La frontera

REFLEXIÓN de un antiguo compañero de facultad: “El exceso de paro me parece un ventaja, pues me ha permitido jubilarme antes de los cuarenta años, algo que siempre deseé”. Este antiguo compañero sacaba matrículas en casi todo, es un excelente jugador de ajedrez y habla la lengua de Thomas Mann como si fuera un biznieto del propio Thomas Mann. Pudo ser el mejor en su profesión, pero era demasiado educado (e indolente) y dejó a los demás que intentaran ser los mejores. Ahora vive en Fuenterrabía (Guipúzcoa), en un pequeño caserío de trazas tirolesas que heredó de su madre, una hispano-bávara acaudalada que vive entre Menorca y Madrid. Hugo, así se llama este señor, nunca conoció a su padre. Lo único que sabe de él es que fue un balear que deseo recorrer mucho mundo para no hacerse cargo de sus responsabilidades paternas. Hugo nació en Madrid, pero le gusta vivir en Euskadi porque “es una forma de vivir al mismo tiempo en España y en el extranjero”.

Anochece. El mar se enluta poco a poco y de pronto solo es un dios borracho y oscuro que repite con desgana sus milenarios monólogos. Empieza a llover y una campana desgrana sus lacónicos secretos. Hugo me lleva a una de las calles principales de Fuenterrabía, Kalea San Pedro. Pasamos antes bares y restaurantes relativamente alegres y animados. Entramos en un local que huele a ensaladilla rusa y cenamos unos pinchos de atún mientras hablamos del pasado. En la televisión aparece un ruso forzudo pertrechado de arneses que tira de la cabina de un camión detenido; tal demostración de fuerza causa regocijo entre algunos parroquianos y promueve burlón hastío entre quienes parecen acostumbrados a presenciar semejantes proezas físicas. Cuando pedimos a cuenta, la camarera no nos hace caso.

–Es una forma de hacer que te sientas incómodo y de que te vayas de su pueblo –me explica Hugo. –La mayoría de la gente de aquí es amable, pero siempre hay dos o tres personas que quieren recordar a los españoles que éste no es su país. Si eres americano o inglés, te tratan mejor que si vienes de Cuenca o de Medinaceli. Cuando me canso de este ambiente, cojo el coche y me voy a San Juan de Luz o a Biarritz. Los franceses son hipócritas, pero no han perdido los buenos modales.

–¿Y en qué empleas tu tiempo? ¿No te pasarás todo el día dando paseos y cuidando tus hortensias y tus rosas de invierno?

–Estoy escribiendo un ensayo sobre el adulterio y la infidelidad en las ciudades de frontera.

         –La última vez que te vi estabas redactando un estudio sobre la relación entre ecologismo y nazismo. ¿Lo acabaste?

         –¿Para qué? No merecía la pena. Tampoco creo que acabe lo que tengo entre manos.

         –Creo que estás infrautilizado. ¿Por qué no pones una academia de alemán?

         –¿Y quién quiere aprender alemán en un sitio así? Bastante tienen algunos con familiarizarse con el vasco.

         –¿No estás exagerando?

         –Un poco.

         Por fin logramos que nos entreguen la cuenta. Hugo paga, da las gracias en eusquera, se pone el sombrero. Parece un agente de la Gestapo recién arrepentido. Ya no llueve. El pavimento reluce bajo las farolas como si fuera de charol. Hugo dice:

         –Me gusta estar solo.

Al día siguiente entramos en Francia para almorzar en Biarritz. Dejamos el coche en un aparcamiento subterráneo de la plaza Clemenceau y damos un paseo por los alrededores del antiguo casino. El mar está hermosamente plomizo y rebelde. El cielo empieza a encapotarse, bandadas de gaviotas se congregan en las cimas de musgosos farallones. Los surfistas salen de las olas con sus ceñidos trajes de neopreno y con expresión de victoria y de vicio. Una mezcla bastante común entre quienes practican deportes de riesgo. Hugo se descalza, se arremanga los bajos del pantalón y se adentra en la playa. No tengo más remedio que imitarle y seguirle. Contemplamos el oleaje durante varios minutos. La espuma tiene el color de las nubes. Hugo posa una mano en uno de mis hombros y me hace la siguiente confesión con una voz tranquila y dorada:

–Me gusta el mundo, pero no lo aguanto más.

–Tienes la desgracia de tener mucho dinero.

–Yo no tengo nada. Todo es de mi madre.

Durante el almuerzo Hugo bebe más vino de la cuenta. Apenas come. Sonrosado, los ojillos colorados y vidriosos, la dicción defectuosa, empieza a insultarme y a reprocharme que no le haya amado como él me amó en otro tiempo. No es la primera vez que me hace ese melodramático reproche. Hace años, recién licenciados, me pidió que fuera su novio y que me fuera a vivir con él. Le dije tiernamente que no era posible y le enumeré los motivos. Pareció entenderlos, pero luego se emborrachó y me auguró una vejez solitaria y nauseabunda. Al día siguiente me llamó por teléfono para pedirme disculpas.

Terminamos el almuerzo. Hugo no deja de farfullar al aire y de manotear como un perturbado. La lluvia y el viento nos acosan hasta que llegamos al coche. Me pongo ante volante y emprendemos el regreso a España. Es difícil conducir con un copiloto plañidero que promete asesinarte. Cuando nos disponemos a cruzar la frontera, Hugo me tironea el cabello y me asegura con histeria que vamos a morir juntos. Estoy a punto de estampar el coche contra una furgoneta de la gendarmería gala, pero freno a tiempo mientras propino a mi acompañante una bofetada en la frente. Hugo rompe a llorar. Poco a poco se calma. Una vez en su casa, le llevó hasta su cuarto y le ayudo a tumbarse en la cama. Se queda dormido y empieza a roncar. Así está tres horas. No hay duda de que necesitaba reposo.

Por la noche me convida a cenar una merluza en un asador y nos reconciliamos. Hugo vuelve a embriagarse, pero en esta ocasión la borrachera pone frente a mí lo más luminoso y fecundo de su ser. Empieza a hablar en alemán y a canturrear himnos de la Wermacht. Luego me anuncia que tiene intención de ordenarse sacerdote. Pide otra botella de crianza y estalla en carcajadas. Varias miradas convergen sobre nosotros. Afortunadamente yo también me hallo achispado y nada me turba. Tengo la impresión de que todo a nuestro alrededor se desmorona, pero nadie nos nombró salvadores del mundo y creo que tenemos derecho a hundirnos del modo más jovial posible.

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