le habría gustado tener, pero no su verdadera vida. Usted nunca ha estado con el diablo. Le aconsejo que escriba una novela picaresca y fantástica con todas esas escenas. La verdad es que tiene usted una gran capacidad inventiva.

         –¿Cómo se atreve a hablarme así? ¿Es así cómo agradece mi hospitalidad? –El octogenario estaba rojo de ira y temblaba de pies a cabeza. –Yo no miento. ¿Cómo puede ser tan ciego? ¿Es que no ve quién soy? ¿Es que no se da cuenta de que lo sé todo de usted, de que tengo poder para mandarle al infierno?    

–Pero bueno, ¿a qué viene ponerse así? ¿Qué disparates son esos? Yo no le he dicho nada malo.

         –¿Cómo me insulta de esa manera, cabrón? Después de todo lo que le he contado, después de haberle abierto mi alma, me llama fabulador y me dice que escriba una novela picaresca. Tiene pelotas el mozo –El anfitrión se había quitado la camiseta y la había arrojado a la piscina de los delfines. Su pecho peludo estaba colorado, como su cara. Los delfines, alarmados por las voces, habían empezado a chapotear y a dar coletazos. –¿Sabe una cosa?

         –¿Qué coño tengo que saber? –inquirí, atemorizado.

         –Que le maldigo. Que le maldigo un millón de veces. Acabará pegándose un tiro. Se lo garantizo.

–Cállese. Es un puto loco, y ya me tiene harto con sus batallitas. ¿Quién se ha creído que es? No hace más que darme el coñazo con la cantinela ésa de sus poderes adivinatorios. Usted no adivina nada, soplapollas –afirmé poniéndome en pie mientras tiraba la copa al césped.

         Ernesto tenía los ojos como platos y me observaba con una mezcla de incredulidad y furia, como si dudara entre alejarse de mí o darme un mordisco en el cuello.

         –Ramón, echa a este cabrón a la calle –bramó el millonario, arañándose el pecho con ansiedad y angustia. –No quiero hacer una locura.

         –No se preocupe. Ya me voy yo solito.

         Ramón apareció en el jardín con mi maleta de ruedas. Ahora no sonreía y su rostro reflejaba desprecio y soledad. Le quité bruscamente la maleta de las manos y rodeé la vivienda a paso ligero hasta la verja de entrada. Antes de abandonar aquel lugar pudo oír cómo Ernesto Navas elogiaba la habilidad de sus delfines.

No soplaba una brizna de aire. La tierra estaba en silencio y el mundo entero parecía escuchar la confesión reiterativa y confusa del mar. Me monté en el coche y conduje hasta Calpe. Una vez allí aparqué en una calle que desembocaba en la playa, conecté la radio y me quedé dormido. Cuando amaneció y la claridad amarilla resbaló suavemente por mi rostro, desperté y decidí darme un baño en el mar. Luego entré en una cafetería próxima y desayuné con apetito un correoso bocadillo de queso y una cerveza. Los bañistas más madrugadores ya tomaban posiciones a lo largo y ancho de la playa. En lontananza podía columbrarse una embarcación de vela nimbada por un cerco de luz solar. Pedí otra cerveza y me quedé contemplando una ridícula pero hermosa batalla entre niños y gaviotas.

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